Chispas sobre el Hielo

10

La luz de los flashes me golpeaba los ojos con una insistencia agresiva, recordándome por qué había huido de la ciudad en primer lugar. Estábamos en el centro del taller, rodeados de micrófonos que parecían buitres esperando que alguien soltara una palabra fuera de lugar. A mi lado, Arthur se erguía con una rigidez casi cómica, tratando de proyectar una imagen de autoridad y control que el sudor en su frente desmentía.

—¡Es un malentendido ridículo! —exclamaba Arthur, su voz resonando en las vigas del taller con una fuerza artificial—. Mi piloto estrella, Derek, es un competidor serio, un hombre íntegro. Su relación con el señor Víctor es estrictamente profesional. Si se tomaron una foto juntos es porque aquí apoyamos el deporte en todas sus formas. Y para que quede claro el nivel de confianza, mi propia hija, Morgan, es la encargada de reparar personalmente el vehículo de alta gama de nuestro invitado. ¡Eso demuestra que somos una familia de profesionales!

Fue un movimiento desesperado. Arthur usó el nombre de Morgan como un escudo para proteger la imagen "macha" de Derek. Sin embargo, la prensa no era tonta. En cuanto terminó de hablar, lo ignoraron como si fuera parte del decorado. Los periodistas se abalanzaron sobre mí, sus grabadoras casi rozando mi barbilla.

Solté un suspiro largo, buscando la calma que solo el hielo me solía dar.

—No soy gay —respondí por centésima vez, manteniendo mi tono de voz bajo y controlado, el tono que uso para desactivar las bombas mediáticas—. Y no, no salgo con Derek. Es un excelente corredor, tiene una técnica impresionante sobre el asfalto y respeto mucho su carrera. Mi presencia aquí es personal; he venido a descansar y, lamentablemente, mi coche sufrió una avería. Confío plenamente en las manos de Morgan para repararlo. De hecho, es la mecánica más capacitada que he conocido en mucho tiempo.

—¿Y cuál es su relación exacta con la señorita Morgan? —preguntó una periodista de un diario estatal, con los ojos entrecerrados—. Se dice que pasan mucho tiempo a solas en la montaña.

Esbocé una sonrisa ligera, la que reservo para las preguntas intrusivas.

—Conozco a Morgan desde que ambos éramos pequeños. Yo nací en este pueblo, mi madre es Elena, la dueña de la panadería local. Es perfectamente normal que nos conozcamos y que confíe en sus capacidades ahora que somos adultos. Ella es una profesional y yo soy un cliente satisfecho. No hay más historia que esa.

Con esa frase final, hice un gesto a Marcus, que estaba entre el público, y me abrí paso entre los paparazis que seguían disparando sus cámaras. Los dejé allí, en medio del olor a aceite y neumáticos, sintiendo cómo el peso de la fama intentaba asfixiarme de nuevo.

Cuando estaba a punto de subirme al coche de sustitución para volver a la panadería, la mano pesada de Arthur se posó sobre mi hombro.

—Víctor, espera —dijo, forzando una sonrisa cordial—. Has estado excelente ahí fuera. De verdad. Mira, para celebrar que hemos aclarado este lío y para hacer las paces por los malentendidos del otro día... me gustaría invitarte a cenar a casa esta noche. Solo una comida tranquila, entre amigos.

Sentí una punzada de rechazo en el estómago. Sabía que Arthur solo quería "marcar territorio" y asegurarse de que yo seguía de su lado para la publicidad. Pero luego pensé en Morgan. Pensé en cómo estaría manejando ella todo este circo.

—Acepto, Arthur —dije, tratando de sonar gentil—. Será un placer.

La Cena de las Sombras

Esa noche, el ambiente en la casa de Morgan era tan denso que se podía cortar con un cuchillo de cocina. Nos sentamos a la mesa: Arthur a la cabecera, su esposa sirviendo con un nerviosismo evidente, Morgan sentada frente a mí con una expresión de piedra, y Derek, que se pavoneaba en su silla como si acabara de ganar el Gran Premio de Mónaco.

Durante los primeros platos, la conversación fue un monólogo de Derek sobre sus "hazañas" en la pista.

—El problema de este pueblo —decía Derek, pinchando un trozo de carne con agresividad— es que la gente no entiende lo que es la verdadera competencia. Algunos creen que por saber apretar un tornillo ya pueden llamarse expertos. —Miró de reojo a Morgan con un desprecio mal disimulado—. A veces, la ambición de algunos sobrepasa su talento natural. Sobre todo cuando intentan meterse en mundos que no les corresponden por naturaleza.

Morgan no levantó la vista de su plato, pero vi cómo sus nudillos se volvían blancos al apretar el tenedor.

—Mi "ambición", Derek, es lo que hace que tu coche no explote en la tercera vuelta —respondió ella con una voz gélida—. Deberías estar agradecido de que alguien con talento natural se moleste en arreglar tus desastres.

Derek soltó una carcajada burlona, mirando a Arthur en busca de apoyo.

—¿Lo ves, Arthur? Siempre tan temperamental. Es una lástima, Víctor, que una chica tan... capaz... desperdicie su tiempo creyéndose mejor que los profesionales. Debería centrarse en cosas más sencillas. Tal vez la panadería de tu madre sea un lugar más apropiado para ella.

Esperé a que Arthur dijera algo. Esperé a que defendiera a su hija, a su sangre, a la persona que mantenía su negocio a flote. Pero Arthur se limitó a beber su vino, con la mirada perdida en el mantel, guardando un silencio cómplice que me resultó repugnante.

Sentí que la sangre me hervía. Había visto suficiente.

—Es curioso que digas eso, Derek —intervine, dejando mi copa sobre la mesa con un golpe seco que hizo que todos se sobresaltaran—. Porque desde mi perspectiva, el único que parece estar fuera de su lugar aquí eres tú.

Derek frunció el ceño, su sonrisa arrogante tambaleándose. —¿Perdona?

—Morgan tiene un talento que tú no podrías comprar ni en mil vidas —continué, fijando mi mirada en él—. Ella entiende las máquinas. Tú solo las usas. Y me parece fascinante que te atrevas a cuestionar su trabajo cuando tu propia carrera pende de un hilo cada vez que ella decide no dejarte en ridículo.




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