CAPITULO 3
Draven
En cuanto el pestillo de la puerta doble encajó con un chasquido seco, el aire de la oficina se volvió irrespirable. Cinco años de contención, de buscar su espectro en rostros extraños y de ahogar la rabia en el trabajo, estallaron dentro de mi pecho. Mi lobo arañaba las paredes de mi mente, exigiendo tomar el control, rugiendo por reclamar lo que nos había sido robado.
Me giré con una velocidad que ningún humano habría podido registrar, en dos zancadas crucé la distancia que nos separaba. Kyra ni siquiera tuvo tiempo de parpadear antes de que mi mano se estrellara contra la madera de la puerta, justo al lado de su oreja, acorralándola contra la superficie sólida.
- ¿Pensaste que podrías esconderte de mí para siempre? - bramé mi voz no era la de un director ejecutivo era el rugido salvaje de un alfa traicionado, una vibración tan baja y violenta que hizo temblar las delgadas hojas de papel que ella sostenía contra su pecho.
Kyra ahogó un grito, su espalda pegándose aún más a la madera su aroma a jazmín y lluvia se intensificó por el pánico, inundando mis fosas nasales, recordándome la dulzura de la que me había privado. Quería destrozarla por haberme dejado y a la vez, quería enterrar mi rostro en su cuello para asegurarme de que era real.
- Mírame, Kyra - le ordené, mi rostro a escasos centímetros del suyo, obligándola a respirar mi aliento - ¡Mírame a los ojos cuando te hablo!
Ella levantó la barbilla con esa maldita terquedad que siempre la caracterizó, aunque sus ojos castaños bailaban llenos de lágrimas contenidas.
- Déjame ir, Draven - susurró, con la voz rota pero firme - Ya no pertenezco a tu mundo no tienes derecho a hacer esto.
- ¡Tengo todo el derecho! - mi puño libre golpeó la puerta con una fuerza que astilló la laca de la madera - ¡Eres mi Luna! ¡Me perteneces por derecho de sangre y lazo! Te deslizaste fuera de mi cama como una ladrona. Te fuiste al otro extremo del continente, cambiaste tu nombre en los registros civiles, te mezclaste con las sabandijas humanas...
Me reí, una carcajada ronca y carente de toda gracia, el destino se estaba burlando de nosotros en nuestra propia cara.
- Vine a esta maldita ciudad solo para expandir el territorio financiero de mi manada. Compré esta empresa de transportes como un simple negocio más de mi imperio. ¡Y te encuentro aquí! - la furia me cegaba mientras asimilaba la monumental coincidencia - Es el destino, Kyra el maldito destino devolviéndome lo que me robaste. Dios sabe que pasé años buscándote en falso y ahora la vida te pone en mi oficina como una simple empleada ¿Y pretendes que actúe como si nada hubiera pasado?
- Tú rompiste el lazo, Draven. No yo - escupió ella y por un segundo, el dolor en su voz superó al miedo.
- ¡No te atrevas a culparme de tu cobardía! -la tomé por los hombros, no con delicadeza, sino con el agarre de acero de un depredador que asegura a su presa. La sacudí levemente, desesperado por sacarla de esa apatía humana - ¿Una discusión? ¿Un malentendido? ¿Y por eso decides destruir una manada entera? Dejaste a tu Alfa desangrándose en el suelo del rechazo pasé meses enfermo, debilitado, mientras mi lobo se volvía loco buscando tu rastro. ¡Me abandonaste!
Mis ojos cambiaron por completo, el gris humano cediendo ante el ámbar brillante y salvaje de mi lobo. La presión de mi aura de Alfa cayó sobre sus hombros como una losa de cemento, exigiéndole la sumisión que me debía.
- No me importan las casualidades. Ahora estás aquí y de aquí no te mueves - le siseé al oído, saboreando el temblor que recorrió su cuerpo - Durante las negociaciones de adquisición, el antiguo dueño fue muy específico. Me rogó una sola condición para firmar la venta que respetara los contratos actuales y que toda la plantilla de empleados se mantuviera intacta. Yo acepté sin siquiera mirar sus nombres firmé ese acuerdo blindado y acepté las cláusulas de rescisión millonarias imposibles de romper. Jamás me imaginé que entre esos papeles te encontraría a ti.
Me acerqué aún más, rozando con mis labios el lóbulo de su oreja mientras sentía los latidos desbocados de su corazón.
- Estás atrapada por tus propias leyes humanas, Kyra. El contrato te ata legalmente a mi servicio directo, jamás vas a renunciar. No vas a poder pagar la penalización y no te dejaré escapar por segunda vez. Vas a pagar cada segundo de los últimos cinco años que me obligaste a vivir en el infierno