Por un segundo me encuentro caminando por los pasillos de la universidad. Hace tan solo un año sentía cómo se me tragaba la tierra cuando entraba a la residencia. Había hecho amigos, ya que la mayoría con los que estudié en el instituto se habían marchado, incluida mi mejor amiga. Me tocaba clase de anatomía con uno de los profesores que más me gustaban y Michael estaba esperándome en el umbral de la puerta.
—La mejor enfermera de todo California, buenos días, Eli, te ves tan espectacular como siempre —dice agarrándome de la cintura con una sonrisa ingenua en su rostro.
Michael es muy guapo, alto, de pelo rubio y ojos claros. Uno de los jugadores más importantes del equipo de rugby de la universidad. Y a pesar de todo ello se fijó en mí, teniendo otras chicas que son mucho más guapas y altas que yo.
—Buenos días —digo dándole un beso.
Me pierdo desesperadamente en sus labios, me he enamorado completamente de él. Hace un par de semanas me entregué en alma y cuerpo por primera vez a un chico y decidí que tenía que ser él. Había tenido algún novio antes, pero nunca había llegado tan lejos, nunca había sentido cómo el corazón me martilleaba el pecho, cómo me sudaban las manos al verlo por los pasillos o cómo me temblaba el cuerpo cuando estaba a escasos centímetros de mí.
—Venga, chicos, dejaos respirar un poco y quizás podáis aprender un poco más del cuerpo humano y de las hormonas de los adolescentes —dijo el profesor Adams cuando llegó al umbral de la puerta.
Una sonrisa tonta se quedó grabada en mi rostro cuando entramos en clase. Me senté al lado de Michael y la clase se me hizo como otra cualquiera. Llegaba a su fin y los alumnos salían por la puerta con ganas de acabar el viernes, con la esperanza de que la noche llegase más pronto para celebrar la fiesta de las hermandades.
—Ahora vuelvo, Eli, tengo que hablar con el señor Adams de mi última entrega —dice dándome un beso rápido en los labios.
Michael recoge a toda prisa y deja la mochila entreabierta con un papel asomando. No le presto mucha atención y recojo mis libros hasta que vuelvo a fijarme en el papel que sale de su mochila. Parece como si estuviera manchado de un rojo carmesí, igual que un pintalabios. Miro en dirección hacia el profesor Adams y veo cómo siguen hablando absortos en el último trabajo.
La curiosidad me cosquillea la nuca y estiro del papel. Cuando lo tengo en mis manos, me arrepiento enseguida.
Una lista de nombres de chicas con besos de distintos colores de pintalabios tiembla entre mis manos, una letra que conozco demasiado bien tacha los nombres y apunta el motivo.
"Primera vez" junto con "acabó llorando" o "se veía ridícula".
La vista se me nubla y me obligo a parpadear varias veces. Todas ellas tienen una puntuación y reconozco varios nombres de ellas. Son chicas del campus, de otras facultades e incluso de mi propia residencia. Se me hiela la sangre cuando veo el nombre de mi compañera de habitación.
-> Ariadna Williams estuvo increíble, toda una guarra, 9 pt.
Ahogo un sollozo y mi lado más masoquista me hace contar los nombres. Más de 30 nombres se extienden en el papel y entonces encuentro el último, el mío.
-> Elisabeth White, fue su primera vez, un poco mojigata; tenían razón, es estéril, 6 pt.
He perdido la noción del tiempo de cuánto tiempo llevo mirando la lista y una voz me saca de mi mundo.
—Elisabeth... —Michael está delante de mí. Levanto la cara del papel y, cuando reconoce el papel que sostengo entre las manos, su cara cambia. Su rostro se vuelve pálido, echa la frente hacia atrás e intenta tocarme del brazo.
—Elisabeth, puedo explicártelo —vacila durante un segundo y añade—. Ya sabes que esto con cosas de Cris.
—No me toques —digo en un susurro que parece no escuchar. Hace justo lo contrario de lo que le pido y me agarra el brazo. —¡Que me sueltes! —chillo.
El profesor Adams gira la cabeza hacia nosotros y siento como lanza miradas de pena contra mí. ¿Acaso todo el mundo lo sabía y yo era la única ciega?
Salgo del aula lo más rápido que puedo y el pasillo está lleno de gente. Con la mochila en mi hombro y la lista en mi mano, corro con infinidad de lágrimas en mi rostro.
—Elisabeth —grita Michael detrás de mí. Yo no estoy tan en forma como me gustaría y él enseguida me agarra de nuevo.
—Te he dicho que me sueltes, Michael. —Me tiembla la voz y sale como un grito desgarrado, haciendo que nos ganemos la atención de todas las personas. —Eres un cabrón, no te mereces a ninguna de las que estamos aquí —digo entre lágrimas.
¿Sabrán el resto de chicas que están apuntadas y numeradas en un puto papel? ¿Serán conscientes de que las han calificado como la nota de un examen? ¿Dónde estarán todas aquellas a las que este desgraciado les robó la virginidad?
Un montón de preguntas se agolpan en mi cabeza. Michael se acerca hacia mí y me vuelvo a separar poniendo las manos delante.
- ¿Yo qué he hecho más que quererte? —digo entre lágrimas—. ¿Qué clase de trauma tienes? No me merezco nada de esto y lo sabes. —Me gustaría aparentar ser más fuerte, que el labio inferior no me temblara y que mi voz saliera más autoritaria, pero no puedo, me duele el corazón.
—Eli... —Michael se acerca una última vez y noto cómo la rabia me recorre al llamarme así No lo dudo más y le pego un bofetón en la cara.
Gritos silenciosos suenan a nuestro alrededor; veo caras con la boca abierta, otros grabando con el móvil y otros con las manos tapándose la cara.
—Te odio, para mí mueres hoy, Michael Thompson.
Me despierto llorando, gritando, empapada en sudor y con unos brazos que me agitan. Ese olor a menta se cuela en mi respiración y, cuando consigo ver con claridad, los ojos oscuros de Ryan me miran con terror.
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Editado: 06.03.2026