Chispas sobre el Hielo

14

El aire en la cocina de la panadería se había vuelto denso, cargado de un magnetismo que hacía que el vello de mis brazos se erizara. La distancia entre los labios de Víctor y los míos era apenas un suspiro, una frontera que estaba a punto de desvanecerse entre el olor a harina y azúcar. Podía sentir su respiración, el calor que emanaba de su cuerpo y esa fijeza en su mirada que me decía que, en ese momento, no existía el hielo, ni los motores, ni el resto del mundo.

Pero el destino tiene un sentido del humor bastante inoportuno.

El sonido metálico de la cerradura y el golpe de la puerta principal abriéndose nos golpearon como un cubo de agua fría. Víctor se alejó de golpe, con una agilidad que solo un atleta profesional posee, y en un movimiento casi borroso, metió la bandeja de galletas en el horno, fingiendo una concentración absoluta en el temporizador. Yo me quedé paralizada, tratando de recuperar el ritmo de mi corazón, que martilleaba contra mis costillas como un pistón fuera de control.

Elena, la madre de Víctor, entró cargada con bolsas de tela llenas de hortalizas frescas y carne. Traía consigo el aire frío de la calle, rompiendo la burbuja de intimidad que casi nos consume.

—¡Ya estoy aquí! —exclamó con alegría, dejando las bolsas sobre la encimera—. Menos mal que se han quedado quietos, ya me imaginaba las galletas quemadas. Morgan, querida, quédate ahí, voy a empezar con el estofado ahora mismo. Víctor, ayuda a Morgan a quitarse esa harina de la cara, parece que ha peleado con un saco de azúcar.

Ambos asentimos como autómatas, incapaces de cruzar palabra. Elena se puso el delantal y empezó a trajinar entre ollas, tarareando una melodía que llenó el silencio incómodo de la habitación. Nos quedamos un momento en un rincón, lejos del alcance de su vista directa.

—Víctor —susurré, sintiendo que mi voz recuperaba algo de su firmeza habitual—, tengo que decirte algo antes de que se me olvide por completo. Tu carro está listo. Encendió esta mañana. El motor está impecable, mejor que cuando salió de fábrica. Cuando quieras, puedes pasar por el taller a retirarlo.

Víctor se quedó mirándome, apoyado en la mesa de acero. Ya no había rastro del estrés de la tarde, solo una calma contemplativa.

—¿Retirarlo así como así? —preguntó, arqueando una ceja—. Sabes que soy un perfeccionista, Morgan. Un motor puede sonar a gloria en punto muerto, pero la verdadera prueba es el asfalto. Antes de llevármelo, tengo que probarlo. Quiero sentir qué fue lo que le hiciste.

Una sonrisa lenta y algo traviesa se dibujó en mi rostro. Una sonrisa de gato que sabe que tiene el as bajo la manga. —Si quieres probarlo de verdad, no vamos a hacerlo en la calle principal del pueblo donde la policía nos detendrá a los dos minutos. Te invito a la pista de pruebas vieja, la que está detrás de la cantera. Allí es donde los "hombres de verdad" como Derek dicen que demuestran su valor. Vamos a ver si tu máquina aguanta el ritmo.

Víctor se sorprendió, pero una chispa de desafío iluminó sus ojos. —Acepto el reto. Pero primero, cenemos. Mi madre no nos dejará ir a ningún lado con el estómago vacío.

Tras una cena deliciosa donde apenas pude probar bocado por los nervios, nos escabullimos. La noche estaba despejada y la luna llena iluminaba el camino hacia la pista de pruebas. Conduje mi propio coche hasta el taller, donde el vehículo de Víctor esperaba en la penumbra, reluciente bajo las luces fluorescentes.

Nos subimos. El olor a cuero nuevo y a metal limpio nos envolvió. Víctor se sentó en el asiento del copiloto, cediéndome el mando con un gesto caballeroso. —Tú lo arreglaste. Tú sabes hasta dónde puede llegar. Enséñame, Morgan.

Llegamos a la pista, una cinta de asfalto negro rodeada de pinos y sombras. Pisé el acelerador y el coche respondió con una violencia controlada que me hizo vibrar los huesos. No era solo velocidad; era precisión. El coche cortaba las curvas como si supiera exactamente hacia dónde quería ir antes de que yo girara el volante.

Conducir así era mi verdadera libertad. En ese habitáculo, yo no era la hija de nadie, ni la mecánica de nadie. Era el cerebro detrás de la potencia. Víctor se reía, agarrado al asidero mientras su cuerpo se inclinaba con la inercia de las curvas cerradas.

—¡Es increíble! —gritó por encima del rugido del motor—. ¡Se siente como si el coche hubiera perdido quinientos kilos! ¡La respuesta es instantánea!

Di una vuelta más, llevando las revoluciones al límite, sintiendo cómo el turbo silbaba en mis oídos como una canción de victoria. Cuando finalmente frené en la línea de meta improvisada, el silencio que siguió fue electrizante. El motor crujía suavemente mientras se enfriaba.

—Aprobado —dijo Víctor, mirándome con una admiración genuina—. Tu coche está mejor que nunca. Eres una genio, Morgan Galindo.

Estábamos bajando del vehículo, riendo y comentando la técnica de la última curva, cuando unas luces largas nos cegaron. Una camioneta frenó bruscamente a pocos metros de nosotros. Era mi padre.

Arthur bajó del vehículo, caminando con esa pesadez autoritaria que siempre me hacía ponerme a la defensiva. Se quedó mirando el coche de Víctor, que todavía desprendía calor, y luego miró a Víctor.

—¡Vaya! —exclamó mi padre, con un tono de voz que pretendía ser elogioso pero que destilaba envidia—. He estado observando desde la entrada de la cantera. Jamás había visto un coche moverse así por este circuito. Esos giros, esa forma de tomar la curva... Ha sido magistral, Víctor. Has destrozado el tiempo de vuelta de Derek por casi diez segundos. Sabía que un deportista de tu nivel tendría manos de oro para el volante, incluso mejor que para los patines.

Me quedé en silencio, sintiendo el nudo de siempre en la garganta. Arthur, como siempre, asumía que cualquier hazaña técnica o de destreza venía de manos masculinas.

Víctor se cruzó de brazos y dio un paso hacia adelante, colocándose justo al lado de la puerta del conductor, que yo acababa de cerrar.




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