Chispas sobre el Hielo

26

La mañana en la casa de Elena comenzó con un silencio cargado de electricidad. Mientras el sol empezaba a secar los restos de la tormenta en las calles de Cabudare, dentro de la pequeña vivienda, el ambiente era de una eficiencia casi militar. Víctor, acostumbrado a viajar por todo el mundo con lo justo, cerraba su maleta con movimientos precisos, pero sus ojos no dejaban de seguir a Morgan, quien caminaba de un lado a otro ayudándole a organizar sus pertenencias.

—Morgan —dijo Víctor, deteniéndola suavemente por la muñeca—, deja eso. No necesitas empacar nada de lo que hay en esa casa. En cuanto aterricemos en Europa, podemos comprarte todo nuevo. Ropa, herramientas profesionales, lo que quieras. Quiero que dejes atrás cualquier recuerdo de ese taller.

Morgan se detuvo y lo miró con una sonrisa melancólica, una de esas sonrisas que guardan años de historia en un solo gesto. Se acercó a él y le dio un beso rápido, un roce cálido que sabía a despedida y a promesa.

—Lo sé, Víctor. Sé que puedes darme el mundo entero si te lo pido —susurró ella, acomodándole el cuello de la chaqueta—. Pero hay cosas que el dinero no compra. Fotos de mi madre cuando era joven, un viejo juego de llaves inglesas que mi abuelo me dio antes de morir... y a Chloe. No puedo irme sin mis tesoros.

Víctor asintió, derrotado por la lógica del corazón. Entendía que para Morgan, ir a esa casa no era solo buscar ropa; era recuperar los pedazos de su identidad antes de rearmarse en otro continente.

—Está bien. Vamos —sentenció él—. Pero entraremos y saldremos rápido. No quiero que Arthur tenga tiempo de reaccionar.

Mientras ellos se dirigían a la propiedad de los Galindo, al otro lado de la ciudad, en el circuito regional de Cabudare, el ambiente era radicalmente distinto. Era el día del Campeonato Regional de Carreras, el evento que Arthur había planeado durante meses como la redención de su taller y la consagración de Derek.

Las gradas estaban a reventar. La prensa local, cámaras de televisión regionales y patrocinadores estaban todos allí, rodeando el coche de Víctor que ahora lucía los logos del taller Galindo. Derek, vestido con su mono de carreras impecable, estaba subido en el podio de presentación, fanfarroneando frente a los micrófonos.

—Este motor es el resultado de años de disciplina —decía Derek, inflando el pecho ante las cámaras—. Otros intentaron sabotearnos, pero el talento siempre prevalece. Hoy vamos a demostrar por qué somos los mejores del país.

Arthur estaba a un lado, con los brazos cruzados, asintiendo con una mezcla de orgullo y alivio. Por fin, la "mancha" de Morgan estaba siendo borrada por el éxito de su pupilo. Pero el destino, al igual que un motor mal ajustado, tiene formas brutales de fallar en el momento menos oportuno.

Derek, en medio de su discurso, fijó la mirada en un punto específico de la multitud. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Vio a dos hombres de aspecto extranjero, con carpetas técnicas y cámaras de alta resolución, que lo miraban con una frialdad clínica. Eran los ojeadores de una escudería internacional que Víctor había mencionado. Derek supo, en ese instante, que no sabía nada de la configuración de ese coche. Supo que, si encendía el motor, podría explotar en su cara frente a los ojos más importantes de la industria.

El pánico es una sustancia química que paraliza los músculos. A Derek le temblaron las piernas de una forma incontrolable. Al intentar bajar del podio para huir hacia los boxes, sus pies se enredaron con un cable de audio. El "gran corredor" cayó de forma estrepitosa desde una altura de dos metros, aterrizando con todo su peso sobre su pierna derecha.

El sonido del hueso rompiéndose fue captado por los micrófonos ambientales y retransmitido a todo el circuito. Un grito de agonía llenó los altavoces.

—¡Médico! ¡Llamen a un médico! —rugió Arthur, corriendo hacia el cuerpo caído de Derek.

El caos se desató en segundos. La prensa, ávida de drama, rodeó la escena. Derek estaba pálido, el color de su rostro se había drenado por completo mientras se sujetaba la pierna, que ahora tenía un ángulo antinatural. No era solo una lesión; era el fin de su carrera y el inicio del colapso del taller Galindo.

Arthur se volvió loco tratando de manejar la situación. Apartaba a los periodistas con manotazos, gritando órdenes contradictorias. —¡Fuera las cámaras! ¡Es solo un tropiezo! ¡Busquen a un reemplazo! ¡Cualquiera de los mecánicos de reserva!

Pero nadie se movía. Los otros pilotos y mecánicos del pueblo miraban el coche de Víctor —ahora el coche del escándalo— como si estuviera maldito. Manejar ese vehículo en ese momento, bajo el escrutinio de la prensa y con el rumor del sabotaje flotando en el aire, era como entrar voluntariamente en el ojo de un huracán. Nadie quería ser el sacrificio de Arthur.

En medio del tumulto, Lucas, uno de los empleados más jóvenes del taller, el que siempre había admirado a Morgan en silencio y sabía que ella era la única que realmente entendía esa máquina, se apartó del grupo. Buscó su teléfono y, con manos temblorosas, marcó el número que tenía guardado bajo el nombre de "La Jefa".

Morgan y Víctor estaban a mitad de camino hacia la casa cuando el teléfono de ella vibró. Al ver el nombre de Lucas, Morgan dudó, pero algo en su instinto de mecánica le dijo que contestara.

—¿Lucas? ¿Qué pasa?

—Morgan... —la voz del chico era un susurro acelerado—. Derek se ha roto la pierna. Se cayó del podio frente a todo el mundo. Arthur está perdiendo la cabeza, la prensa lo tiene acorralado y el coche está ahí parado. Nadie quiere subirse. Morgan, si no corremos hoy, el taller cierra para siempre. Los patrocinadores se van a retirar.

Morgan se quedó paralizada en el asiento del copiloto. Miró a Víctor, quien la observaba con el ceño fruncido.

—Lucas me cuenta que Derek está fuera. El taller se hunde si no hay nadie que maneje el coche de Víctor en la regional —explicó ella, con la voz cargada de una duda profunda.




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