Cicatrices

25. Ryan

Me despierto retorciéndome de dolor. Un olor dulce invade mis fosas nasales y sé que no estoy en casa. Abro lentamente mis ojos y siento una punzada en una ceja. Una tenue luz es lo único que alcanzo a ver en un salón que no reconozco. Elisabeth está enfrente mío, dormida en un sillón de lectura, con un libro entre las manos. Creo que hacía mucho tiempo que no veía a alguien dormir con tanta paz y tranquilidad. Sus labios entreabiertos y su pequeño cuerpo acurrucándose crean una imagen frágil ante mis ojos.

A día de hoy no entiendo que hace alguien como ella fijándose en un tío como yo. Los momentos que hemos compartido en sus descansos del hospital han sido breves, pero su expresión corporal me ha dejado claro que se siente atraída, aunque dudo que lo sienta más que yo.

Lo único que soy incapaz de descifrar es porque sus ojos reflejan un atisbo de desconfianza y he de confesar que eso me asusta y al mismo tiempo me gusta. Lo admito me he pillado de ella como un adolescente en el instituto y es que ese puto magnetismo que siento a su lado no me había pasado con nadie más.

Me incorporo un poco con los codos y siento como me cuesta respirar. Una tos horrible sale de mí y Elisabeth se despierta enseguida. Hace un momento parecía que estaba profundamente dormida y ahora tiene los ojos lo más abierto que puede, pero me imagino que ese oído tan fino es gracias a su oficio de enfermera.

- Ryan - dice incorporándose rápidamente- ¿Cómo te encuentras?

Una de mis manos se va instintivamente a mi cabeza. Siento como el mundo me da vueltas, como si alguien hubiera estado toda la noche pegándome martillazos en la cabeza.

-Buenos días, doctora Izzy, he tenido días mejores no te puedo mentir.

Mi intento por esbozar una sonrisa me recuerda que mi labio inferior también pago las consecuencias de ayer.

Ella se arrodilla al lado del sofá en el que estoy tumbado y deposita el dorso de su mano en mi frente. Su contacto frío me recorre el cuerpo y noto que estoy ardiendo.

-Perdón -dice notando como me estremezco. - Espérame aquí, enseguida vuelvo.

-No te preocupes, no puedo ir muy lejos. - digo viendo como se incorpora. Una de sus sonrisas luminosas aparece en su rostro y se marcha de mi vista sin añadir nada más.

Me incorporo un poco más mientras escucho un ruido a lo lejos y me quedo observando el salón.

Está bastante vacío, la verdad. La poca decoración que hay es minimalista, todo es en tonos beige, crema y blanco, creando así esa sensación de luminosidad y limpieza. Una estantería repleta de libros enmarca la pared que tengo enfrente mía. La lámpara de lectura todavía está encendida apuntando hacia el sillón donde estaba sentada Elisabeth. Las cortinas que tengo a la izquierda tapan el ventanal que indica que el día ni siquiera ha comenzado, aún es de madrugada.

- Veo que eres bastante terco- dice apareciendo por detrás.

- Prefiero clasificarme como alguien persistente.

- Persistente o no, no deberías de moverte mucho, tengo que asegurarme de que estás bien. - dice sacando un termómetro de una caja y apuntándome con él como si sostuviera un arma. -Levanta el brazo.

- Me vas a asaltar con un termómetro, ¿doctora?

Su sonrisa de diversión aparece de nuevo y no puedo evitar replicarla en mi cara.

- Si no levantas el brazo sí, - responde confiada acercándome el termómetro. - es eso o abres la boca, tú eliges.

-Sabes, tienes mucho encanto Izzy ¿así conquistas a tus pacientes?- digo levantando el brazo.

Ella me mira directamente a los ojos y sin romper la mirada ni un segundo vuelve a hablar.

- No, a mis pacientes les dejo elegir, en los casos especiales no me queda más que decidir lo mejor para ellos.

-¿Quieres decir que soy un caso especial? Me siento alagado- digo levantando las cejas

- Sí, aunque un poco problemático, mis pacientes son más de la línea de 60 años y no vienen a verme después de una pelea callejera.

- Me parece una buena excusa para verte, aunque la próxima te dejo que la elijas tú.- Digo incorporándome un poco más hacia delante.

- Eres... - dice dejando la palabra entre nosotros.

- ¿Encantador? Me lo dicen bastante. - Sonrió ampliamente, aunque me duela el labio partido y me acerco un poco más manteniendo la calma, sintiendo como el corazón me golpea el pecho. Ya puedo volver a oler desde aquí ese aroma a fresa que tan fácil reconozco últimamente.

Ella está a punto de abrir sus labios para decirme algo, pero el puto termómetro pita. Se separa instintivamente de mí, y esa distancia que habíamos recortado vuelve a aparecer.

- 38 grados Ryan. - dice enseñándome el termómetro.

- Ves, nada de lo que preocuparse, ya sabes que tú siempre me subes la temperatura doctora. - mi énfasis en la última palabra y la respuesta le pillan por sorpresa y veo como se sonroja en exceso. - Por cierto que le hiciste a mi camiseta ¿tantas ganas tenías de arrancármela ayer?

-¡Ryan! - exclama cogiendo un cojín de al lado y tirándomelo. No lo puedo evitar, me encanta haber cogido esa confianza con ella en tan poco tiempo, sé que es sin querer, pero me da en el costado y siento como veo las estrellas.

- Joder Izzy, podrías dedicarte al rugby.

-¡Perdón! Ay Dios mío, ¿estás bien?

- Si si, nada de lo que preocuparse doctora.- Aunque mi cuerpo está hecho polvo mi estómago me delata y ruge. - Bueno, todo bien menos ahí abajo.

Ella baja la mirada a mi abdomen y lo examina. Su sonrisa se borra y veo como se entristecen sus ojos. Al momento no lo entiendo, pero miro hacia abajo y veo unos moretones que se han formado en todo mi cuerpo que tienen una pinta horrible.
Sin saber por qué siento que su tristeza es por mi culpa e intento incorporarme y levantarme del sofá.

- ¿A dónde vas? - dice aproximándose enseguida y cogiéndome por debajo del hombro.

- Elisabeth, tengo que irme. - nuestro tono de juego desafiante se esfuma y sé que ella lo nota.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.