Chispas sobre el Hielo

6

Me quedé observando a Morgan durante un momento que se sintió más largo de lo que realmente fue. Ella se acercó a un banco de trabajo lateral y tomó un paquete de toallitas húmedas industriales, de esas que huelen a limón fuerte y desinfectante. Con una energía casi agresiva, empezó a frotarse las manos y los antebrazos. Vi cómo la grasa negra cedía, revelando una piel pálida pero curtida por el esfuerzo. Se limpió la cara, quitando esa mancha de aceite de su mejilla que, extrañamente, me había parecido una condecoración. Cuando terminó, se pasó las manos por el cabello para aplacarlo. Estaba limpia, o al menos lo más limpia que se puede estar en un santuario del motor, y su mirada azul recuperó esa intensidad técnica que me fascinaba.

—Vamos —dijo, haciendo un gesto hacia una puerta de madera pesada al fondo del taller—. Mi padre debe estar arriba o en la casa. Prepárate, Víctor. Entrar ahí es como entrar en boxes en medio de una carrera: o vas rápido o te atropellan.

Atravesamos la puerta y, de repente, el ruido del metal y el olor a combustible fueron reemplazados por el aroma a estofado de carne y especias. Pasamos de la frialdad industrial al calor de un hogar que intentaba desesperadamente parecer normal. Entramos en la cocina, un espacio amplio pero cargado de una atmósfera que se sentía como electricidad estática antes de una tormenta.

La madre de Morgan, a quien recordaba vagamente como una mujer de sonrisa eterna, estaba de pie junto a la estufa. Al vernos entrar, sus ojos se abrieron de par en par y una alegría genuina inundó su rostro.

—¡Hola, Víctor! Pero qué alegría, qué bueno verte por aquí después de tanto tiempo —dijo, acercándose para envolverme en un abrazo maternal y cálido. Olía a vainilla y a limpieza, un contraste absoluto con el taller que acabábamos de dejar atrás—. ¿Qué te trae por nuestra casa? Elena me dijo que estarías unos días, pero no esperaba tenerte aquí tan pronto.

—Es un placer verla de nuevo, señora —respondí, devolviéndole el saludo con cortesía—. En realidad, vine a hablar con su esposo sobre unos detalles del coche.

Ella sonrió aún más, aunque noté un destello de orgullo vicario en su expresión.

—¡Ah, claro! El coche. Arthur estará encantado de hablar contigo. Sabe que eres una figura importante. Espera, le enviaré un mensaje ahora mismo para que suba. Estaba revisando unos papeles del equipo.

Saqué el teléfono de mi bolsillo solo para chequear la hora mientras ella tecleaba rápidamente. Me resultaba curioso que Arthur no estuviera en el taller si era "su" negocio.

—¿Por qué su esposo no está abajo trabajando? —pregunté con curiosidad.

La madre de Morgan se enderezó, inflando un poco el pecho.

—Bueno, es que Arthur no es solo el dueño del taller. Él es el jefe de mecánica de los carros de carrera del pueblo. Es una responsabilidad enorme. Ahora mismo debe estar terminando de coordinar el entrenamiento de Derek. Es nuestro conductor estrella, el mejor de la región. Ha ganado muchísimas medallas y trofeos. Es el orgullo de Arthur.

Vi de reojo cómo Morgan rodaba los ojos con una fastidio mal oculto. Caminó hacia la encimera, tomó una manzana de un frutero y le dio un mordisco ruidoso, apoyándose contra el mueble con una actitud desafiante. Era evidente que el nombre de Derek era veneno para sus oídos.

Pocos minutos después, la puerta trasera de la casa se abrió de golpe. Entró un hombre robusto, de manos grandes y ojos endurecidos por décadas de sol y frustración: Arthur. Pero no venía solo. Lo seguía un tipo más joven, con una postura tan arrogante que parecía que le costaba mantener el equilibrio. Tenía ese aire de superioridad que solo tienen los que creen que su pequeño mundo es el universo entero. Me imaginé que este era el tal Derek.

En cuanto Arthur me vio, su rostro se transformó. Pasó de la seriedad autoritaria a una cordialidad casi exagerada, una máscara de "mejor amigo" que me resultó dolorosamente familiar. He pasado años tratando con patrocinadores hipócritas; reconozco el brillo de la ambición en los ojos de un hombre a kilómetros de distancia.

—¡Víctor! ¡Hijo de mi buena amiga Elena! —exclamó Arthur, acercándose para estrechar mi mano con una fuerza innecesaria, como si quisiera demostrar que sus manos de mecánico eran más poderosas que las mías de deportista—. Bienvenido a tu casa. Qué honor tener a un deportista de tu calibre confiando en nosotros.

Antes de que yo pudiera articular palabra, Arthur se lanzó a un discurso ensayado sobre las maravillas que pensaba hacerle a mi coche.

—He estado revisando la ficha técnica de esa máquina alemana. Es una belleza, pero delicada. Por suerte, estás en las manos del mejor. Voy a encargarme personalmente de que ese motor cante como nunca. Alguien de tu nivel, un profesional reconocido, tiene que juntarse con gente de su altura, ¿no crees? —Hizo un gesto hacia el chico a su lado—. Este es Derek. Mi mejor conductor, el hombre que va a poner este taller en el mapa nacional. Derek, saluda al campeón.

Derek me miró de arriba abajo. Pude ver el destello de desprecio en sus ojos; para él, yo era un "niño rico" o un "patinador de lentejuelas" que no entendía de hombres de verdad. Sin embargo, trató de ocultarlo tras una sonrisa cínica, probablemente siguiendo las órdenes de Arthur de ser amable con el cliente VIP.

—Mucho gusto, Víctor —dijo Derek con una voz cargada de una falsa humildad que no engañaría a nadie—. He oído que haces cosas impresionantes en el hielo. Aunque aquí preferimos el calor del asfalto y la velocidad real.

Sonreí internamente. He trabajado con gente hipócrita en galas internacionales, con jueces que te sonríen mientras te quitan puntos y con rivales que te abrazan mientras desean que te rompas un tobillo. Derek era un principiante en el arte de la falsedad. Se creía el mejor porque nunca había salido de este pueblo.

Arthur terminó su discurso sobre la publicidad, las fotos que nos tomaríamos juntos para el diario local y cómo mi coche sería el escaparate de su taller. Morgan seguía en el rincón, masticando su manzana con una calma tensa, observando la escena como quien ve un choque de trenes a cámara lenta.




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