Cicatrices

38. Elisabeth

El trayecto desde el parking hasta el lugar misterioso al que me quería traer Ryan se me había pasado demasiado rápido. La sensación familiar de estar encima de una moto me transportaba a la tranquilidad y al olor de mi casa.

—Aquí es —dijo apagando el motor.

—Es... Precioso.

Había estado en Santa María un año entero y había sido incapaz de moverme a conocer la ciudad. Tan concentrada en el trayecto de mi piso al hospital y a la universidad que había ignorado la belleza de la ciudad. Estábamos en un mirador que dejaba una vista asombrosa de la ciudad; todo se veía tan diminuto y tan cercano.

—Es mi lugar favorito de esta ciudad —dijo él, apoyando su casco junto al mío en el asiento de la moto—. Te prometo que este sitio no viene con trauma infantil —dijo esbozando una sonrisa.

Muchas veces no entendía cómo Ryan era capaz de apartar todo ese dolor que se veía reflejado en sus ojos para convertirse en la persona bromista que estaba acostumbrada a ver.

—¿Cómo lo haces? —dije preguntándole con cautela.

—¿Qué se supone que entiendes ahora? —contratacó.

Un duelo de miradas significaba que él no iba a ceder y, por cómo se había abierto conmigo, me sentía en deuda de ser sincera con él.

—Entiendo por qué no te gustan las segundas oportunidades.

Sus cejas se levantaron con ligera sorpresa y decidí que aguantar su cara de interrogatorio sería menos doloroso si miraba hacia el mirador que me había traído. Hasta la ciudad llena de puntos luminosos y parpadeantes parecía que estaba esperando una respuesta.

—Ilumíname, doctora —dijo copiando mi postura y apoyándose ligeramente en su moto.

—No te gustan las segundas oportunidades, no te gusta que rompan tu confianza y luego intenten arreglar algo que ya está roto —respondí, más bajo.

—No me gusta que me traicionen.

—Estamos de acuerdo en algo. —Me giré para devolverle una sonrisa que no salió tan reconfortante como me hubiera gustado.

—¿Segura que quieres continuar hablando de estas arenas movedizas?

—Bueno, no fui yo la que empezó.

Ryan se quedó estático en el sitio mientras yo me atreví a dar unos pasos hacia el frente. Aclaré mi garganta y comencé.

—No vine aquí porque sí, no me quedaba de otra.

Noté cómo mi cuerpo entero se tensaba.

—¿San Francisco? —preguntó con cuidado.

Asentí ligeramente y busqué valor para ser capaz de hablar sobre aquello que me atormentaba por las noches.

—Hace un año decidí que debía desaparecer de allí. —Mi voz se volvió frágil como un pajarillo con un ala rota; había visto tantos en las manos de mi madre que me sentí incapaz de volar de la angustia que me rodeaba la garganta.

—¿Desaparecer de qué? —preguntó con la voz más suave que había escuchado nunca salir de sus labios.

—De alguien que decía quererme —carraspeé un poco y continué—, de alguien que traicionó mi confianza, de alguien que rompió a la Elisabeth de 22 años en dos.

No me atrevía a girarme y mucho menos a ser consciente de que mi voz se había roto hacía un rato ya y que las lágrimas que se escurrieron por mis mejillas ardían como cascadas. Pero puestos a abrirnos, decidí continuar.

—Se llamaba Michael —me tembló la voz al recitar su nombre en algo que no fuera una pesadilla—. Estaba estudiando conmigo la carrera de medicina. Brillante. Encantador. Todo el mundo lo adoraba.

Una sonrisa amarga se instaló en mis labios al recordar esos días.

—Yo también. —Ryan intentaba amenizar la situación y solo sirvió para que me girase y viera mi estado. Enseguida abandonó su pose relajada y se puso a mi lado.

—Al principio era perfecto. Demasiado perfecto. Pero me di cuenta tarde de que no existe un humano en la tierra al que se le pueda agenciar ese adjetivo. —Evite su mirada compasiva y esboce una falsa sonrisa—. Supongo que tengo debilidad por fijarme en las personas incorrectas.

Por su cara sé que le había dolido.

—No soy como él —dijo con la mandíbula tensa.

—No he dicho que lo seas.

Levante la cabeza, sin tener miedo alguno.

—Me pasó parecido con Travis, el médico que viste en el parking y bueno, ahora... —Miré por fin a sus profundos ojos y escupí las palabras que tenía atragantadas en la boca—. Me da miedo cómo hablas de tu padre, ese odio se me hace familiar y me asusta.

Ryan soltó un suspiro, se pasó una mano por el pelo, despeinándolo tanto como me gustaba, y se puso delante de mí. Enseguida tomó mis manos y me miró a los ojos como tantas veces había hecho ya.

—Nunca le pegaría a alguien que quiero.

—Lo sé.

—¿Cómo puedes estar tan segura? —su cara volvía a ser un interrogante.

Mi dolor me dio fuerzas para sonreír.

—Porque me has traído a un sitio que te recuerda que un día fuiste feliz, y porque me has traído a tu vía de escape cuando el mundo te pisa la garganta. —Su cuerpo se destensó y se limitó a relajar los hombros mientras la ligera brisa se llevaba todo el peso de la conversación. —Las personas que te quieren hacer daño no te enseñan sus recuerdos felices; al contrario, te llevan a los malos para demostrarte de lo que son capaces y justificarse.

El silencio se hizo entre nosotros de nuevo.

—¿Te hicieron daño?

Tragué saliva, preparándome mentalmente cómo responder esa pregunta.

—Travis, no, nunca llegó a pasar nada por más que insistió. —Miré hacia nuestras manos que se veían demasiado bien juntas y levanté el rostro. —De Michael no puedo decir lo mismo.

Imagino que su mente se puso a maquinar y, antes de que llegara a ver las llamas arder en sus ojos, me adelanté.

—No físicamente.

Parece que la respuesta fue peor de lo que se estuviera imaginando. Sus manos apretaron las mías con más fuerza y buscó mi mirada.

—No tienes que contarme nada que no quieras —dijo en un susurro.

En mi cara, por fin apareció una sonrisa sincera y traviesa como la que él siempre me ofrecía.




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