Chispas sobre el Hielo

13

Hoy el despertador no fue necesario. Mis ojos se abrieron a las cuatro de la mañana, cuando el pueblo aún estaba sumergido en ese silencio azulado y gélido previo al alba. Tenía una misión. Bajé al taller casi de puntillas, evitando los tablones de madera que crujían en el pasillo, y me encerré con el coche de Víctor.

Me sumergí en el motor con una concentración que rozaba la obsesión. Cada conexión, cada cableado del nuevo sistema de inyección, cada ajuste de la suspensión... todo tenía que ser perfecto. No era solo un trabajo para un cliente; era el coche de la persona que había defendido mi lugar en el mundo y que estaba enseñando a mi hermana a soñar. Mis manos se movían con una memoria mecánica propia, apretando tornillos y verificando niveles de fluidos mientras el sol empezaba a asomar tímidamente por las ventanas altas del taller.

Sin darme cuenta, las horas se evaporaron. El mediodía llegó con un golpe de luz cegadora sobre el metal pulido. Con el corazón latiendo con fuerza, me senté en el asiento del conductor, puse la llave y giré el contacto.

El rugido que siguió no fue el de un coche herido; fue un ronroneo profundo, potente y melódico. El motor encendió sin un solo titubeo. Las mejoras que había implementado en el turbo y la respuesta de la transmisión hacían que este "bebé" prácticamente se sintiera vivo. Estaba listo. El Rey del Hielo ya tenía su carruaje de acero recuperado.

Apagué el motor y me quedé un momento en silencio, sintiendo una mezcla extraña de triunfo y tristeza. Si el coche estaba listo, Víctor ya no tenía excusas técnicas para quedarse.

Decidí que debía ir a la panadería de inmediato para darle la noticia. Pero, justo antes de salir, pasé frente al gran espejo manchado de aceite que teníamos cerca de la entrada del taller para que los conductores se revisaran el casco. Me detuve en seco. Mi reflejo me devolvió una imagen que conocía bien, pero que por primera vez me resultó insoportable. Tenía manchas de grasa negra hasta en el nacimiento del pelo, mis mejillas estaban tiznadas de hollín y mis uñas... bueno, mis uñas parecían haber cavado una trinchera.

Por primera vez en mis veintitrés años, sentí una punzada de vergüenza. ¿Cómo podía presentarme ante él, que siempre parecía recién salido de una revista, luciendo como si acabara de salir de una explosión en una mina de carbón?

Subí las escaleras corriendo, ignorando los gritos de mi padre que preguntaba por unas facturas. Me encerré en el baño y abrí la ducha con el agua lo más caliente que pude soportar. Dure casi una hora fregando mi piel con una esponja áspera, quitando cada rastro de combustible y aceite. Me lavé el cabello tres veces hasta que el olor a champú de manzana venció al olor a diésel.

Al salir, me enfrenté a mi armario. Fue una lucha mental agotadora de varios minutos. Solo tenía pantalones anchos de trabajo y camisas de cuadros gastadas. —¿Desde cuándo me preocupa tanto lo que me pongo? —me pregunté en voz alta, frustrada por mi propia indecisión.

Finalmente, tomé los pantalones menos holgados que encontré —unos vaqueros oscuros que me quedaban decentemente bien— y la camisa de seda azul que mi madre me había regalado por mi cumpleaños y que nunca había usado. Me puse mi chaqueta de cuero encima para mantener algo de mi esencia "ruda" y, tras dudarlo mucho, me puse un poco de brillo labial que Chloe guardaba en su cajón.

Una vez que estuve lista, respiré hondo y caminé hacia la panadería.

Cuando llegué a la panadería de Elena, me quedé paralizada en la puerta. Si el taller era un cementerio de calma esa mañana, la panadería era un campo de batalla. Estaba que reventaba. Había gente amontonada en las vitrinas, niños gritando por galletas y una fila que llegaba casi hasta la acera.

Incluso Víctor, el hombre que mantenía la compostura haciendo saltos triples sobre el hielo, se notaba visiblemente agobiado. Estaba en la caja registradora, tratando de cobrar, envolver pan y responder preguntas al mismo tiempo. Sudaba un poco, y un mechón de su cabello rubio le caía sobre la frente. Su madre, Elena, corría por la parte de atrás sacando bandejas calientes con una velocidad frenética.

Me abrí paso entre la multitud y logré llegar al mostrador.

—¿Estás bien? —le pregunté, levantando la voz por encima del bullicio.

Víctor me miró y, por un segundo, su expresión de estrés se iluminó al verme. Sus ojos recorrieron mi rostro y noté que se detuvieron en mi camisa azul, aunque volvió rápido a la realidad.

—Hay demasiadas solicitudes, Morgan —dijo, dándole el cambio a un anciano con manos temblorosas—. No sé qué pasa hoy, parece que todo el pueblo decidió que necesitaba pan dulce al mismo tiempo. Es un caos absoluto.

—¿Necesitas ayuda? —le ofrecí, ya quitándome la chaqueta de cuero.

—Por favor —respondió él con un suspiro de alivio genuino.

Pasé al otro lado del mostrador, sintiéndome extraña en un territorio que no era el mío. Víctor me miró de arriba abajo, sonriendo mientras me hacía un espacio.

—Yo sé de números, Víctor, pero no sé nada de harina —le advertí mientras me acercaba a la caja.

—Yo me encargo de la masa si tú te encargas de la gente —asintió él—. Me vendría bien un descanso de los números y volver a la cocina con mi madre.

Ambos cambiamos de puesto en un movimiento fluido. Al pasar por su lado, Víctor se inclinó un poco hacia mí.

—Qué bien hueles, Morgan —susurró cerca de mi oído—. Mucho mejor que a aceite de motor de 40 grados.

Sentí que mis mejillas se encendían al instante, un sonrojo que probablemente se veía a kilómetros. Empecé a manejar la caja con una agilidad que sorprendió a los clientes. Al fin y al cabo, cobrar facturas de repuestos de miles de dólares me había entrenado para manejar el dinero con rapidez. Mientras tanto, Víctor se fue a la parte de atrás. A través del cristal de la puerta de la cocina, lo veía moverse con su madre, cargando sacos de harina y metiendo bandejas en el horno con una coordinación que me recordó a su patinaje.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.