Chispas sobre el Hielo

20

El encierro tiene un sonido particular. No es el silencio, sino el zumbido constante de tus propios pensamientos rebotando contra las paredes. Desde que mi padre me arrebató las llaves y me sentenció a la casa, el mundo se ha reducido al marco de madera de la ventana de mi habitación. Mis manos, extrañamente limpias y sin el rastro de grasa que solía ser mi orgullo, tiemblan levemente sobre el alféizar. Me siento como un motor al que le han quitado el aceite: seca, estática y a punto de griparse.

Desde mi posición, tengo una vista privilegiada del pueblo. A lo lejos, exactamente a seis calles de distancia, se alza la panadería de Elena. Normalmente, ver el humo saliendo de su chimenea me daría paz, pero hoy el aire se siente distinto. Hay una mancha negra aparcada frente al local, un coche que no pertenece a este paisaje de camionetas de carga y vehículos remendados. Es un sedán de lujo, oscuro y brillante como un cuervo, que parece gritar "dinero" y "poder" desde aquí arriba.

Y entonces lo vi.

Un hombre salió de la panadería. Incluso a esta distancia, su porte era inconfundible. Caminaba con una rigidez que desprendía autoridad, envuelto en un abrigo largo que ondeaba con el viento helado. No era un turista despistado; era alguien del pasado de Víctor. Alguien que venía a reclamar al Rey del Hielo.

Sentí un vacío en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre. Ver a ese hombre, tan pulcro, tan fuera de lugar en nuestras calles de tierra, fue como recibir un golpe de realidad en plena cara. Mis inseguridades, esas que había logrado mantener a raya en el lago y en la pista, se desbordaron de golpe.

—¿Qué estoy haciendo? —susurré contra el cristal empañado.

Me miré las manos. Eran manos de trabajadora, manos curtidas por el metal y el esfuerzo. Mis ropas eran sencillas, mis sueños estaban anclados a un taller que ya no podía tocar. ¿Quién era yo para pensar que un hombre como Víctor, que cenaba en palacios y dormía en hoteles de cinco estrellas, se quedaría aquí por mí?

Ese hombre del abrigo representaba todo lo que Víctor es en realidad. Representaba las luces, las medallas, los aplausos de miles de personas y la vida de lujos que yo solo podía imaginar a través de las revistas viejas que llegaban a la peluquería del pueblo. Víctor no pertenece a este lugar. Él es de cristal y oro; yo soy de hierro y barro.

—Él se va a ir —me dije, y las palabras me quemaron la garganta como si hubiera tragado gasolina—. Ese hombre ha venido a recordarle que este pueblo es solo una parada técnica. Una avería en su camino hacia la gloria.

Me alejé de la ventana, incapaz de seguir mirando. Me dejé caer sobre la cama, sintiendo que las paredes de mi cuarto se cerraban sobre mí. Mi padre tenía razón en algo, aunque me doliera admitirlo: yo estaba jugando a ser alguien que no era. Me había creído la historia del príncipe que se enamora de la mecánica, olvidando que en la vida real, los príncipes siempre vuelven a su reino cuando la aventura termina.

¿Qué podía ofrecerle yo? ¿Una vida escondiéndonos de mi padre? ¿Cenas de pan y café en la cocina de Elena? Ese entrenador, o lo que fuera aquel hombre, le estaba ofreciendo el mundo entero. Le estaba ofreciendo volver a ser el dios que todos adoran. ¿Cómo iba a competir mi amor de taller con el brillo de una medalla olímpica?

—Seguro que ya se lo está pensando —pensé con amargura—. Estará comparando mi cara manchada de aceite con las caras perfectas de las mujeres que conoce en Europa. Estará recordando que allá no tiene que saltar muros ni pagar sobornos para poder estar con alguien.

La frustración se convirtió en una rabia sorda. No contra Víctor, sino contra mi propia debilidad. Odiaba sentirme así. Odiaba que mi valor como mujer y como profesional dependiera de si él decidía quedarse o marcharse. Pero, por más que intentara encender el fuego de mi orgullo, el frío de la duda lo apagaba todo.

El Mensaje de la Esperanza

Escuché un rasguño suave en mi puerta. No era el paso pesado de mi padre ni el andar cansado de mi madre. Era Chloe.

—Morgan... —susurró a través de la madera—. He visto a Víctor. Estaba con un hombre muy serio frente a la panadería. Pero Víctor no se veía feliz, Morgan. Se veía... como tú cuando papá te quita las herramientas. Enojado.

Me acerqué a la puerta, apoyando la frente contra ella. —Vete a tu cuarto, Chloe. No quiero que papá te vea hablando conmigo.

—Me dijo que te diera esto —continuó ella, ignorando mi advertencia. Un pequeño trozo de papel, doblado con cuidado, se deslizó por debajo de la puerta.

Lo tomé con manos temblorosas. Al abrirlo, solo había tres palabras escritas con la caligrafía firme de Víctor:

"No te rindas."

Apreté el papel contra mi pecho. Una parte de mí quería creerle, quería pensar que él pelearía por lo que tenemos. Pero otra parte, la que había visto a ese hombre de negro en la distancia, sabía que las batallas no siempre se ganan con el corazón.

Miré de nuevo por la ventana. El sedán negro ya no estaba. El horizonte del pueblo volvía a ser el mismo de siempre, gris y monótono. Pero para mí, el paisaje había cambiado para siempre. El tiempo se estaba agotando. Víctor tenía que elegir, y yo, encerrada en esta habitación que olía a infancia perdida, solo podía esperar a ver si el Rey del Hielo decidía que su corona valía menos que el calor de mis manos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.