El humo del tabaco barato de mi padre se extiende por todo el salón. Mi madre está cocinando una sopa de caja lo mejor que puede después de la paliza que mi padre le ha dado. Yo estoy sentado en el primer escalón de la escalera que lleva a la planta de arriba, con una mano marcada en la cara.
El labio inferior está un poco partido, como es de costumbre. Siento que el estómago se me revuelve al mirar a mi padre, solo contemplarlo unos segundos me dan ganas de vomitar, así que me dirijo al baño.
El hombre que un día me enseño a montar en bicicleta hoy se dedica a jodernos la vida a mí y a mi madre. Esta situación no podía ser producto de otra cosa más que de una crisis. La falta del dinero en casa siempre había estado a la orden del día, pero esto ya lo superaba. Mi padre había sido despedido junto con un centenar de personas más por culpa de la fábrica en la que trabajaba, esta había cerrado y como los dueños tenían 5 empresas más, no les importaba una mierda perder una.
La situación de rabia había llevado a mi padre a un extremo que no conocía. Alcohólico y con primeros signos de adicción a las drogas, nos culpaba a mi madre y a mí de todo lo que había pasado.
La voz de mi madre me tranquilizaba y como tantas veces hacía, me llevaba al pequeño baño con pestillo de la planta baja cuando mi padre perdía el control. Ella siempre me decía "Ryan cariño, no abras la puerta hasta que mama vuelva a por ti."
Tres suaves golpes en la puerta me indicaban que la tormenta había pasado y sus susurros pronunciando mi nombre me hacían abrir la puerta.
Ahora mismo estaba escuchando esos susurros. Su voz se escuchaba distinta y más joven. Una mano en el hombro me estaba moviendo un poco.
Entonces ahí me doy cuenta de donde estoy. El hospital, Dan, el accidente. No sé cuál de las dos cosas era una pesadilla. Abro más los ojos y ahí está la enfermera mirándome con preocupación, como si me hubiera sacado más sangre de la que tengo. El recuerdo de mi amigo me hace reaccionar y me levanto enseguida quedándome cara a cara de Elisabeth.
-Enfermera, cuanto tiempo ha pasado - pronuncio con prisa mientras me pongo la sudadera. - ¿Ha salido ya de la operación? ¿Puedo verle?
Elisabeth ve perfectamente como vuelvo a mi impaciencia.
- Tranquilícese Ryan, han pasado unas horas, pero su amigo ya está fuera de peligro. Ha sido una operación muy larga y la han podido terminar en parte gracias a su sangre. - dice estudiando mi reacción.
Elisabeth continúa explicándome la operación un poco mientras me dirige a la UCI. Al parecer mi amigo está en coma, se ha complicado, pero parece que han podido recomponerlo todo lo máximo posible.
- Ahora tiene que seguir el protocolo que le voy a indicar Ryan. No haga nada distinto a como se lo voy a decir, porque las visitas a la UCI no están permitidas hasta el próximo día.
Asiento con la cabeza y le sigo hasta la sala preparatoria. Me quedo mirando unos segundos mientras me da guantes, mascarilla y bata. Mientras me aplico el gel hidroalcohólico la miro y no puedo evitar decir lo que pasa por mi mente
- ¿Por qué lo haces? - veo un signo de desconcierto en su cara y le aclaro la pregunta- ¿Por qué me ayudas y te saltas las normas, acaso no podrías perder tu trabajo o algo así?
Parece que ahora sí ha entendido mi pregunta. Me ofrece la mascarilla y no duda en contestarme.
- Porque ojalá alguien lo hubiera hecho por mí. - sentencia expresando con esos ojos tristes.
El gesto de su cara, sus ojos, todo de esta chica me hace querer conocerla más, saber qué hay detrás de todo ese dolor, querer conocerla y ser capaz de comprenderla. Antes de que vaya a decir nada mira su reloj y me mira a los ojos.
-Tienes 10 minutos, te espero afuera. - dice poniendo una sonrisa amable, una de esas que sabes que son de bondad y honestidad.
Me giro y veo la puerta de la habitación. La abro lentamente y siento como se me cae el alma al suelo tras ver el estado de mi amigo. Me quedo paralizado en el sitio.
Está mucho peor de lo que lo recordaba.
Una palidez extrema recorre el cuerpo de mi amigo. Sus manos y sus brazos están llenos de rasguños curados y algunos vendados. No puedo ver más allá de su cintura, pero veo su torso.
Con la bata que lleva puesta alcanzo a ver un tramo de la herida que hay en medio de su pecho. A él están conectadas infinidad de máquinas. Unos tubos salen cerca de su abdomen, un tubo en su boca hace que respire lentamente. Los pitidos de las máquinas son constantes y en ellos puedo ver su pulso. Varios goteros cuelgan de su camilla y veo que está recibiendo distintos sueros y medicamentos por las venas.
Un dolor desgarrador surge en mi estómago y me obligo a acercarme hasta su lado. Las lágrimas me han traicionado hace tiempo y varias de ellas se deslizan por mi rostro sin cesar.
- Dan...- susurro.
Cojo una silla y me siento al lado de la camilla donde se encuentra mi mejor amigo. Me quedo en silencio observándolo y doy gracias al cielo de que al menos ha sobrevivido a lo que podría haber sido un pase directo al más allá.
Cuando llevo un rato sentado, tres suaves golpes en la puerta, acompañados por una voz susurrando mi nombre, me pillan por sorpresa. Por un momento pienso que sigo, soñando y que es mi madre la que está al otro lado de la puerta.
Escuchar mi nombre de nuevo me hace reaccionar. Me levanto y miro a mi amigo una última vez más.
- Volveré, te lo prometo. - Digo poniéndole una mano en el hombro, recreando ese gesto que tantas veces habíamos hecho.
Cuando salgo, Elisabeth está afuera mirándome y parece que tengo una pinta horrible por la expresión que he puesto. Una media sonrisa oculta el dolor que tengo.
- ¿Cuándo es el horario de visitas? - digo quitándome el dichoso protocolo que me tuve que poner anteriormente.
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Editado: 25.01.2026