No siempre había tenido las cosas tan claras; estaba dispuesto a no cagarla con Elisabeth si el destino me lo permitía. Teníamos cosas de las que hablar, secretos que parecían demasiado dolorosos como para contarlos a un extraño, pero de esos que se convierten en problemas más livianos si otra persona los carga en su espalda contigo.
—Me ha encantado la cena, gracias. —dijo Elisabeth, sacándome de mis pensamientos.
No me había dado cuenta de lo rápido que se me pasa el tiempo cuando estoy a su lado. La había llevado a una de mis pizzerías favoritas; en realidad, era la única favorita que tenía. Mis padres me habían llevado desde pequeño allí antes de que mi infancia se viese destruida por el vicio de mi padre.
—No tienes nada que agradecerme; si esta noche ha sido especial, es porque has aceptado esta "no-cita".
Elisabeth se había estado riendo durante toda la noche, me había contado más porque estaba estudiando enfermería y también me había confesado que hace un año que vino de San Francisco. Hizo una mueca de rechazo cuando mencionó el nombre de la ciudad, así que no la presioné.
—¿Por qué me has traído aquí? —preguntó mientras caminaba a mi lado. —Quiero decir, si llevas viviendo toda tu vida aquí, conocerás muchos más lugares para cenar, ¿no?
—Es el primer sitio que salía en Google Maps. —Mentí, y ella se limitó a subir las cejas como si no me creyera. —Bueno, está bien, soy una persona de viejas costumbres.
—Eso significa que aquí traías a todas las chicas de la lista de Tyler. —Por su cara de diversión sé que lo decía para tener algo con lo que fastidiarme.
Nada más tener la pizza en el plato, antes de dar bocado, le había contado a Elisabeth la estúpida idea que tuvo Tyler en buscarme novia para que superase a mi ex. Hizo una lista de todas las chicas que conocía que, según él, tenían algo que me gustase o interés en mí.
Fue una idea horrible de la que me estuve escapando día a día.
—Muy graciosa —le dije con sarcasmo.
Ella se limitó a reírse por mis expresiones y se tambaleó un poco, agarrándose a mi brazo. Estaba buscando con su mirada mi aprobación para permanecer ahí agarrada mientras caminábamos, así que me limité a cogerle la mano y entrelazar lentamente nuestros dedos. Era algo íntimo haber llegado a este punto, pero ninguno de los dos mostraba descontento, así que supuse que estaba bien.
—En realidad, es un sitio al que venía cuando era pequeño con mi familia.
Mi tono sonó más serio de lo que quería, así que ella me acarició lentamente con su pulgar sobre mi mano.
—Estamos en esa parte de la cita donde la conversación se vuelve profunda, ¿no? —pregunté, consiguiendo romper esa tensión que yo mismo había creado.
—No tienes que contarme nada que no quieras —dijo ella mirándome a los ojos—. No estoy buscando a una persona perfecta, Ryan, sino algo real.
El corazón me aporreó el pecho de una manera que nunca antes había sentido. ¿Querría decir eso que le daba igual quién hubiera sido este tiempo atrás?
—Mi familia nunca será la definición de perfecta, doctora. —Dudé un segundo, pero continué. —De pequeño, todos los viernes mi padre me traía aquí con mi hermana y mi madre después de que él salía del trabajo. Crecí cenando todos los viernes los bordes rellenos de queso de esa puta pizzería, hasta que cumplí nueve años.
La miré para saber si me enfrentaba a una mirada de lástima como las muchas que me habían dedicado desde que tenía esa edad y me encontré con unos ojos expectantes y pacientes.
—¿Puedo saber qué pasó? No hace falta que me lo cuentes si no quieres...
—Está bien —la interrumpí—. Ya no me cuesta tanto hablar de ello.
Por cómo se tensaba mi mandíbula bajo mis palabras, podría haber dicho que estaba mintiendo, pero ella se limitó a seguir pasando sus finos dedos sobre mi mano.
- Cuando tenía nueve años, la empresa donde trabajaba mi padre cerró, dejando a 150 personas en la calle. Algunos eran padres de familia, otros eran jóvenes y otros eran personas que tenían próxima la jubilación. El empresario no movió ni un solo dedo por la gente que se quedó en la calle porque él, muy cabrón, tenía otras 7 empresas que le funcionaban a la perfección.
—Lo siento. —La voz de Elisabeth salió en un susurro como si fuera culpa suya.
—No pasa nada, ese ni siquiera fue nuestro mayor problema. Las cartas del banco llegaban todos los días a casa, pero mi padre no pudo con la presión y se tiró al alcohol y las drogas. El poco dinero que le daba el Estado se iba por el desagüe del vicio de mi padre. —Suspiré profundo y esa pequeña mano me apretó la mía con fuerza.
—Y ahora... —por su tono dudaba si podía seguir preguntando.
—Bueno, a pesar de todo no tuvimos tan mal final. Mi madre encontró un buen trabajo, yo continué los estudios, pero cuando cumplí 12 años empecé a trabajar para el padre de Dan en su taller; su familia nos ha ayudado toda la vida sin que mis padres lo sepan. En cuanto a mi padre, está en un programa de Alcohólicos Anónimos, siendo él ahora formador de personas que un día acabaron como él.
La última frase sobre mi padre salió con veneno. Odiaba a mi padre y que ahora se atreviese a dar ejemplo a los demás cuando en su día se dedicaba a pegarme con lo primero que tenía cuando se le acababa el whisky barato.
—Vaya, entonces debes de estar muy orgulloso de ellos —dijo Elisabeth Vi en su cara cómo se arrepentía de sus palabras cuando vio mi expresión —o quizás no...
—Mi padre fue un hijo de puta conmigo, no lo he perdonado ni lo pienso perdonar, Izzy, como te dije, no creo en las segundas oportunidades.
Continuamos caminando en silencio durante unos segundos y sentía como a cada segundo se creaba una barrera entre ella y yo, así que volví a convertirme en la cara que ella conocía.
—Pero suficiente has escuchado ya de mis penas, eres mi doctora, no mi psicóloga —la sonrisa de Elisabeth volvió a sus labios—. Tengo algo que quiero enseñarte, si tú quieres, claro.
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Editado: 06.03.2026