El nombre de la universidad sigue grabado en el muro de hormigón que separa el campus de la calle transitable.
Todo sigue igual: el césped cortado al milímetro, los enormes árboles de la entrada, podados a la perfección, sin ninguna hoja por el suelo, los edificios tan blancos e indiferentes como siempre. Nunca sentí que este sitio era para alguien como yo; sin embargo, cuando Elisabeth se baja de la moto, sí que soy capaz de verla caminando por la perfección innegable del lugar.
Alguien como ella encaja en ese mundo, no en el mío, y eso suena peor de lo que nunca hubiera imaginado. Se quita el casco y yo hago lo mismo.
—No creas que se me ha olvidado —dice mientras deja ver una evidente sonrisa; parece que ha disfrutado el viaje más que yo. Joder, se ve preciosa. —Me dijiste que me dirías tu edad, ¿recuerdas?
Siendo sinceros, se me había olvidado por completo; he estado durante todo el viaje muy ocupado, centrando mi vista en la carretera mientras sus pequeñas manos me rodeaban la cintura. Haberla visto sentirse libre, con una expresión de felicidad, la ha hecho verse más humana. Sin tantas preocupaciones o tristezas que la hunden en ese pasado que no me cuenta.
—Te asustarías si nos llevásemos 10 años, ¿doctora? —digo en tono provocativo.
A decir por cómo se tensa su cuerpo y la expresión de la cara, es un sí.
—No —es capaz de mirarme, pero el gesto nervioso de su mano enrollando uno de sus mechones le delata.
—Mientes, Izzy, y muy mal. —Enseguida levanta la vista un poco más y unos rubores aparecen en sus mejillas—. No tienes de qué preocuparte, tan solo tengo 26 años.
Un suspiro de aire contenido sale de sus pulmones y no puedo evitar reírme. Por un momento se lo había creído.
—No me mientas así —dice dándome con la mano en un brazo en un gesto juguetón.
—Yo nunca te mentiré.
Mi voz sale más seria de lo que pretendía, pero es la verdad, no tengo intenciones de mentirle en nada, siempre y cuando no la ponga en peligro. Por algún extraño motivo, esta chica se ha colado en mis entrañas, ha depositado su firma y no tiene intenciones de borrarse.
Elisabeth está de nuevo a mi merced. Con sus brazos en mi cuello, entre mi moto y yo con una expresión relajada. Vuelvo a mirar sus labios entreabiertos y la oferta se ve muy tentadora.
Un sonido de la campana del campus nos hace salir del trance en el que nos encontrábamos. Ella se aclara la garganta y se separa levemente para mirar su reloj.
—Joder —dice en un susurro casi inaudible—. Tengo que hablar con el profesor Anderson y luego recoger un par de libros de la biblioteca.
Asiento con la cabeza, incapaz de articular palabra mientras sigo penetrando mi mirada en su rostro, como si quisiera memorizar cada detalle de su cara al milímetro.
—No hace falta que me esperes... —dice nerviosa—. Es decir, si tienes cosas que hacer, puedes marcharte y eso.
—Elisabeth, ¿crees que me voy a marchar y dejarte a una hora y media de tu casa?
Veo cómo se encoge de hombros y la atraigo de nuevo hacia mí, quitándole toda duda posible mientras por fin le dejo un beso en los labios. Ese contacto ardiente de sus labios con los míos me recorre toda la espina dorsal y no puedo evitar perder los sentidos en ese puto olor a fresa.
—Olvídate de esa idea —digo con la respiración entrecortada mientras me separo—. Te voy a esperar lo que haga falta.
Por el gesto que hace, sabe que no me refiero solo al día de hoy. No sé qué problema o trauma haya podido coger con cualquier otro tío con el que haya estado, pero lo único que sé es que ella se ha convertido en mi última esperanza de Cupido y soy capaz de esperarla lo que haga falta.
—Vale, dame 1 hora. —dice con una sonrisa más amplia que antes. —Enseguida vuelvo.
Me da un rápido beso en los labios y se dirige hacia los edificios blancos, caminando con la misma prisa con la que va por los pasillos del hospital. Antes de cruzar las puertas del edificio, se gira y me dirige una de sus brillantes sonrisas.
Elisabeth es una de esas "personas linterna" que decía mi madre. Una persona capaz de alumbrarte el camino con su bondad y su buen corazón. Pero, como mi madre me dijo, tampoco sabes qué han tenido que hacer esas personas para mantener viva su luz mientras alumbran a los demás y se olvidan de ellos mismos.
Reviso un par de correos y decido encaminarme hacia la residencia donde estuve durante los 2 primeros años de universidad.
Caminar por los senderos me trae muchos recuerdos, pero no todos son buenos.
—¡Ryan Miller! ¿Eres tú? —una voz conocida me llama por la espalda y me saca de mis pensamientos.
Cuando me giro, la veo igual que el primer día: pelo moreno ondulado, la piel ligeramente bronceada y los ojos más color café que he visto nunca.
—¿Lucy? —mi voz sale más incrédula de lo que pretendía.
Lucy es una amiga de la carrera. Ella estudió conmigo alguna asignatura de derecho penal, pero al final se desvió para convertirse en criminóloga.
Nos saludamos y enseguida nos dirigimos hacia la cafetería y no puedo evitar recordar por qué pasar tiempo con Lucy era tan agradable. Ella es una persona sencilla, no se mete en ningún problema y siempre tiene una mano para ayudar a los demás. Desde que empezamos a estudiar juntos, sus amigas me dejaron claro que ella estaba interesada en mí, pero yo me fijé en Ashley y sentencié mi felicidad a la traición.
Durante varios trabajos que hicimos juntos, me replanteé cuán fácil hubiera sido mi vida con Lucy, pero yo no la quería, no como ella me deseaba a mí.
Durante 30 minutos nos pasamos recordando clases y anécdotas hasta que el tema incómodo sale a flote.
—Ry, me enteré de lo de Ashley, ¿todo bien? —dice con tono preocupado. Sus ojos café se convierten en un detector de mentiras, así que no me queda otra que decir la verdad.
—Sí, Lucy, fue como una puñalada, pero bueno, eso ya está olvidado. —Nunca pensé que sería capaz de decirlo en alto.
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Editado: 06.03.2026