Draven
El olor a vainilla artificial y laca de Chelsy me revolvía el estómago. En cuanto la puerta de la oficina se cerró tras la huida de Kyra, la fragancia a jazmín y lluvia primaveral comenzó a desvanecerse, reemplazada por la pesadez de la mujer que se aferraba a mi brazo como una enredadera venenosa.
Mi lobo gruñía en el fondo de mi mente, de mal humor, exigiendo que apartara a la intrusa y fuera a buscar a nuestra Luna. Cinco años de frustración contenida se habían concentrado en esos escasos minutos de confrontación y la interrupción de Chelsy solo había servido para dejarme a medias, con la sangre hirviendo y el pulso desbocado.
Me zafé de su agarre con un movimiento brusco, caminando hacia el gran ventanal que daba a la ciudad. Apoyé las manos en los bolsillos del pantalón, tratando de canalizar el aura de Alfa que amenazaba con destrozar el mobiliario humano.
Chelsy entrecerró sus ojos claros, adoptando esa postura altiva de hija de Beta que creía tener el futuro asegurado. Ella no era tonta su instinto, aunque inferior al mío detectaba que el ambiente en esta oficina no estaba cargado por una simple reprimenda laboral. El olor a sumisión, miedo y una atracción salvaje seguía flotando en los rincones del despacho.
Me giré despacio mis ojos ambarinos destellaron con una fijeza peligrosa que congeló las palabras en su garganta la miré con un desprecio tan absoluto que dio un paso atrás, tragando saliva.
Me acerqué a ella, obligándola a sostener mi mirada implacable.
Ella apretó los puños, con las lágrimas de humillación y rabia agolpándose en sus ojos, pero no se atrevió a replicar. El poder de mi voz de mando la obligó a sumisión.
Chelsy dio la vuelta y salió a toda prisa, haciendo resonar sus tacones con furia contra el suelo. En cuanto el clic de la puerta confirmó que estaba solo, dejé caer la máscara corporativa.
Una sonrisa sombría cruzó mi rostro, Kyra pensaba que sus pequeñas reglas de ocho horas laborales iban a salvarla. No tenía idea de que el contrato que firmó con los antiguos dueños la obligaba a una disponibilidad absoluta para la dirección general, un vacío legal humano que yo planeaba exprimir al máximo.
Saqué mi teléfono del bolsillo y marqué un número interno de la red de seguridad de la manada.
Corté la comunicación. Una sonrisa gélida se dibujó en mi rostro mientras observaba el reflejo de mis propios ojos, que volvían a destellar en un ámbar salvaje. Kyra quería pelear usando las leyes de los humanos, pero había olvidado que las corporaciones más grandes de este país se mueven con el dinero de mi manada. Si jugaba la carta de los tribunales, descubriría muy pronto que yo soy el dueño del juez, del jurado y del tablero.