Pasé la noche en vela, una novedad absoluta para alguien que suele caer rendida en cuanto toca la almohada. Mis pensamientos se negaron a silenciarse, dando vueltas en torno a una sola imagen: la cara de "bebé" de Víctor, esa piel que parecía no haber sufrido jamás el rigor del viento del norte o el roce del metal. Traté de escarbar en los rincones más oscuros de mi memoria, buscando al joven rubio que solía ver por las calles cuando yo era apenas una niña que apenas alcanzaba el capó de un coche. Mis recuerdos son vagos, fragmentos de un chico que siempre parecía estar en un lugar diferente al resto, alguien que caminaba con una rectitud que no encajaba con el desorden de nuestro pueblo. Pero por más que me esforzaba, nada sólido venía a mi mente. Solo una sensación de curiosidad antigua que ahora, años después, se había transformado en algo mucho más eléctrico.
Por primera vez en lo que parece una eternidad, no salí a correr. No hubo música, ni ritmo cardíaco acelerado, ni el frío de las cuatro de la mañana golpeándome los pulmones. Me quedé en la cama, atrapada entre las sábanas, escuchando cómo el mundo empezaba a moverse sin mí. Irónicamente, hice exactamente lo que mi padre siempre ha pensado que hago: dormí de más. O al menos, me quedé tumbada fingiendo que lo hacía.
Cuando finalmente me armé de valor para salir de mi habitación, el sol ya se filtraba con fuerza por las ventanas del pasillo. Bajé a la cocina y encontré a mi madre sirviendo el desayuno. El vapor del café llenaba la estancia, pero el ambiente se sentía pesado.
—Buenos días, hija —dijo ella, poniéndome un plato de huevos y tostadas frente a mí con esa sonrisa suave que siempre intenta ocultar las tensiones de la casa.
—Buenos días, madre. Padre —respondí con voz ronca. Mi padre, sentado a la cabecera, solo asintió sin despegar la vista del periódico local. Me acerqué a Chloe, besé su mejilla con ternura y empecé a comer, tratando de pasar desapercibida.
No funcionó. Mi padre dejó el periódico sobre la mesa con una lentitud deliberada, esa que usa antes de soltar un comentario que sabe que va a doler.
—Vi un carro nuevo en el taller esta mañana —lanzó al aire, sin mirar a nadie en particular—. No es de aquí. No reconozco la matrícula y, desde luego, nadie en este pueblo tiene el dinero para comprar un motor alemán de ese calibre. ¿De quién es, Morgan?
Sentí que todas las miradas se clavaban en mí. Chloe dejó de masticar y mi madre se quedó estática con la cafetera en la mano.
—Es de Víctor —respondí, tratando de que mi voz sonara firme—. El hijo mayor de Elena, la panadera. Se quedó accidentado en la entrada del pueblo ayer tarde.
Los ojos de mi madre se iluminaron al instante, una chispa de alegría genuina que rara vez se ve en esta mesa.
—¡Víctor! ¡Qué bueno! —exclamó, juntando las manos—. Elena debe estar muy feliz. Ese muchacho tiene años fuera, casi desde que terminó la escuela. Siempre fue un chico tan educado.
Mi padre, sin embargo, no compartía el entusiasmo sentimental. Sus ojos se entrecerraron, analizando la situación desde una perspectiva puramente comercial.
—El carro es de último modelo —comentó con voz grave—. ¿Qué hizo exactamente fuera del pueblo para permitirse algo así? ¿En qué trabaja?
Mi madre se encogió de hombros, buscando en su memoria las charlas de vecindario.
—Elena me comentó una vez que es campeón en un deporte... algo que ver con el hielo, creo. No dio muchos detalles, pero parece que le ha ido muy bien.
Mi padre soltó una especie de bufido interesado.
—Hielo... Seguro es jugador de hockey profesional. Esos tipos ganan una fortuna en las ligas nacionales. Arreglar el carro de alguien famoso nos traería una publicidad increíble para el taller. Un par de fotos suyas junto a Derek y el nuevo coche de carreras nos pondrían en la primera plana del diario estatal. —Se enderezó en la silla, ya tomando decisiones—. Yo me encargaré de ese carro personalmente. Quiero que quede impecable.
Sentí una punzada de indignación quemándome el estómago.
—Papá, él me dio el carro a mí —intervine, dejando los cubiertos a un lado—. Yo hice el remolque, yo identifiqué el fallo en el sensor de presión y yo ya sé qué piezas necesito pedir. Yo puedo encargarme.
Mi padre me dirigió una mirada gélida, de esas que te hacen sentir pequeña, como si fuera una herramienta defectuosa en su taller.
—Dije que yo me encargo, Morgan. Un cliente de ese nivel necesita la firma del dueño, no los experimentos de una aprendiz. Vuelve a tus tareas habituales.
Solté un suspiro cargado de frustración que retumbó en la cocina. Me levanté de la mesa de golpe, sin terminar de desayunar. No dije nada más porque sabía que cualquier palabra solo empeoraría las cosas. Subí a mi habitación, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. Me hervía la sangre. ¿Cuándo sería suficiente? ¿Cuándo dejaría de ser la "aprendiz" para convertirme en la profesional que ya soy?
Me cambié con movimientos bruscos, poniéndome mi mono de trabajo más gastado. Necesitaba ensuciarme las manos para limpiar mi mente. Al bajar de nuevo y dirigirme hacia la puerta lateral que comunicaba con el taller, me topé de frente con Derek.
Derek es el piloto principal del equipo de mi padre, el orgullo de la ciudad y, para mi desgracia, un completo idiota. Tiene esa mandíbula cuadrada y esa sonrisa arrogante de quien cree que el mundo le debe algo solo por saber pisar un acelerador. En cuanto me vio, se apoyó contra el marco de la puerta, bloqueándome el paso con una suficiencia insoportable.
—Vaya, vaya, pero si es la princesita del taller —dijo con esa voz arrastrada que tanto odio—. He oído que ayer hiciste de grúa para un niño rico de la ciudad. ¿Qué pasa, Morgan? ¿Ya te cansaste de los motores de verdad y ahora quieres jugar a los rescates?
—Quítate de en medio, Derek —respondí sin mirarlo, intentando pasar por un lado.
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Editado: 18.03.2026