CAPITULO 4
Kyra
La presión de su aura de Alfa aplastaba mis pulmones, pero el dolor crudo de sus acusaciones encendió una chispa de rabia que creí extinta. ¿Abandono? ¿Cobardía? Sus palabras eran dardos envenenados que pretendían reescribir la peor noche de mi vida. Mordí el interior de mi mejilla para contener las lágrimas de frustración no iba a derramar una sola gota de dolor frente al hombre que me había destrozado.
Apoyé las palmas de mis manos contra su firme pecho cubierto por el traje gris. No para buscar su calor, sino para empujarlo con todas las fuerzas que mi cuerpo humano me permitía. No logré moverlo ni un milímetro, pero él captó el mensaje y retrocedió un paso, entrecerrando esos ojos ambarinos que aún destellaban con una furia salvaje.
- ¿Cómo te atreves a llamarme cobarde? - mi voz tembló al principio, pero cobró fuerza con cada palabra, transformándose en un susurro gélido - Tú destruiste nuestro lazo, Draven. Tú pulverizaste la manada y todo lo que teníamos en el segundo exacto en que decidiste romper tu promesa. No me deslicé como una ladrona salí de ese territorio arrastrando los pedazos de mi dignidad porque ya no quedaba nada para mí allí.
Apreté los puños a los costados, clavándome las uñas en las palmas para no gritar. El recuerdo de aquella noche amenazó con desbordarse, la imagen de él en brazos de otra mujer quemando mi mente pero tragué el nudo de mi garganta. El secreto de mi huida, de las consecuencias de esa noche y del vientre vacío con el que desperté en un hospital lejano, se quedaría conmigo. Era mi escudo. Si descubría lo que realmente pasó en mi huida, me destruiría por completo.
- No voy a cargar con la culpa de tus propios actos - continué, dando un paso al frente, sosteniéndole la mirada por primera vez - ¿Quieres hablar de contratos y leyes humanas? Perfecto. Hablemos en tu idioma corporativo.
Caminé hacia el escritorio, dejando la tableta y la libreta sobre la superficie de madera con un golpe seco. Me giré para encararlo, cruzando los brazos sobre el pecho.
- El contrato de adquisición que firmaste estipula una jornada laboral estándar. Cumpliré mis funciones como tu asistente personal porque no tengo los millones para pagar esa ridícula cláusula de rescisión. Seré eficiente, organizaré tu agenda y soportaré tu presencia durante exactamente ocho horas al día ni un minuto más.
Draven soltó una risa ronca, una advertencia peligrosa que hizo que mi corazón diera un vuelco de terror.
- ¿Ocho horas, Kyra? - se mofó, acortando la distancia con la parsimonia de un lobo que vigila a su presa acorralada - Soy tu Alfa, mo control sobre ti no se apaga cuando el reloj marca las cinco de la tarde.
- Ya no eres mi Alfa - le corté, plantándole cara a pesar del pánico que amenazaba con paralizarme - En este mundo, eres solo mi jefe. Fuera de esta oficina y de ese horario laboral mi vida me pertenece. No tienes derecho a exigirme sumisión, ni vas a controlar lo que hago con mi tiempo libre. Si quieres que este negocio funcione y que tu preciosa inversión no se vaya a la basura por un escándalo legal humano, vas a tener que respetar mis límites. Ocho horas al día, Draven ese es tu límite.