Cicatrices

34. Elisabeth

Estoy frente al espejo, poniéndome una blusa que haga un poco de juego con mis jeans de campana. Me encanta llevar algún tipo de ropa que no me recuerde a la del hospital.

Ryan me está esperando en la sala y no puedo evitar sonreír como una tonta hacia mi reflejo. Hace tan solo unos minutos ha hecho lo que nadie había hecho por mí en mucho tiempo. Me ha respetado, me ha pedido permiso y, a pesar de haberle aceptado esa proposición silenciosa, se ha negado hasta que no consiga entenderme. Si mi memoria no me falla, creo que nunca nadie me había respetado así.

Un espacio tan íntimo y reservado, un momento tan único que me deja mucho que pensar, ¿cómo es que alguien que era un desconocido hace cuatro días, ahora parece conocerme mejor de lo que yo me conozco a mí misma?

Me arreglo rápido el pelo en una coleta baja y me aplico una ligera capa de corrector para tapar mis ojeras. Ese horrible recuerdo no para de acecharme desde que recibí esa nota. Para no parecer un folio en blanco, me aplico un poco de colorete y salgo corriendo del cuarto con la mochila a mis espaldas. Más me vale llegar antes de las 11 si quiero entregar el trabajo de anatomía.

—¿Lista? —escucho una voz venir del salón cuando llego al final del pasillo.

Siempre tan simple, tan enigmático con sus tatuajes de tintas oscuras y su ropa negra que parece un personaje sacado de una de las tantas novelas que me he leído.

—Casi —digo esbozando una sonrisa.

Me detengo en el armario que hay al lado de la puerta y saco un casco de moto blanco hielo. Aún recuerdo cuando mi hermano me llevaba por las calles de San Francisco hasta llegar a mi rincón favorito de este mundo, Baker Beach, aunque Ryan no parece entender por qué tendría un casco en mi apartamento. Sus ojos abiertos como platos me dan una pista de lo incoherente que se le hace esta situación.

—Todos tenemos nuestros secretos —digo guiñándole un ojo mientras le apresuro con la mano para que salga rápido al descansillo.

—Me debes muchas explicaciones, Izzy, pero primero te llevaré a tu universidad. —Hace una pausa y se gira cuando llama al ascensor—. De algo tiene que servir el infarto que casi me das cuando has saltado de la cama.

Cierro la puerta y nos metemos al ascensor. Ryan se pone su casco negro y sus guantes en silencio, mientras yo me limito a abrir el cierre. Me tiemblan las manos; hace mucho que no lo usaba, y el último recuerdo que tengo de ir en moto con mi hermano como conductor no es muy gratificante.

Salimos del ascensor y caminamos rápido hacia la puerta de cristal. Ryan avanza más rápido de lo esperado y me abre la puerta en un gesto caballeroso.

—Las damas primero, por favor —dice exagerando una reverencia. No estoy acostumbrada a esto, pero veo su sonrisa debajo del casco. Los hoyuelos que se le forman en los ojos le delatan.

—En ese caso tendrías que pasar tú primero, pero hoy tengo prisa.

Se lleva una mano al pecho como si le hubiera clavado un puñal y escucho por segunda vez esa risa tan característica. Me parece que no se ríe mucho, pero cuando lo hace, suena sincero. Llegamos a la moto y mira su teléfono antes de guardárselo en el bolsillo.

—Santa Bárbara, ¿no? —pregunta como si ya se lo hubiera dicho mientras arranca la moto.

—¿Cómo lo sabes? —le pregunto con cara incrédula.

—Yo ya estudié ahí, Izzy; por si no lo recuerdas, soy mayor que tú. —Por un momento la boca se me queda seca. Nunca le he preguntado la edad; he supuesto que sería de una edad similar a la de Dan, su amigo que está en el hospital, pero ¿y si es mayor de lo que aparenta?

Parece que mi cara es un libro abierto en el que puede leer lo que estoy pensando.

—Elisabeth, por favor, no tengo más de 38 años, tan solo treinta. - Mis ojos se abren como platos.

Otra sonrisa sincera achinan sus ojos bajo el casco, al ver mi expresión.

—Cuando lleguemos te diré la edad que tengo, pero para eso tienes que ponerte el casco. ¿Necesitas ayuda?

Su última pregunta sale despacio, como si estuviera planteándose por qué debería ayudarme. A decir verdad, no lo juzgo; si tengo un casco en mi casa, lo lógico sería que sepa ponérmelo, ¿no?

—No, no, gracias —digo avergonzada metiéndome el casco por la cabeza.

Siento como se me forma un nudo en la garganta, me cuesta tragar saliva y las manos empiezan a sudarme. Recuerdo perfectamente cuando mi hermano pequeño vino a buscarme después de ver esa horrible lista en mi antigua universidad.

—Elisabeth, ¿estás bien? —dice el hombre que tengo enfrente, levantándome el visor del casco. Mis ojos deben de reflejar más terror del que pueda imaginar y enseguida se agacha un poco para quedar a mi altura. —No te va a pasar nada, ¿vale?

Asiento levemente con la cabeza y por fin puedo tragar saliva de nuevo.

—Permíteme —dice elevando mi rostro con un dedo por mi mandíbula. Me pone el seguro del casco y el roce de sus manos en mi cuello me da escalofríos. A pesar de llevar sus guantes puestos, el efecto que crea en mí al mínimo roce es demasiado notorio como para ocultarlo.

—Ya estás —dice levantándose, posando su mirada en la mía—. No te va a pasar nada a mi lado, doctora.

Su voz suena ronca debajo del casco, pero en vez de una conversación parece una promesa, una promesa que se está haciendo a sí mismo.

Se sube primero a la moto y después me subo yo. No dice nada al darse cuenta de que mis pies no rozan el asiento. Supongo que se estará imaginando un montón de cosas desde que ha visto que tengo un casco en mi apartamento.

—¿Lista? —dice girando su cabeza hacia mí.

Ryan es guapísimo, y el conjunto de moto negra con ropa negra y esa mirada de obsidiana que tiene le hace aún más atractivo con el casco puesto.

—Sí —consigo articular. Espero que lo haya escuchado, ya que mi voz ha salido más como un susurro.

—Agárrate fuerte —me responde quitando la pata de la moto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.