Cicatrices

33. Ryan

Eran las 5 de la mañana cuando Elisabeth dejó de temblar y sollozar. Verla así me propagó una ola de ira. ¿Con qué o, mejor dicho, con quién estaba soñando? Me acuerdo perfectamente de la noche que la llevé a mi casa después de la primera carrera. Recuerdo que gritó un nombre y también recuerdo que estaba teniendo pesadillas, pero no pensé que le ocurriera siempre.

Al contrario de ella, yo soy incapaz de dormirme ahora mismo. No puedo apartar la vista de ella. Cómo su pecho sube y baja lentamente, su expresión de tranquilidad, su olor... Todo en ella parece salido de un cuestionario que Tyler me ha hecho demasiadas veces llamado: "¿Qué buscas en una mujer?".

No me puedo imaginar quién le haría daño a alguien como Elisabeth; es una chica simple, no aparenta meterse en muchos líos; al revés, presiento que es arrastrada por su amiga, la chillona, y que por eso mismo acaba en sitios como Oasis, la discoteca de un polígono. Se la ve bastante solitaria y, a juzgar por su decoración minimalista, no vive con su familia, aunque tampoco sé si tiene.

He escuchado muchas veces salir de la boca de Tyler: "Líate con cualquiera, total, no tienes que casarte con ninguna de ellas".

No soy creyente de esa filosofía. Me gusta confiar en la otra persona, construir algo más que solo sexo, un vínculo que no se puede comprar, una relación donde la mujer que yo elija, me elija también a mí y se sienta segura a mi lado. Y a pesar de apenas conocernos, aquí estoy, con esta mujer que yo sí he elegido, por la que me estoy quemando lentamente a cada roce de su piel con la mía. Pero el mero pensamiento de que no sé si ella me ha elegido a mí me aterra y me hace querer huir.

Me saca de mis pensamientos cuando se mueve en el colchón y acomoda su cabeza en la almohada. Un mechón de su larga y rubia melena se desliza en su cara y mi gesto es casi automático. Se lo pongo con delicadeza detrás de la oreja y siento como el corazón me palpita con más fuerza de la que debería.

Al mínimo roce abre los ojos de golpe y parece que cuando se encuentra con los míos se le suaviza la expresión.

—Hola —dice en un leve susurro. Se siente avergonzada y le delatan sus mejillas rojas.

—¿Cómo te encuentras?

—Mejor —dice mirando el poco espacio que hay entre nosotros. —¿Qué hora es?

Me giro a la mesilla de noche y tomo mi móvil encendiendo la pantalla.

—Las nueve y cuarto. —No suelo quedarme en la cama hasta tarde, pero no iba a ser yo quien avisase a Elisabeth de la hora que era después del número que se montó en el cuarto hace unas horas.

—¡Las nueve y cuarto! —dice casi saltando de la cama. —Mierda, llego tarde. —Se pone a dar vueltas en el cuarto sacando ropa de su armario mientras lanza las prendas que no le convencen encima de la cama.

—¿Todo bien? —me da casi miedo preguntar después del ritmo desenfrenado que lleva.

Ella se limita a girarse sobre sus talones y mirarme. No sé si está pensando cómo pedirme que me marche o si me va a pedir consejos de moda con la blusa que tiene en su mano.

—Pues no, tengo que entregar un trabajo y asistir a una clase de anatomía que va a determinar una nota final de mi semestre y también... —Hace una pausa y se da cuenta de que no estoy entendiendo nada. —Todavía voy a la universidad, Ryan.

Ah, eso, la universidad; un vago recuerdo de mis días en el campus me recuerda lo aburrido que era aguantar las chapas de los profesores.

—Te puedo llevar si quieres, aunque me apuesto algo a que hoy no respetarías los límites de velocidad —digo incorporándome en la cama y moviendo las cejas de arriba a abajo.

—Hoy no estoy para respetar los límites —dice con una sonrisa por mi comentario mientras me lanza la blusa.

Me pongo en alerta enseguida y la cojo al vuelo.

—Perdón —dice con evidente gesto de diversión. Se nota que no lo siente.

—Doctora, está muy feo mentirles a sus pacientes.

Elisabeth coge otra prenda y me la lanza.

—Pues esta vez no lo siento —dice riéndose y dándome de lleno.

Me levanto de la cama y voy hacia ella con paso ligero. Se me contagia la misma sonrisa que ella tiene. Su risa y sus chillidos diciendo mi nombre mientras huye de mí resuenan por la habitación. Salta por encima de la cama y va hacia el pasillo. Se gira un par de veces hasta que la alcanzo y la agarro por la cintura.

—Está bien —dice con aire entrecortado y con las mejillas ligeramente sonrojadas—. Tú ganas, tú me llevas.

Nuestras respiraciones son agitadas; otra vez siento mi brazo contra su cintura.

—No me has pedido perdón, doctora —digo mientras le retiro un mechón de la cara que se le ha quedado atrapado en los labios. Mi índice roza su labio y noto cómo ella se estremece debajo de mí.

Tiro de ella ligeramente y hago como si fuera a dejarla caer. Un chillido sale de su boca y se agarra con fuerza a mi cuello, acercando mi cara a la suya. Se da cuenta de lo que acaba de hacer cuando abre los ojos.

—Está bien, perdón, perdón. —No puede evitarlo y noto cómo curva sus labios hacia arriba. Por un momento puedo distinguir que en su mirada quiere lo mismo que yo, pero sigue habiendo algo que no consigo descifrar, así que en vez de tirarme a sus labios sin permiso como he hecho todas estas veces, le miro a los ojos y después a su labio inferior.

—¿Puedo? —Mi voz sale ronca, pero me vuelvo a sentir como el niño de 5 años tímido que fui una vez.

Ella se limita a asentir levemente con la cabeza, pero sé que hay algo que no le convence del todo; se refleja en su mirada y no me lo está contando. No quiero cagarla con ella, no quiero que piense que lo que siento es algo puramente carnal, así que me limito a apoyar mi frente en la suya y cerrar los ojos.

Un suspiro largo se escapa de mí y me separo de ella para encontrármela con los ojos muy abiertos. Ayer se marchó de la carrera por algo y no quiero hacer nada sin darle una explicación de lo que sea que Emma le contó. Sin embargo, ella casi parece ¿emocionada? Como si los ojos estuvieran cargándose de lágrimas.




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