CAPITULO 10
Farid
El piso cuarenta estaba en completo silencio cuando entré a la oficina presidencial. La luz de la luna de Nueva York se filtraba por los enormes ventanales, dibujando sombras alargadas sobre el escritorio de cristal. Draven no había encendido las luces. Estaba de pie frente al vidrio, con un vaso de whisky en la mano derecha y la mandíbula tan tensa que parecía tallada en piedra.
El aroma de su lobo seguía siendo un torbellino de ozono y hostilidad. La presencia de Kyra, nuestra luna había despertado al depredador que estuvo aletargado por cinco años y el aire de la habitación aún vibraba con esa exigencia salvaje de posesión.
- Habla - ordenó Draven sin volverse. Su voz barítona raspó la quietud del despacho.
- Mis hombres la siguieron en cuanto dejó el edificio, Alfa - dije, dando un paso al frente y manteniendo una postura de respeto - No intentó huir de la ciudad, no fue a ninguna estación de tren ni al aeropuerto caminó tres calles abajo y entró en una cafetería pequeña y apartada.
Draven le dio un trago corto a su vaso, ell hielo tintineó contra el cristal.
- ¿Se vio con alguien?
- Sí, con un humano llamado Mateo Varga. Es un abogado laboral de perfil alto en este sector de la ciudad. Estuvieron reunidos por casi una hora. Ella le entregó una copia digital de su contrato original y del anexo de absorción de nuestra corporación.
Un gruñido sordo y peligroso vibró en el pecho de Draven. El cristal de su vaso crujió levemente bajo la presión de sus dedos, se giró despacio y en la penumbra de la oficina, sus ojos ambarinos destellaron con una fijeza letal.
- Buscando una salida legal - siseó mi Alfa, ensanchando sus labios en una sonrisa gélida y carente de toda gracia - Mi Luna sigue creyendo que las leyes civiles de los humanos van a levantar un muro entre los dos. ¿Qué hizo el abogado?
- Lo de siempre con los de su especie cuando se enfrentan a nuestro muro legal, señor - respondí, extendiéndole una tableta con el perfil del litigante - Varga analizó las cláusulas. Al salir, su lenguaje corporal era de absoluta derrota. Le dio un apretón de manos que parecía un pésame, la luna se quedó sola en la mesa durante veinte minutos, completamente ida. Después fue directo a su departamento en los suburbios del este. Mis hombres están apostados en el perímetro no hay movimientos sospechosos.
Draven caminó hacia su escritorio y dejó el vaso de whisky sobre la madera veteada. Apoyó ambas manos en la superficie, inclinándose hacia adelante. El aura de Alfa se expandió por la habitación, tan densa y pesada que incluso a mí, su Beta, me obligó a tensar los músculos para no bajar la cabeza.
- Que la sigan vigilando las veinticuatro horas - ordenó, su voz destilando una posesividad implacable- Si el abogado intenta mover un solo papel en los tribunales, aplasta su bufete financieramente antes del amanecer, Kyra firmó ese contrato y me pertenece ante su sociedad y ante nuestra manada. No voy a permitir que un leguleyo humano le dé falsas esperanzas de libertad.
- Entendido, Alfa. ¿Y qué hacemos con Chelsy? Salió de aquí furiosa. Ha estado haciendo preguntas entre el personal sobre la identidad de la nueva asistente.
Draven desestimó la advertencia con un leve ademán de la mano, fijando sus ojos de cazador en los papeles de la transición corporativa.
- Chelsy no es más que un adorno político para el consejo. Si mete las narices donde no debe, yo mismo me encargaré de recordarle su lugar - sentenció, tomando una pluma estilográfica - El juego de la tregua terminó para ella, mi luna va a descubrir lo que realmente significa estar bajo el control absoluto de su Alfa las veinticuatro horas del día.