El trayecto de regreso desde la pista de pruebas hasta la casa de Morgan fue un vaivén de sensaciones eléctricas. El motor, ahora ajustado a la perfección por sus manos, rugía con una elegancia que me hacía sentir más seguro que nunca en la carretera. Sin embargo, mi mente no estaba en los caballos de fuerza ni en la dirección asistida; estaba en la mujer que iba sentada a mi lado, con el cabello ligeramente revuelto por la velocidad y una chispa de triunfo todavía encendida en sus ojos azules.
Bromeamos durante todo el camino sobre la expresión de Arthur. Me burlé de cómo sus ojos casi se salen de sus órbitas al ver que su "pequeña ayudante" manejaba mejor que cualquier corredor que hubiera pisado este pueblo. Morgan reía, una risa que sonaba a libertad recuperada, y por un momento, el peso de la fama y las expectativas que siempre me arrastraban pareció desvanecerse en el aire nocturno.
Cuando llegamos a la entrada de su casa, la luz solar ya se había retirado por completo, dejando paso a una oscuridad profunda que solo las estrellas lograban puntuar. Pero lo que más me llamó la atención fue la neblina. Había bajado de las montañas como un manto denso y blanco, envolviendo las casas y los árboles, borrando los límites del mundo conocido. El frío del pueblo se sentía más intenso que nunca, un frío seco que calaba los huesos incluso estando bien abrigados.
Nos bajamos del coche y nos quedamos junto a la puerta del taller. El vapor de nuestra respiración se mezclaba con la bruma, creando una atmósfera irreal, como si estuviéramos dentro de una de mis rutinas de patinaje, bajo los focos de una pista solitaria.
Entre bromas sobre mis habilidades en la cocina y su desastrosa agilidad sobre el hielo, la distancia entre nosotros empezó a acortarse. Fue un movimiento casi magnético. Un paso mío, un leve inclinarse de ella. Pero antes de permitir que la gravedad hiciera el resto, un pensamiento frío me golpeó la conciencia.
Me detuve, a pocos centímetros de ella. El silencio del pueblo era absoluto, roto solo por el crujido del metal del coche enfriándose a nuestras espaldas.
—Morgan... —susurré, y mi voz sonó más grave de lo habitual—. Tienes que recordar algo. El coche ya está listo. Mañana llegarán las últimas piezas para Chloe y el ciclo estará cerrado. Tal vez me vaya muy pronto. Mi vida está en las grandes ciudades, en los aviones y en las pistas de cristal. No quiero dejarte una herida cuando me marche.
Ella no retrocedió. Sus ojos buscaron los míos con una determinación que me hizo sentir pequeño a pesar de mi estatura. —Lo sé, Víctor —respondió ella sin dudar—. Sé quién eres y sé hacia dónde vas. Pero el presente es lo único que podemos arreglar ahora mismo, como un motor que necesita atención hoy, no el próximo año.
Traté de ser la voz de la razón, aunque mi corazón me gritaba que me callara. —Tengo veintisiete años, Morgan. He visto mucho mundo, he cometido errores y a veces siento que he vivido tres vidas en una. Tú... tú apenas estás empezando.
—Tengo veinte años, Víctor —me interrumpió con una firmeza que me desarmó—. Solo son siete años de diferencia. No soy una niña a la que tengas que proteger de sí misma. Soy una mujer adulta, tomo mis propias decisiones y asumo mis propios riesgos. He manejado un negocio familiar y he enfrentado a mi padre toda mi vida. Creo que puedo manejar el hecho de que te guste el patinaje y tengas unos cuantos años más que yo.
Me quedé callado, procesando su valentía. Me asustaba la posibilidad de que ella viera en mí algo que yo no era. —¿Y si te equivocas conmigo? ¿Y si lo que ves es solo la fachada de porcelana que los medios han construido?
Morgan extendió su mano y rozó mi mejilla con sus dedos, que todavía olían ligeramente a gasolina y jabón de manzana. —Entonces dame el beneficio de la duda, Rey del Hielo. Déjame descubrir al hombre que hay debajo de los patines.
No hubo más palabras. En ese rincón del mundo, entre el calor del taller que aún emanaba de las paredes y el frío glacial de la neblina que nos rodeaba, la distancia se cerró por completo.
La atraje hacia mí, rodeando su cintura con mis brazos, y ella se empinó para buscar mis labios. Cuando finalmente nos besamos, sentí que el mundo entero se detenía. Fue un encuentro de contrastes: sus labios eran cálidos y suaves, pero tenían esa fuerza que caracterizaba toda su personalidad. Fue un beso que sabía a victoria, a secreto compartido en el lago y a la libertad de la pista de carreras.
En ese momento, me sentí ridículamente feliz. Sentí una calidez que ninguna calefacción central de un hotel de cinco estrellas había logrado darme jamás. Quería abrazarla con todas mis fuerzas, protegerla de la toxicidad de su padre, de la arrogancia de Derek y de cualquier dolor que el mundo quisiera lanzarle. Pero, al mismo tiempo, sentí algo que no esperaba: me sentí protegido por ella. Su fuerza, su seguridad y su falta de miedo me daban un refugio que no sabía que necesitaba. Ella era mi ancla en medio de la neblina.
Nos separamos lentamente, aunque mis manos seguían aferradas a su chaqueta de cuero, como si temiera que si la soltaba, la bruma se la llevaría.
—Vete a dormir, Víctor —me dijo con una sonrisa suave, la más dulce que le había visto—. Antes de que mi padre decida salir con una escopeta a ver quién está en su entrada.
—Mañana nos vemos en el lago —respondí, dándole un último beso corto en la frente.
Caminé hacia la casa de mi madre, que estaba a unas cuantas calles de distancia. La neblina era tan espesa que apenas veía mis propios pies, pero no me importaba. Tenía una sonrisa grabada en el rostro que me hacía sentir como un adolescente después de su primera cita.
Entré en la casa de Elena tratando de no hacer ruido, pero el suelo de madera siempre encontraba la forma de delatarme. Me senté en el borde de mi cama, mirando por la ventana hacia donde sabía que estaba la montaña.
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Editado: 18.03.2026