Cicatrices

24. Elisabeth

No me puedo sentir más afortunada cuando un viernes te dicen que puedes irte antes, sabiendo que podré descansar durante todo el fin de semana.

Mi cuerpo anhela un descanso, no veo el momento de llegar a casa, sentarme en el sofá con una manta y tomar unos noodles de pollo mientras veo cualquier serie en Netflix. Ahora que hace más frío, no me imagino mejor plan para acabar la semana.

Mientras me dirijo hacia el coche elevo la mirada por el parking buscando una moto negra. Miro la hora e imagino que por la hora que es ya se debe de haber marchado. Los encuentros con Ryan de esta semana me han alegrado los días. He podido conocerlo un poco más y aunque sigo esperando a que se atreva a pedirme una cita o un café, me siento igual de nerviosa a su lado. Me ha hablado un poco de su trabajo, su relación con Dan y también me ha hablado de las oposiciones. Cuando me lo dijo me tuve que aguantar las ganas de imaginármelo en uniforme, le quedaría increíble con ese cuerpo trabajado al milímetro que tiene.

Conduzco tranquilamente hasta casa y dejo el coche en el parking del apartamento. Cuando tomo mi bolso es ya completamente de noche. Hace un par de días que se ha fundido la farola que alumbra todo el parking y me cuesta bastante encontrar las llaves. Salgo del aparcamiento y me dirijo hacia las escaleras mientras continuo con la búsqueda en mí el bolso cuando escucho una tos venir de algún lado cercano.

Levanto la vista y veo a alguien medio recostado en las escaleras. Está bastante oscuro, pero el escalofrío que me recorre el cuerpo cuando veo la moto de Ryan en frente de las escaleras hace saltar todas mis alarmas.

-¿Ryan, eres tú? - digo con voz temblorosa.

Escucho una tos más fuerte cuando alcanzo a ver las escaleras y siento como se me cae el alma a los pies. Ryan está tirado en el suelo. Su camiseta blanca está completamente teñida de sangre, su casco está a su lado y su cara es todo un cuadro. Un grito ahogado sale de mis labios y soy incapaz de reconocer el rostro del chico que me ha estado gastando bromas durante toda la semana.

Corro hacia él y cuanto más me acerco peor aspecto tiene.

-¡Ryan! Dios mío, ¿qué te ha pasado? - una lágrima se ha escapado de mis ojos mientras noto como tiemblo presa del pánico.

-Doctora Izzy- dice con la respiración pesada. - Espero no te importe que venga a tu consulta privada- dice con una media sonrisa que desaparece pronto cambiándolo por su gesto de dolor.

- Ryan, que te han hecho...- mis lágrimas ruedan inconscientemente cuando alcanzo a ver su rostro. Su ceja partida y probablemente su labio también se mezcla con un pómulo demasiado golpeado.- Déjame que te ayude.

No se niega orgullosamente. Estos días no me ha dejado pagar ni uno solo de los tés que he tomado, diciéndome que era "todo un caballero", a lo que yo le respondía que era su orgullo hablando, pero ahora mismo sé que no está de broma como para sacar a relucir su orgullo.

Haciendo un gran esfuerzo consigue ponerse en pie y me siento diminuta intentando moverlo con mi cuerpo bajo su hombro. Como puedo me las arreglo para sacar fuerzas y llevarlo hasta la puerta. Agradezco que la portera del edificio ya no esté y no vea este horror.

Abro la puerta y andamos lentamente hacia el ascensor. Cuando la luz azul del botón se ilumina, siento que se me abre el cielo. Hace unos días que había dejado de funcionar, esto sí que es buen Karma. Cuando se abre la puerta, ayudo a Ryan a entrar y pulso el botón 3 del ascensor. Ahora, con más luz y el reflejo del ascensor siento como me arden las lágrimas.

-Izzy, no llores.- dice con la respiración pesada mientras hace un esfuerzo por seguir de pie. Su espalda está medio apoyada y su voz suena grave, pero eso no le impide para mover un brazo y estirar de mí hacia él. Su mueca de dolor sale a la superficie.

-Elisabeth, estoy bien- Se esfuerza por sonar bien mientras retira de mi rostro con su pulgar mis lágrimas, pero esa tos regresa y aparta la cara de mí.

Por fin el ascensor se abre y me deja ver la puerta de mi piso. Le agarro de nuevo por debajo del hombro y le arrastro hacia la puerta. Abro y le llevo hasta el sofá.

Mover a alguien de tanta altura es muy difícil, sobre todo porque su musculoso cuerpo pesa demasiado para una persona que hace años que no levanta una pesa. Lo dejo cuidadosamente sentado y le digo que espere ahí.

Voy corriendo a la habitación de invitados donde tengo mi escritorio de estudio y varios botiquines y regreso de nuevo al salón. Él sigue sentado, pero esta vez está con la espalda apoyada y la cabeza levemente reclinada.

La luz del salón es mucho más buena que la del ascensor y puedo ver mejor todas las heridas que tiene.

-Ryan, necesito auscultarte, tengo que descartarte una costilla rota o daños en los órganos. - digo mientras me pongo unos guantes y saco mi estetoscopio.

- Soy todo suyo doctora, haga lo que quiera conmigo. -dice con los ojos cerrados. Parece que le cuesta un poco respirar.

Antes de empezar, cojo unas tijeras y le corto la camiseta que se ha adherido a su cuerpo con la sangre y pongo mi mano en su pecho. El tacto de su piel con la mía, esa descarga vuelve a aparecer entre nosotros y no puedo evitar notar como su respiración se acelera un momento.

Corto por el centro y me deja ver al completo su pecho y abdominales trabajados. Por fin descubro que escondía esa pluma de tinta negra bajo el cuello. Un tatuaje de un cuervo negro le recorre el brazo derecho y una parte del pecho, con varias plumas sueltas volando hasta su antebrazo. Se ve precioso, un animal tan enigmático y tétrico al mismo tiempo en su cuerpo. Un corte en la zona baja del abdomen ha sido el responsable de manchar al completo la camiseta. Todos los golpes que veo en el costado me indica que pronto se pondrán de peor color.

Comienzo a limpiarle las heridas mientras siento su mirada bajo mis manos. El medicamento que le he dado para bajar el dolor parece haberle actuado rápido.




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