Chispas sobre el Hielo

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El sonido de la alarma es un zumbido elegante, diseñado para no sobresaltar, pero para mí es tan irritante como un taladro. Son las 5:00 a.m. Me quedo inmóvil bajo las sábanas de seda de mil hilos, sintiendo el peso de un nuevo día que se perfila exactamente igual al anterior. Abro los ojos y contemplo el techo de mi habitación. Es un loft de diseño minimalista en el piso treinta, con paredes de cristal que muestran el esqueleto de la ciudad, pero ahora mismo me parece una jaula de oro terriblemente aburrida.

Me levanto con una desgana que me pesa en los huesos. Camino hacia el baño principal, una estancia de mármol blanco donde cada grifo parece una pieza de museo. Me enfrento al espejo y me detengo. Ahí está: el rostro que vende millones en contratos publicitarios. Mi cabello rubio está desordenado, apuntando en todas direcciones, y mis ojos verde claro están nublados por las lagañas y el rastro de un sueño que no fue reparador. Me veo destruido, humano, real.

Esbozo una sonrisa amarga. Las revistas de chismes darían millones de dólares por una fotografía de este preciso instante. "El Rey del Hielo se derrite", titularían. Para el mundo, soy un muñeco de porcelana que nunca suda, que nunca se cansa y que siempre tiene el ángulo perfecto. Nadie quiere ver al Víctor que se siente como un motor gripado.

Me peino con los dedos, tratando de domar el rubio platino que los estilistas cuidan con tanto celo, y me preparo para bajar al gimnasio. Aunque el edificio cuenta con instalaciones privadas de ultra lujo, la seguridad es mi sombra constante. Me pongo una gorra de béisbol de una marca cara y una sudadera con capucha para cubrir mi cara. Es irónico: vivo en el lugar más exclusivo de la ciudad y aun así tengo que esconderme en los pasillos de mi propia casa.

Bajo en el ascensor privado hasta el piso dos, donde el gimnasio se conecta con el restaurante del edificio. A esta hora, el lugar huele a cera para madera y a ozono. No hay nadie, lo cual agradezco. Necesito el silencio.

Entreno durante una hora con una intensidad feroz. Corro en la cinta viendo cómo el sol empieza a lamer los rascacielos de cristal, pero mi mente está en otro lado. Mis músculos queman, mi ritmo cardíaco sube, y por un segundo, el esfuerzo físico acalla el ruido de mis pensamientos. Después, me dirijo a las duchas comunes del complejo del gimnasio. A las 6:15 a.m. están desiertas. Me quedo bajo el chorro de agua fría, dejando que el entumecimiento me devuelva la sensación de control.

Salgo y me dirijo al restaurante del edificio para desayunar. Es un espacio de techos altos y ventanales infinitos que ofrecen una vista aérea de la ciudad en su punto medio. Me traen mi desayuno de siempre: claras de huevo, aguacate y un batido de proteína que sabe a cartón con sabor a vainilla. Es combustible, nada más. La comida dejó de ser un placer hace años para convertirse en una variable matemática de mi rendimiento.

Mientras termino mi café, un par de residentes —probablemente ejecutivos que también madrugan— me reconocen a pesar de la gorra. Se acercan con esa timidez invasiva tan típica de los fans.

—¿Víctor? ¿Eres tú? No podíamos dejar pasar la oportunidad... ¿Una foto?

Pongo mi mejor sonrisa profesional. Es un acto reflejo, un interruptor que enciendo sin pensar. Me quito la gorra, sacudo mi cabello y poso. Un clic, un agradecimiento, y vuelvo a ser una estatua. Subo a mi habitación para cambiarme. Escojo ropa cómoda pero de alta costura; incluso cuando voy "informal", tengo que parecer un anuncio andante de mis patrocinadores.

Bajo al sótano, donde mi coche de último modelo brilla bajo las luces LED. El motor ruge con un sonido elegante y discreto mientras salgo a las calles de la ciudad. Son las 8:00 a.m. cuando llego a la pista de hielo olímpica. Es mi oficina, mi iglesia y, a veces, mi campo de batalla.

Al entrar, el olor a frío y a cloro me golpea. Es el único lugar donde me siento realmente en mi elemento, aunque sea un elemento que me está asfixiando. Me pongo los patines, ajustando las botas hasta que el cuero muerde mis tobillos. En cuanto mis cuchillas tocan la superficie blanca y pulida, el mundo exterior desaparece.

Paso la mañana practicando saltos. Un Triple Axel, un Lutz, un giro que me deja el mundo borroso. Cada vez que aterrizo, el impacto resuena en mis rodillas, pero sigo adelante. Busco la perfección, ese momento de suspensión en el aire donde la gravedad no existe. Pero hoy, el hielo se siente más duro de lo normal. Mi estilo es impecable, sí, pero le falta alma. Soy una máquina de precisión en un desierto de hielo.

Cerca del mediodía, veo a mi representante, Marcus, acercándose a la barandilla con su tablet en mano y una sonrisa de tiburón. Me deslizo hacia él, frenando con un movimiento que levanta una lluvia de cristales de hielo.

—Víctor, impresionante —dice Marcus, sin apartar la vista de un cronómetro—. No podrías estar en mejor forma para la competencia nacional. Los patrocinadores están eufóricos. ¿Estás seguro de que no quieres aprovechar estos días para seguir puliendo la rutina? Este campeonato será el punto más alto de tu carrera, el trampolín para las Olimpiadas del próximo año.

Le devuelvo una sonrisa de gratitud que no llega a mis ojos.

—Necesito descansar un poco, Marcus. Mi cuerpo está llegando al límite. Solo serán unos días para ir al pueblo y ver a mi madre. Estaré de vuelta una semana antes del concurso nacional, con las energías renovadas.

Marcus suspira, ajustándose la corbata.

—Está bien, vete a ese pueblo perdido. Pero no te olvides de quién eres, Víctor. Vamos, espero verte allí brillando. Pero antes de que te escapes, ya practicaste suficiente. Te toca sesión de fotos con "Vogue Sport" en el set tres.

Asiento en silencio. Salgo del hielo, sintiendo que mis pies pesan toneladas en cuanto dejo de deslizarme.

Paso el resto de la tarde en un estudio fotográfico improvisado junto a la pista. Luces cegadoras, flashes constantes, estilistas que me retocan el cabello cada cinco minutos porque un mechón se ha movido dos milímetros a la izquierda.




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