Cicatrices

18. Elisabeth

No me puedo creer lo que me está pasando. ¿En qué momento he acabado borracha en casa de un extraño? Menos mal que mi madre no puede verme ahora mismo porque el sermón que me daría duraría años.

Siendo positivos no ha sido tan malo, ¿no? Podría haberme tocado cualquier loco que a saber que cosas me hubiera hecho. Sin embargo, hay algo en él, lo mismo que me pasó en el hospital, esa conexión indescifrable.

Su pregunta "¿qué necesitas?", sigue resonando en mi cabeza, nunca una frase me había hecho sentir que alguien puede bajarme la luna si se la pido.

-Pues si me puedes pedir un Uber estaría bien. - es una situación un poco embarazosa y tengo que salir de aquí porque vuelvo a notar como si el aire me faltase cuando estoy cerca de este chico.

La mirada que me echa no se la deseo a nadie la verdad.

- Elisabeth como voy a pedirte un puto Uber a las 5 de la mañana, ¿es en serio? - parece que está molesto con mi sugerencia - Yo te llevo, vamos.

- ¿Qué? No, no puedo aceptarlo, suficiente has hecho ya por mi. - Su mirada se clava en mi y es cuando me doy cuenta de la diferencia de alturas que tenemos. Da un paso hacia mi y agradezco a las plataformas que llevo para poder mirarlo a los ojos.

- No es una pregunta, es una afirmación, te llevo y punto. - su tono demandante con autoridad me deja con la garganta seca. Suena como una orden pero sé que tras esas palabras hay algo detrás.

- Vale- alcanzo a balbucear- está bien.

Salimos por la puerta de su apartamento y me quedo mirando el ascensor que hay nada más salir al rellano del edificio.

El cierra la puerta con llave y veo que lleva un casco en la mano

- ¿ A dónde vas con eso? - digo señalando con mi dedo índice a su casco

Se guarda las llaves en el bolsillo de sus joggers y se queda pensando un momento, como si acabase de preguntar lo más obvio.

- ¿Acaso he venido hasta aquí en moto? - preguntó de nuevo con voz incrédula.

Me siento un poco idiota no voy a mentir, no consigo recordar absolutamente nada, mi última memoria está en el disco-bar Oasis.

Antes de que vaya a hacer otra pregunta responde con una medio sonrisa como si acabase de acordarse de algo que yo no sé.

- El ascensor no funciona, vamos por las escaleras. - suelta dirigiéndose hacia la puerta que da a las escaleras.

Capullo. Ha ignorado mis preguntas como si no le hubiera dicho nada.

Comenzamos a bajar las escaleras y un texto de la pared me da un flashback. Enseguida me pongo como un tomate al recordar que él me ha subido en brazos por aquí. Amber no se va a salir de esta, nunca el alcohol me había sentado tan mal, ni siquiera tengo el recuerdo de beber tanto.

Cuando llegamos a la calle un escalofrío me recorre. El verano ya está llegando a su fin y se nota en la fría brisa que comienza a correr por las mañanas.

A Ryan parece no afectarle y camina hacia el parking privado de los apartamentos. Mirándolo desde fuera no son muy lujosos ni tampoco excesivamente baratos. La definición de normal encaja para ser un piso en la parte "tranquila" de California.

Mi vista sigue buscando con la esperanza de que sus pasos se dirijan hacia un coche pero evidentemente se para al lado de una moto. No puedo negarlo, no me gustan las motos pero he crecido rodeada de dos hermanos, uno de ellos amante de los coches y el más pequeño fan de las motos. Enseguida reconozco que es una Kawasaki y me detengo en el sitio cuando lo veo.

Es él, el del otro día, el tío del semáforo que reté. No tengo dudas, el color igual que la otra noche, la pegatina en el lateral con unas letras en japonés.

- Vamos, ¿dónde necesitas que te lleve? - suelta relajado mientras se pone el casco y mete la llave.

-Ni de coña. Estás loco si piensas que me voy a subir ahí. - una sonrisa se dibuja en su rostro, lo sé, lo veo en sus ojos.

- Un poco tarde, ya te has subido antes. - dice girando la llave y haciendo rugir el motor.

No puede ser, sé que no he bebido tanto como para no acordarme de esto.

- Va, dime dónde, no te va a pasar nada, lo prometo- su voz suena distinta que su tono burlón que tiene por naturaleza, esta vez seguro de sí mismo. Sus ojos han cambiado de la diversión a la seriedad en un momento.

No me queda de otra si quiero salir de aquí, no tiene pinta de ser una persona fácil de cambiar de opinión, pero tengo que intentarlo.

- Seguro no podemos pedir un Uber.- digo intentando sonar indiferente.

Sus ojos cambian a ese castaño tan oscuro que es casi negro y sé que se va a negar.

- Elisabeth, marca la dirección. - dice en tono cortante ofreciéndome el móvil.

Me rindo, no creo ser capaz de poder aguantar otra mirada más de este tipo. Me acerco acortando la distancia entre nosotros y tomo su móvil escribiendo en Google Maps la dirección de mi casa. Miro la hora antes de devolvérselo y veo que son casi las 5:30 de la mañana. Tina, la portera estará ya de guardia y con un poco de suerte podré entrar en mi piso.

- Toma, aquí es. Es la dirección de mi casa pero podré entrar, la de seguridad empezó su turno hace media hora. - digo con la necesidad de aclarar la expresión confusión que reflejan sus ojos.

Toma el móvil de mi mano y lo pone en un soporte ajustándolo bien. Cuando termina se me queda mirando. Sigo en el mismo sitio que antes.

- ¿Subes? No me digas que ahora te da miedo la velocidad después de lo de la otra noche. - me ha reconocido y no ha dicho nada, ¿enserio? - ¿ O es que te da miedo? - dice con un tono de burla en sus palabras. Ya me imagino la sonrisa esa que hay debajo del casco.

Su voz retándome es justo lo que necesitaba para subirme. Me siento en la parte trasera y me agarro a los laterales levantando el rostro hacia arriba. Toda una orgullosa, lo sé.

- No me da miedo, ¿listo? - digo satisfecha.

Entonces acelera su moto y vuelve a frenarla haciendo que me pegue a su cuerpo y mis manos envuelvan su cintura. Un grito ahogado sale de mí y no puedo evitar darle un leve golpe en el casco.




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