Cicatrices

11. Ryan

Estoy a punto de levantarme del sillín para intervenir cuando veo como el cabrón suelta el brazo de Elisabeth.

Al poco rato de desaparecer ambos, unas luces de un coche iluminan el parking. Un BMW blanco, impoluto, sale deprisa.

Me pongo el casco y antes de bajar el visor alcanzo a ver quién conduce. Los leds interiores del coche iluminan la cara de Elisabeth y reflejan su miedo y quizas un poco de rabia.

Sale del parking y unos segundos después salgo con el rugido de la Kawasaki bajo mis piernas.

Cuando me incorporo a la carretera alcanzo a ver como esquiva los coches con facilidad, pero a una alta velocidad, como si llevara toda la vida manejando ese coche, como si estuviera diseñado para ella.

Giro el puño con brusquedad y me adhiero a mi moto. La sensación de libertad me recorre y siento que por cada vehículo que adelanto consigo dejar atrás un paso del infierno en el que he vivido desde que salí de la gasolinera.

Voy surcando la avenida y reduzco poco a poco.

Ahí está ella.

Parada, esperando bajo el semáforo en rojo. Me detengo a su lado haciendo rugir un poco mi motor y veo como gira la cabeza. Cuando siento su mirada sobre mí, la adrenalina me recorre y el corazón se me dispara.

Sé que bajo mi visera negra no puede ver nada y entonces hace justo lo que estaba esperando.

Me reta. Acelera su BMW y desata la bestia que tiene bajo el capó, en todo momento mantiene la vista fija en mí, pero ahora en su cara no hay miedo, hay una media sonrisa, su ceja arqueada me remarca que quiere desfogarse en lo que nos queda de noche, antes de que termine de amanecer, tanto como yo.

Sonrío para mis adentros y no dudo en acelerar cuando el semáforo cambia.

Verde.

Ella sale primero, con seguridad, con precisión, como si no fuese la primera vez que hace esto. Cuando veo que el coche parece estar dándome ventaja, giro el manillar y la Kawasaki responde al instante.

Es breve, pero es suficiente el momento que mantenemos en paralelo, el uno al lado del otro. Ella se separa y pisa a fondo para ponerse delante de mí. Adelanta un vehículo que había justo al frente y se vuele a poner a la derecha, como si estuviera esperando a que retomase mi sitio a su lado.

No lo dudo ni un segundo y me sitúo a su izquierda, a mi sitio, a su lado. Giro mi cabeza y alcanzo a ver que mantiene esa sonrisa que esbozó en el semáforo, pero me recuerda a una niña pequeña. No es una sonrisa de victoria, está sonriéndome porque me sigue desafiando.

Continuamos con el mismo juego un par de calles más, como si hubiésemos corrido juntos toda la vida, como si hace tan solo un par de horas ella no hubiera quitado con delicadeza una aguja de mi brazo.

La conexión que se siente es brutal. Ella y yo hablamos el mismo idioma, los dos huimos en la velocidad, lo sé, lo veo en sus ojos.

Está empezando a amanecer y no quiero que esto acabe nunca.

Veo como su motor comienza a reducir el ritmo y sé que está llegando a su fin.

Maldigo al destino por poner esa dirección tan temprano en nuestro camino y no me queda otra más que bajar el ritmo si quiero despedirme de ella. De repente veo como su intermitente marca la siguiente calle a la derecha.

Antes de mirar su coche una última vez, las luces de emergencia parpadean dos veces. Un gesto breve, sabiendo que significa mucho más.

- Hasta pronto, doctora. - digo bajo mi casco. Como si ella pudiera escucharme.

Me pego a la moto y siento como el aire roza todo mi cuerpo. Acelero y la miro una última vez más.

Cuando desaparece de mi vista acelero a fondo y me pierdo en la carretera pensando de dónde ha salido esta mujer y porque no la he conocido antes.

Hacía mucho tiempo que nadie me dejaba con ganas de más

Sé que nos volveremos a ver Elisabeth




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