Estoy hablando con Tyler y su hermana, que ha llegado hace unas horas a la ciudad, cuando escucho el rugido de un motor. Levanto la vista y no veo a Elisabeth sentada en mi moto, al contrario. Emma está encima, con las piernas cruzadas, saludándome y lanzándome un beso.
Debí suponerlo; Emma no aceptaría que me interesara por alguien que no sea ella.
—Tyler, tengo que marcharme, pero tengo que pedirte que me soluciones lo de Henry, por favor.
—¿Estás seguro? —me pregunta mi amigo—. Después de lo que hemos hablado, ¿no quieres terminarlo tú?
Tyler sabe todo lo de las amenazas con Elisabeth y de primera mano conoce que quiero ir a hablar y pagar, pero si no busco a Elisabeth esta noche, sé que la perderé.
—Sí, hermano, ya sabes que confío en ti. Y bienvenida de nuevo a la ciudad, Kelly.
Me marcho sin más y me dirijo hacia mi moto lo más rápido que puedo.
El rugido del coche ha desaparecido hace mucho tiempo, pero sé que ese no era un coche cualquiera.
—Bájate, Em —digo con aire cortante.
—Vaya, Raven, no me digas que te has enfadado porque se haya marchado tu amiga —dice bajándose lentamente.
—¿Qué le has dicho, Em? —Noto cómo se me tensa la mandíbula mientras Emma se ajusta la minifalda y muestra desinterés por mi pregunta.
—¿Yo? Nada, amor, nada que no sea verdad.
—No lo voy a repetir más veces, ¿qué le has dicho? —Siento como la ira me invade de nuevo; no soporto estas situaciones y la paciencia no es una de mis virtudes.
—Le he hablado de tu lista, Raven, ¿o ya no te acuerdas? —dice mientras me monto en la moto y la arranco.
Cuando Em menciona el tema, me quedo tenso en el sitio; una parte de mí se avergüenza, otra se odia por esa etapa. Esa puta lista que me hicieron me sentenció a ser un cabrón ante las chicas; he estado mucho tiempo cambiando, pero parece que me persigue como un demonio.
—Vete a la mierda, Em, sabes que eso fue hace mucho tiempo.
Cuando termino de decir esas palabras, salgo quemando rueda y me dirijo hacia la casa de Elisabeth.
Tiene que ser ella la que se haya marchado y no me equivoco cuando la veo saliendo de su parking.
Veo cómo busca algo en su bolso cuando aparco en su calle.
—Elisabeth. —Mi voz sale más fuerte de lo que me esperaba y ella levanta la cabeza de su bolso.
Me mira unos segundos y enseguida busca con más prisa las llaves.
—Elisabeth, espera, por favor. —Mi súplica sale desgarrada mientras corro hacia ella.
Subo las escaleras de dos en dos y la alcanzo cuando tiene las llaves en la mano.
Le tomo del brazo y noto la tensión en el aire.
—Suéltame —chilla.
Eso sí que no me lo esperaba; está temblando, llorando a mares en silencio y con una expresión de terror en sus ojos. Parece que haya visto en mí un fantasma de su pasado.
—Lo siento —digo mientras le suelto el agarre—. Por favor, dime qué he hecho, Elisabeth, no sé qué te habrá contado Em, pero...
—Cállate —sus palabras son como puñales de desprecio—. No quiero saber nada de ti, Ryan, y mucho menos de listas con el número de con cuántas tías has estado. —Su voz se quiebra cuando menciona la palabra "listas" y apenas puede acabar la frase.
Sus manos tiemblan y la llave parece no querer entrar en la cerradura.
Inspiro aire y pongo mi mano en la suya, introduciendo la llave.
—Márchate, ¡no quiero saber nada de ti! —comienza gritándome, pero a medida que termina la frase su voz se corta en un sollozo profundo.
No retiro mi mano de la suya y eso le hace enfadar. Se gira y me empuja en el pecho. Sus delgados brazos apenas me mueven en el sitio y, después de varios empujones, le agarro de las muñecas; quiero soltarla, pero no puedo cuando acaba llorando contra mi pecho.
Ninguno de los dos dice nada, no puedo exigirle nada y ella se limita a intentar buscar una respiración coherente mientras su cuerpo se mueve a impulsos nerviosos.
Ahí está de nuevo la misma chica que abracé el día de la paliza.
Me cuesta tomar una decisión, pero acabo acariciándole la espalda mientras mi mano sube y baja por su columna.
No sé cuánto tiempo pasa, pero nos quedamos unos minutos en el portal hasta que se calman sus sollozos.
—¿Quieres que suba? —No me parece buena idea dejarla así sola, pero tampoco quiero que suene como algo pervertido.
Ella no se despega de mí y asiente con la cabeza en mi pecho. Giro la llave del portal y le dirijo hacia el ascensor con una mano en su espalda baja.
El ascensor llega y nos introducimos sin decir palabra. Una de sus pequeñas manos busca la mía y entrelazo los dedos con ella.
Se siente como un gesto demasiado íntimo, un gesto de confianza que hace mucho tiempo no tenía con nadie.
La puerta del ascensor se abre y ella parece recobrar el control de su cuerpo. Abre la puerta, la cierra tras de sí y desaparece por el pasillo.
Estoy de nuevo en el salón minimalista sin decoración alguna, con la diferencia de que son aproximadamente las 2 de la madrugada y no entran rayos de sol por los ventanales como la vez anterior. Me siento a esperar en el sofá y al rato Elisabeth aparece con un pantalón de cuadros rojos y negros y una camiseta blanca de manga larga apretada. Ya no tiene maquillaje alguno y así se ve más hermosa que nunca.
—Perdón —dice dejándose caer a mi lado.
—Oye, no tienes que disculparte por nada. —Levanto con una de mis manos su mentón y le obligo a mirarme. —¿De acuerdo?
Mi tono es suave y ella lo nota asintiendo con la cabeza con los ojos cerrados.
La expresión me parece tan tierna que no puedo evitar darle un beso en la cabeza y atraerla hacia mí en un abrazo.
Parece una niña pequeña que busca refugio, como si no se sintiera segura en ningún lado.
No dice nada, pero no se aparta. Al poco rato su respiración se vuelve más suave y escucho profundos suspiros. Se ha quedado dormida.
Me separo levemente y la cargo con un brazo bajo sus rodillas y otro brazo bajo su espalda, con su cabeza apoyándose en mi pecho.
Camino hacia el final del pasillo y llego al que intuyo que es su cuarto, igual de minimalista que todo el piso.
Con delicadeza la suelto en la cama y la arropo.
—Mmh —protesta mientras se acurruca contra sus piernas.
Parece tan pequeña en una cama tan grande.
Voy a apagar la luz de su mesilla cuando me agarra del brazo.
—Quédate conmigo, por favor —dice arrastrando las palabras, con los ojos ligeramente abiertos.
—¿Segura, doctora? —Me da miedo su respuesta; algo en mí se muere por quedarse a su lado, pero otra parte sabe que no puedo quedarme si no lo desea.
—Mhm —responde levantando las mantas con las que le había tapado.
Incrédulo ante su propuesta, me quito mis Nike y la sudadera y me introduzco bajo las sábanas a su lado. La tenue luz nos ilumina y ella abre un poco más los ojos.
Estamos el uno tumbado de lado frente al otro.
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Editado: 06.03.2026