Kyra
El impacto de sus palabras me dejó sin aire. Su esposa. Ante la ley civil humana, ante el gobierno, ante el mundo entero, yo seguía atada al hombre que me había destrozado el alma. El pánico se transformó en una náusea violenta y el calor de sus dedos en mi cuello comenzó a quemarme como hierro fundido. Su promesa de extender sus derechos hasta su cama hizo que un escalofrío de pura repulsión y miedo me recorriera la espina dorsal.
Apoyé los puños en su pecho y empujé con toda la desesperación que guardaba mi cuerpo. Me retorcí, intentando zafar mi barbilla de su agarre de acero. El dolor físico de la fricción no era nada comparado con la asfixia de tenerlo tan cerca.
Mis amenazas murieron en mi garganta. El agarre de Draven se tensó, sus ojos ambarinos brillando con una fijeza peligrosa que me advirtió que estaba a punto de cruzar una línea de la que no habría retorno. Mi lao temblo ñ acobardado ante el poder absoluto de su Alfa seguía atrapada física, legal y biológicamente.
Justo cuando la distancia entre nuestros labios parecía desaparecer, el sonido estridente de la manija de la puerta rompió la burbuja de tensión.
Chelsy
Empujé las pesadas puertas dobles de la oficina presidencial sin molestarme en tocar. Una mujer como yo, la futura Luna de la manada Amarok y la prometida oficial del Alfa más poderoso del continente, no pide permiso para entrar a ningún sitio.
Sin embargo, la escena que encontré al cruzar el umbral hizo que mi sonrisa ensayada se congelara en mis labios perfectamente pintados de rojo.
Draven estaba acorralando a una empleada su mano la sostenía por el cuello con una familiaridad y una fuerza que hicieron que mi instinto lobuno se pusiera en alerta máxima. El aire en la habitación estaba cargado, denso, saturado con la esencia pura de Draven... y un aroma desagradable a jazmín y lluvia que me revolvió el estómago.
La castaña vestía un traje gris corporativo aburrido y corriente, el uniforme típico de las secretarias humanas desaliñadas que abundaban en este edificio. Pero la forma en que Draven la miraba, con esos ojos ambarinos encendidos de pura posesividad salvaje, no era la mirada de un jefe exigente. Era la mirada de un cazador reclamando su presa.
Me colgué del brazo libre de Draven de inmediato, pegando mi cuerpo al suyo para marcar territorio y obligándolo a soltar a la mujer. Miré de arriba abajo a la empleada con una mueca de absoluto desprecio.