Chispas de Navidad en Hollyridge

EPÍLOGO — “Un año después”

El invierno volvió a cubrir el pueblo con la misma calma de siempre.

La pastelería seguía oliendo a canela y pan recién hecho, pero ahora había una mesa nueva junto a la ventana. Mi mesa.

—Llegas tarde —dijo Esteban sin mirarme, amasando como cada mañana.

—Cinco minutos no es tarde —respondí, colgando mi abrigo—. Es vivir con intención.

Sonrió.

Eso seguía siendo mi parte favorita de los días: verlo sonreír sin esfuerzo.

Doña Mireya apareció desde el fondo, más dramática que nunca.

—¿Van a quedarse mirándose o van a trabajar? La Navidad no se hace sola.

—Sí, jefa —respondimos al mismo tiempo.

Nos miramos. Reímos.

Un año.

Un año desde que decidí quedarme.
Desde que dejé de huir.
Desde que aprendí que el amor no siempre llega como tormenta, a veces llega como hogar.

Esteban se acercó por detrás y apoyó su frente en la mía, justo ahí, en medio del caos delicioso de la pastelería.

—¿Te arrepientes de algo? —preguntó en voz baja.

Pensé en el miedo.
En las dudas.
En la mujer que fui.

—Solo de no haber llegado antes —respondí.

Besó mi mejilla.

Afuera, las luces volvieron a encenderse.

Y entendí que algunas historias no terminan.

Simplemente…
aprenden a quedarse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.