Cicatrices de amor

Las cicatrices también sanan

“Para todos los que han perdido a alguien y sienten que el mundo se detuvo ese día. El dolor no desaparece, pero con el tiempo aprendemos a caminar con él… y a permitirnos volver a vivir.”

RUBÍ

Soy de las que aman la puesta de sol. Hace algunos años amaba sentarme en el mirador con Gael para ver ese inmenso astro desaparecer al final del cielo mientras va cubriéndonos la oscuridad. Ese era mi momento favorito de los domingos.

Ahora vengo y me siento, con la única compañía de una cerveza y un cigarrillo. Hay momentos en la vida que son los mejores que vamos a vivir, pero esos, en ocasiones, suelen ser fugaces, como una estrella a medianoche que solo dura un instante, en el que muchos piden un deseo.

Gael era todo lo que deseé en la vida. Pero al parecer en otra vida fui muy hija de puta y el destino en esta me quiso cobrar bien caro. Me arrebató de las manos la vida de la persona más importante que podría conocer.

Ahora, cinco años después, sigo atrapada en el pasado. Sufriendo la pérdida del amor de mi vida. Es un dolor que nadie nos enseña a evadir, nadie nos dice cómo aceptar y dejar de sufrir tras perder un amor. Las palabras de consuelo no son más que una bomba interna desgarrando cada órgano en nuestro cuerpo.

Con él lo tuve todo y ahora no tengo nada.

Estoy perpleja mirando cómo parejas felices se dan pequeños besos de amor; otros, tomados de las manos, se miran con picardía, mientras otros solo contemplan la hermosa puesta de sol. Todo como lo hice yo en algún momento de mi vida.

Este solía ser mi lugar favorito, pero después de perder lo que lo hacía especial, le dejé de ver la emoción. Solo sigo viniendo porque sé que lo estaríamos haciendo si él estuviera. Aquí nos dimos nuestro primer beso y fue donde me propuso matrimonio, solo que la vida no nos dio la oportunidad de llegar al altar.

Me pongo de pie, camino a la salida, tiro la lata de cerveza en un contenedor de basura y piso la colilla del cigarro para que muera bajo mis pies.

Tomo la ruta del autobús y espero sola en la parada, aún faltan diez minutos. Alguien llega, se sienta a mi lado. Supongo que también tomará la misma ruta, pero ni ganas de mirar tengo, solo sigo esperando.

— ¿Por qué haces lo mismo cada domingo?

La pregunta hace que gire la cabeza en la dirección del hombre que hay a mi lado. Tiene la mirada clavada en mí.

— ¿Me hablas a mí? —le pregunto lo obvio, siendo los únicos aquí.

— Sí, es que llevo años observándote hacer lo mismo. Siempre llegas a la misma hora, con una cerveza y un cigarro. Te sientas en el mismo lugar, miras la puesta del sol mientras tomas la bebida y fumas. Cuando los terminas le das una ojeada a todas las parejas que te rodean y te marchas. En ocasiones has dejado escapar alguna lágrima.

—Te has dado gusto acosándome —le reprocho y desvío la mirada.

—Soy muy observador y cuando una escena se repite cada semana, año tras año, de la misma forma, es imposible que pase desapercibida.

Decido no responder, me da igual lo que piense. Sé que muchas personas me deben conocer porque es cierto que mi rutina es la misma desde hace cinco años. Al menos todos los domingos en la tarde hago siempre lo mismo.

Todos decidimos seguir adelante de forma diferente y yo lo he hecho recordándolo.

—¿Se debe a algo especial? —vuelve a interrumpir mis pensamientos.

—Era el lugar favorito que tenía con mi prometido.

—¿Terminaron?

—Falleció.

—Lo siento, no sabía, en serio lo lamento —se disculpa.

—Tranquilo, no tenías cómo saberlo.

—Podía haber deducido que era especial el lugar por alguien, supongo, no sé, en realidad no tenía que haber preguntado nada.

—Olvídalo y ya —lo corto y me pongo de pie cuando el autobús se acerca y él hace lo mismo.

Subo y me siento cerca de la puerta de salida, él hace lo mismo a una distancia prudente.

Una parada antes de la mía se baja, no sin antes darme una última mirada.

Una semana después

—Mamá —llamo a mi madre— necesito que te quedes con Ágata por dos horas, voy al mirador.

—Rubí, es hora de que cambies tu rutina, no puedes vivir atrapada en el pasado por siempre —me habla mi madre con un tono suave.

—Solo así puedo sobrellevar esta situación. Por favor, no me exijas nada, solo cuida de mi hija. Voy a salir un poco más temprano para pasar por el cementerio. Necesito hablar con Gael antes de ir al mirador, necesito hablarle de nuestra hija. Tengo que contarle que ya sabe escribir “papá”, sé que eso lo pondría muy feliz —se me aguan los ojos y me doy la vuelta para que no lo note.

—Está bien, no tardes y recuerda que en este mundo tienes personas que te aman mucho, aún no has perdido a todos los que te aman.

Me giro para abrazarla y esta vez no puedo contener las lágrimas. Me dejo llevar y lloro, con ganas, soltando todo el dolor que tengo dentro.

—Llorar no es malo, lo malo es no saber cuándo parar. Es bueno desahogarse. Sé que no es fácil lo que has pasado, pero son cinco años, algún día debes mirar otro horizonte.

—Te entiendo mamá, pero no puedo evitar que me duela pensarlo. No es justo que me haya dejado. Ni siquiera supo que estaba embarazada cuando murió. Le quería dar la sorpresa cuando llegara a casa del trabajo y nunca llegó. ¿Cómo se supone que puedo ser feliz?, ¿cómo puedo seguir adelante?, ¿cómo hacer para que no duela más?

—Te va a seguir doliendo, eso no cambiará tan fácil, pero debes tener fuerza de voluntad y escribir tu historia sin él, comenzar a escribir un nuevo capítulo. Eso no significa que arranques las páginas de tu historia con él, pero sí que te des la oportunidad de conocer a alguien más y crear una nueva historia.

—Sabes que a él no le hubiera gustado verte hundida en la melancolía, sufriendo eternamente y que tu hija vea siempre a su madre siendo infeliz, negada a vivir, atrapada en el pasado. A él le hubiera gustado que conocieras a otro chico, no cualquier chico, pero sí uno que te ame, que entienda tu dolor y que sobre todo acepte a tu hija. A la hija de Rubí con Gael, porque siempre será tu hija con él. Que, donde sea que él esté, las observa y las cuida.




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