Parece que Cupido no es un cabrón después de todo. Eso es lo único que me ronda la mente desde que dejé a Elisabeth en su casa la noche de nuestra "no-cita". Sería un imbécil si no lo confesara; desde el primer día me ha llamado la atención. Su presencia me pone el corazón a mil; desde que esa mirada triste se ha colado en mi mente, se ha adueñado de gran parte de mi tiempo.
Ha pasado casi una semana desde entonces. La veo a diario, porque por fin se han alineado los astros con nuestros horarios y sus 15 minutos de descanso se convierten en ese enredado juego que tenemos. A veces me invita al único café decente que hay y a veces soy yo quien la espero con uno de sus asquerosos tés en la mano los días que tarda. Siempre me cuenta rápidamente su día, me comenta lo feliz o triste que está por ver a según qué pacientes y según qué casos haya tratado, pero siempre consigo arrancarle una risa. Su voz es tan melodiosa que cuando se ríe se convierte en música a mis oídos. Muchas veces me distraigo mirando sus labios, la forma en la que le cae el pelo por los hombros, la delicadeza con la que sostiene el vaso de cartón; acabo sin escuchar las palabras que me dice.
Son apenas las 11 cuando la estoy esperando con un té. Humea y huele a dolor gástrico, pero no seré yo quien juzgue sus gustos.
Una notificación me saca de mis pensamientos. Un mensaje de mi madre aparece en la pantalla. Solo con ver la fecha en la que estamos y el nombre de mi madre me indica que quiere conseguir reunir a la familia en un desesperado montaje de "cena familiar".
Cuando lo abro, no me equivoco.
—Hola, hijo, ya sé que no quieres saber nada de estas fechas, pero, por favor, hazlo por tu hermana. Pronto se gradúa del instituto y está deseando enseñarte sus notas. No para de decir que estarás muy orgulloso de la cerebrito de casa..."
Dejo de leer el mensaje y guardo el teléfono en el bolsillo de mi pantalón. No soporto el chantaje emocional que usa mi madre con mi hermana. Cuando cumplí 18 años, apareció mi padre por la puerta de casa. Llevaba años sin verlo, pero para mi desgracia había estado poniéndose en contacto con mi madre todos los días que había desaparecido. Nadie me dijo que se había ido a rehabilitación, nadie me contó que se había convertido en el director del programa de Alcohólicos Anónimos de la ciudad. Nadie me contó nada hasta que llegó el puto Día de Acción de Gracias.
Un lavado de cara y todos los golpes y puñetazos que me agenció en su día habían desaparecido. Mi madre siempre había sido demasiado bondadosa y llevaba la palabra perdón grabada en la cara; mi hermana era demasiado pequeña como para ser consciente de algo y las mentiras siempre entraban mejor así.
Me niego a perdonarle, darle una segunda oportunidad a la única persona que me ha conseguido dejar dos días sin poder moverme de la cama.
—Tierra llamando a Ryan, ¿hola?
La voz de Elisabeth, que está a escasos pasos de mí, me saca de mis pensamientos. No me he dado cuenta de cuándo ha aparecido por el pasillo, pero está claro que debo llevar demasiado tiempo absorto en mi pasado.
—Ey.
—¿Estás bien? —dice envolviéndome una mano con sus dos pequeñas palmas—. No tienes buen aspecto.
—Por favor, doctora, ya sabes que yo siempre tengo buen aspecto, me has visto bien. —Intento huir en la poca vergüenza que tengo para bromear con ella una vez más, pero esta vez no funciona.
—Si te he visto, por supuesto que estás bien, pero no me refiero a eso.
Suelto todo el aire que había contenido sin darme cuenta y un sonoro suspiro se apodera de mí.
—Sí, todo bien, no me gustan mucho estas próximas fechas.
—Lo siento, no lo sabía —dice tomando el té que le he sacado de la máquina hace apenas unos minutos.
—No tenías por qué saberlo, Izzy —digo mirándola—. Es más, ¿qué te parece que vayamos este viernes a cenar? Así no tendrás excusa de no saber algunas cosas.
Levanto ambas cejas y las bajo a modo de convicción y, por el rubor que se instaura en sus mejillas, sé que he ganado.
—Una "no cita" —dice en apenas un susurro.
—Exacto, doctora.
No puedo evitarlo, estoy sonriendo de nuevo. Nunca me habían dolido tanto los músculos de la cara desde que he conocido a este metro sesenta de nervios con cabello rubio.
—Bueno, miraré mi agenda —dice dando unos pasos en dirección contraria.
Enseguida me las apaño para ponerme delante de ella a escasos centímetros.
—No necesitas mirar tu agenda para ir conmigo, soy tu paciente privado, ¿recuerdas? —Le levanto el mentón con un dedo y los colores de su rostro, junto con su dificultad para tragar saliva, me vuelven a dar la victoria. Me encanta ponerla nerviosa y ver la respuesta de mi tacto con su cuerpo.
—Eres insufrible —dice sonriendo.
—Te encanta, y lo sabes, doctora.
Pega más su rostro al mío y estamos a escasos centímetros para besarnos de nuevo.
—Supongo que nos veremos el viernes, muchas gracias por el té —dice apartando la mano que había puesto en mi pecho. Recorre con su dedo índice mi cuello, haciéndome cosquillas en mi nuez, y acaba rozando mi labio inferior.
Mi autocontrol quiere lanzar el té que lleva en las manos por los aires, levantarla en el aire, meternos a la habitación de limpieza que hay a un par de metros y besarla hasta quedarnos sin oxígeno, pero no podemos, aquí no. Lo único que se escapa de mi poco control es un movimiento inconsciente hacia delante que sigue su dedo. Me doy cuenta tarde de que acaba de hacerme lo mismo que le he hecho yo hace unos segundos.
—Nos vemos el viernes, Ryan, no llegues tarde —dice caminando hacia el pasillo. Se gira una última vez y dobla la esquina.
Estoy completamente embaucado.
El viernes por la noche llega demasiado lento para mi impaciencia, pero por fin estoy esperándola en su portal. Hoy me ha obligado a aparcar la moto en su parking, dice que quiere llevar un vestido y que no está dispuesta a enseñar sus piernas a toda la ciudad. En parte lo agradezco; pensar que alguien más pueda verla como solo yo deseo me provoca un pequeño pinchazo de celos. Nunca he sido posesivo ni celoso, pero no sé qué despierta ella en mí.
#340 en Joven Adulto
#4977 en Novela romántica
drama amor romance infidelidad venganza, amor deseo y sensualidad, bikerboy
Editado: 06.03.2026