Cicatrices

28. Elisabeth

Los pasillos del hospital se hacen más pesados que de costumbre. Hace tan solo unos días que Ryan me había besado y en mí vive una esperanza de que me lo vuelva a cruzar.

Se marchó sin decir nada, dando un portazo tras de sí a pesar de su estado. No puede evitar estremecerme cuando escuché el motor de su moto rugir y alejarse con prisa. No puedo culparle por nada; fui yo la que lo dejó plantado en la terraza después del beso.

Me estremezco y noto un escalofrío recorrerme toda la columna al recordarlo. Sus labios en los míos se movían con destreza, como si los estuviera desvistiendo, pero con una suavidad que me hacía sentir frágil, como si fuera de cristal.

—¿Qué te ocurre hoy, hija?, pareces preocupada. —La voz de Stella me saca de mis pensamientos.

—Nada, Sra. Stella, ya sabe, cosas de la universidad.

—A mí no me engañas, ¿te ha ocurrido algo con un chico? —Puede que esta mujer tenga una enfermedad en fase terminal, pero sus más de 80 años de vida le han dado mucha picardía.

—¿Tan evidente es? —digo mientras le abro la bandeja de comida.

—Para mí, sí, esa mirada es igual que la que yo tenía cuando discutía con Anthony —dice mirando hacia el plato de comida con un ligero toque de asco.

Me quedo en silencio, pensando lo que ello supone. Stella me había hablado muchas veces de Anthony, su primer y único amor. Su amor de instituto, que le pidió matrimonio poco después de salir de acabar la carrera juntos. Anthony y ella venían de mundos completamente distintos y, aun con todo el amor, derribó cada una de las barreras que la sociedad les fue imponiendo.

—¿Es guapo? —dice sacando un salero de su mesita de noche; no la culpo, la comida de aquí es excesivamente sosa.

Noto cómo los colores me suben a las mejillas y por mi mente pasa una imagen de Ryan, él mirando dentro de mi nevera, el cuervo de tinta erguido en su espalda, su risa y su voz ronca.

—Bueno, Stella, ¿necesita algo más? —pregunto jugando con mis dedos. Soy incapaz de mirarla, porque sé que si levanto mi vista y me enfrento a esos ojos rodeados de arrugas, me acabará sacando toda la verdad.

—Elisabeth —dice en tono autoritario; aún tiene voz de profesora, tal y como estudió en su día para opositar a esa profesión.

Levanto la cabeza y su mirada parece un detector de mentiras; no puedo evitar contagiarme de su sonrisa.

—Sí, Stella, ya sabes que a ti no te puedo mentir.

—¿Y qué te ha pasado con él? ¿Acaso ha intentado...? —Stella no acaba la frase, sabe que si sigue con esas palabras, mi autoestima se hundirá a la planta más baja de este hospital, colándose por las alcantarillas y viajando hasta San Francisco.

Ella lo sabe; no pude evitar sincerarme con ella en su día, es como una abuela para mí. Supongo que, como nunca tuve ninguna, el mundo se las arregló para prestarme una temporal.

— Stella, él es bueno —mi cabeza recuerda con la delicadeza y fuerza con que me abrazó sin saber qué me ocurría mientras pronuncio esas palabras—, pero no quiero que me vuelva a pasar.

—Tienes miedo —dice, sentenciando mi cobardía.

—¿Perdón? —Incrédula de lo que acabo de escuchar, pregunto buscando una respuesta a su rápida capacidad para leerme.

—Tienes miedo de que alguien te vuelva a hacer daño, pero también tienes miedo de ser feliz, porque piensas que en el fondo lo que pasó fue tu culpa.

Me quedo en silencio. Noto cómo se me seca la garganta y lo único que puedo hacer es apretar los labios. Ha dado en el centro de la diana, una diana que llevaba en el corazón y que había sido incapaz de descifrar con tanta precisión.

—Tendrías que haber sido psicóloga —respondo dejándome caer en la silla que tiene a su lado.

—¿Me equivoco? —dice sorbiendo su sopa.

—No, Stella, tú nunca lo haces. —De mis labios sale un largo suspiro y pierdo la cantidad de veces que le he dado la razón desde que la conozco.

Mi día en el hospital termina alrededor de las 16:00. Me cambio en el vestuario y camino hacia mi coche mientras reviso las notificaciones de mi teléfono. Ninguna de ellas es de Ryan y siento un leve pinchazo en mi corazón. Hay algo en mí que desea que hubiera aparecido en el portal de mi casa, que hubiera enviado un mensaje o que se hubiera cruzado conmigo en el hospital, pero esa misma parte de mí me hace sentir cobarde, incapaz de mandarle un mensaje o dejarle una llamada perdida.

El siguiente mensaje que veo en pantalla es de Amber.

"Tengo algo importante que contarte, llámame, Isa". Amber clasifica una gran cantidad de cosas como "importantes", pero si quiero saber de qué se trata, no me queda otra que llamarle.

Me subo a mi coche y el teléfono se conecta enseguida al Bluetooth de este. Marco el número de teléfono de Amber y pongo el manos libres mientras que salgo del parking.

Al segundo tono responde y escucho la voz de mi amiga en la otra línea.

—¡Isa! —chilla—. Pensé que nunca saldrías de ese hospital; tengo algo superimportante que contarte.

—Hola a ti también, Amber —digo mirando hacia la carretera con una sonrisa. Amber es natural, una de esas personas que no puede ocultar cuando está enfada o eufórica, como en este caso.

—Sí, perdón, tengo una noticia, tengo acerca de tu motero buenorro. —Mi estómago empieza a hacer un nudo de nervios y noto cómo me tenso en el asiento cuando escucho el "mote oficial" que Amber le ha agenciado a Ryan desde que le conté todo hace un par de días. —¿Elisabeth, estás ahí?

—Sí, sí... —carraspeó un poco la garganta y tragó saliva—. ¿Y bien? ¿Acaso no se lo ha tragado la faz de la tierra?

—Pues no, tu chico va a competir esta noche en la carrera. —Frunció el ceño al recordar lo que pasó la última vez ese mismo día, aunque no puedo evitar sentir el calor bajo mis mejillas al escuchar las palabras "tu chico" salir por el otro lado.

Me detengo en un semáforo y tomo una bocanada de aire para bajar mis pulsaciones que laten alteradas.




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