Chispas sobre el Hielo

22

La tarde se había teñido de un verde violáceo, un color que en las montañas solo significa una cosa: la furia del cielo estaba por desatarse. Para cuando el primer trueno sacudió los cimientos del taller de los Galindo, el viento ya aullaba entre las rendijas de madera como un animal herido. Fue una tormenta de esas que ocurren una vez cada década; una cortina de agua tan densa que borraba los pinos y convertía las calles de tierra en ríos de lodo hambriento.

A las siete de la noche, el sistema eléctrico del pueblo se rindió. Un rayo impactó directamente en el transformador principal de la avenida, provocando una explosión de chispas azules que se apagaron instantáneamente, dejando a todos sumergidos en una oscuridad total.

Dentro de la casa, el caos fue la oportunidad de Morgan. Arthur, con una linterna en la mano y maldiciendo a los cielos, corría de un lado a otro tratando de asegurar las láminas de zinc del techo del taller que amenazaban con salir volando. Su madre, en un arranque de protección instintiva, se había encerrado en el cuarto de Chloe, abrazando a la pequeña mientras el viento golpeaba las ventanas con la fuerza de un mazo. Nadie vigilaba la puerta de Morgan. Nadie escuchó el suave clic de la ventana de su habitación abriéndose.

Morgan saltó hacia el jardín, el barro tragándose sus botas al instante. La lluvia la golpeó con una violencia física, empapándola en segundos, pero ella no se detuvo. Corrió por la calle principal, esquivando ramas caídas y restos de vallas que el viento arrastraba. El agua le llegaba a los tobillos y los relámpagos iluminaban el pueblo de forma intermitente, revelando un paisaje apocalíptico de postes de luz caídos y cables chisporroteando en los charcos.

A seis calles de allí, en la panadería, Víctor observaba el desastre tras el cristal reforzado de la entrada. Estaba inquieto, con la maleta que Nikolai le había exigido preparar medio hecha sobre el mostrador. Cuando un rayo iluminó la calle, sus ojos entrenados para detectar el movimiento en el hielo captaron una figura que corría desesperada entre las sombras.

—¿Morgan? —susurró él, y el corazón le dio un vuelco.

Sin pensarlo, Víctor abrió la puerta. El viento casi lo derriba, pero salió a la calle gritando su nombre. La vio tropezar cerca de un poste inclinado y corrió hacia ella con una velocidad que desafiaba al vendaval. La alcanzó justo cuando otro trueno hacía vibrar el suelo. La rodeó con sus brazos, protegiéndola con su propio cuerpo del granizo que empezaba a caer.

—¡Víctor! —gritó ella, pegando su rostro a su pecho empapado.

—¡Tenemos que salir de la calle! —rugió él al oído—. ¡Tu padre vendrá aquí en cuanto se dé cuenta! ¡La panadería es el primer lugar donde buscará!

Ambos, empapados hasta los huesos y tiritando, compartieron una mirada de pánico y determinación. Casi al mismo tiempo, los dos intentaron hablar, sus voces perdidas en el rugido del viento.

—¡Tenemos que hablar! —dijeron al unísono, antes de que Víctor la tomara de la mano y empezara a correr en dirección opuesta al pueblo, hacia los linderos de la montaña donde sabía que había una vieja cabaña de cazadores que su madre mencionaba a veces.

Llegaron a la cabaña casi por instinto, guiados por los destellos de los rayos. Era una estructura pequeña de madera y piedra, medio oculta por la vegetación. Víctor forzó la puerta y ambos cayeron al suelo del interior, jadeando, mientras el estruendo de la tormenta se convertía en un tamborileo constante sobre el techo de tejas.

El silencio dentro de la cabaña, roto solo por sus respiraciones agitadas, era casi irreal. Víctor encontró unas mantas viejas y secas en un arcón y envolvió a Morgan con ellas, sentándose a su lado en el suelo de madera. No había luz, solo la penumbra grisácea que entraba por la única ventana.

—Mi padre va a enviar a Chloe a un internado —soltó Morgan de repente, su voz quebrada por el frío y la angustia—. La descubrió patinando. Me quitó todo, Víctor. Ya no tengo taller, no tengo herramientas... y ahora voy a perder a mi hermana.

Víctor la estrechó contra sí, frotando sus brazos para devolverle el calor. La introspección que ambos habían estado evitando durante semanas se impuso en ese rincón olvidado del mundo. El futuro ya no era una idea abstracta; era un muro que se les venía encima.

—Morgan, escúchame bien —dijo Víctor, su voz ganando una profundidad que ella nunca había escuchado—. Nikolai estuvo aquí hoy. Mi antiguo entrenador. Vino a buscarme para volver a las Olimpiadas, para volver a la capital y luego a Europa.

Morgan se tensó bajo la manta, sus peores miedos confirmándose en la oscuridad. —Sabía que vendrían por ti —susurró ella, bajando la vista—. Eres el Rey del Hielo, Víctor. No perteneces a un pueblo que se inunda con la primera tormenta.

—No te he contado todo —continuó él, tomando su barbilla para que lo mirara—. Nikolai cree que soy un idiota por estar aquí, pero también es un hombre de negocios. Me dijo que si eres tan buena como yo digo, no tienes por qué quedarte aquí. Me dio una idea, una que no he podido sacar de mi cabeza desde que se fue.

Morgan lo miró con los ojos muy abiertos, las lágrimas mezclándose con las gotas de lluvia que aún resbalaban por su cara.

—Vente conmigo, Morgan —soltó él, con una sinceridad que la dejó sin aliento—. Deja este taller. Deja a Arthur y sus prejuicios. En la capital tengo los contactos necesarios. Hay equipos de Fórmula 1 que tienen bases de entrenamiento allí, hay escuelas de ingeniería mecánica de élite que darían cualquier cosa por alguien con tu instinto. No te estoy ofreciendo ser "la novia del patinador". Te estoy ofreciendo una salida para que seas la corredora y la mecánica que este pueblo nunca te dejará ser.

Morgan se quedó en silencio. La propuesta de Víctor era como un sueño demasiado brillante para ser real. Salir de allí, ver el mundo, estudiar, trabajar en motores de verdad... y estar con él. Pero el peso de su familia seguía tirando de sus tobillos.




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