CAPITULO 12
Kyra
El piso estaba sumido en un silencio sepulcral, roto únicamente por el zumbido del aire acondicionado central eran pasadas las ocho de la noche, el resto del personal humano ya se había marchado a casa hacía horas, dejando la planta ejecutiva en una penumbra de cristales y sombras, pero para mí no había hora de salida. El nudo de náuseas se había instalado en mi estómago. Solo unas horas antes, mi mundo se había desmoronado.
Cabeza en alto, Kyra, me ordené, deteniéndome frente a las pesadas puertas dobles de la presidencia. No le des el placer de verte derrotada. Si hueles a miedo en la oscuridad, el depredador atacará con más fuerza.
Ajusté los hombros bajo mi americana gris, respiré hondo el aire viciado de la noche y empujé la madera.
Draven no estaba sentado detrás del imponente escritorio de caoba se encontraba de pie junto al ventanal que miraba al abismo de la ciudad iluminada, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de su traje de diseñador. Las luces de los rascacielos se reflejaban en el cristal, dibujando su silueta imponente en la penumbra. En cuanto di el primer paso dentro de la habitación, sus hombros se tensaron. Se giró despacio y esos ojos grises, que aún conservaban un peligrose remanente del ámbar de su lobo, brillaron en la oscuridad del despacho.
Caminé con paso firme.
- Buenas noches, señor Amarok. Aquí estoy como lo solicitó - dije, mi voz sonó limpia, profesional, desprovista de cualquier rastro del pánico que me estaba carcomiendo por dentro.
Draven no me miro dio dos pasos lentos hacia mí, emergiendo de las sombras. El aura de Alfa que desprendía a estas horas de la noche era una presión invisible que parecía asfixiar el despacho.
- ¿Señor Amarok? - repitió, con una sonrisa gélida y ladina que me erizó los vellos de los brazos - Vaya, qué rápido nos adaptamos a las formalidades del mundo civil, Luna. Casi logro creerme tu papel de empleada sumisa a mitad de la noche.
- Soy una empleada, Draven. Mi contrato laboral especifica mis funciones y estar disponible para cuestiones laborales es una de ellas - le planté cara, sosteniéndole la mirada - Lo que no especifica es que tengas el derecho de intervenir mis comunicaciones privadas eso es un delito federal.
Draven soltó una carcajada ronca, un sonido carente de toda gracia que vibró en el aire nocturno. Rodeó el escritorio con esa parsimonia felina tan suya, obligándome a tensar la espalda para no retroceder.
- ¿Un delito federal? - se mofó, deteniéndose a escasos centímetros de mí. Su aroma a ozono y bosque húmedo me envolvió al instante, una táctica puramente territorial para recordarme mi condición de humana frente a su poder en la intimidad de la oficina vacía - Sigues intentando usar las leyes de los hombres como si fueran un escudo real contra mí. Te lo advertí Kyra, pero parece que tu cabecita humana necesita una demostración más clara.
Sacó su teléfono del bolsillo, presionó un par de comandos y arrojó el aparato sobre el escritorio, justo frente a mí. La pantalla iluminaba la penumbra con una videollamada en tiempo real.
El corazón se me detuvo.
En la imagen, bajo la luz de las farolas públicas, aparecía la fachada del bufete de Mateo. Había dos camiones de mudanza estacionados afuera en plena noche y un par de hombres con trajes oscuros cargando cajas llenas de archivos. Mateo estaba en la acera, con las manos en la cabeza, hablando desesperadamente por teléfono con un rostro desencajado que transmitía una ruina absoluta.
- Esa es la firma de abogados Varga - dijo Draven, su voz bajando a un barítono gélido que me caló hasta los huesos - O lo que queda de ella. Hace exactamente tres minutos, mi banco ejecutó la hipoteca del inmueble que debían compré la deuda completa a través de una filial. En este momento, tu amiguito legal está siendo desalojado por incumplimiento de pago. Si mañana intenta presentar una sola queja ante el ministerio de trabajo en tu nombre... la junta de acreditación recibirá un informe anónimo sobre ciertas irregularidades en sus auditorías fiscales que lo inhabilitarán de por vida.
- Eres un monstruo - susurré, sintiendo cómo la impotencia me llenaba los ojos de lágrimas que me obligué a no derramar. Apreté los puños con tanta fuerza que mis uñas se clavaron en las palmas - Él no tiene nada que ver con esto. Es un civil. ¡Esto es entre tú y yo!
- Exacto es entre tú y yo - Draven dio un paso más, acortando la distancia hasta que su pecho casi rozó el mío. Levantó una mano y con una lentitud tortuosa deslizó el dorso de sus dedos por la línea de mi mandíbula. Su tacto quemaba en medio del frío de la noche - Y para que sea solo entre nosotros he aislado cada uno de tus contactos humanos. Tu teléfono personal ahora pasa por el conmutador de Farid, tus cuentas bancarias están bajo observación. No tienes aliados, Kyra. No hay un abogado, un policía o un juez en esta ciudad que pueda salvarte de mí porque todos tienen un precio que yo puedo pagar triplicado.
Retiré la cara de su mano con un movimiento brusco, mirándolo con puro odio bajo las luces de la ciudad que se filtraban por el ventanal.
- ¿Crees que vaciando mi mundo me vas a obligar a regresar contigo? - le siseé, con la voz temblando de rabia - Podrás controlar mis contratos, mis llamadas y mi dinero, Draven. Podrás tenerme aquí encerrada en este piso cuarenta a estas horas de la noche. Pero nunca, escúchame bien nunca vas a volver a tenerme soy una humana, no tengo tu fuerza, pero prefiero convertirme en piedra antes que volver a ser tuya.
Los ojos de Draven destellaron en un ámbar salvaje y violento, reflejando la luz nocturna. Su mandíbula se tensó tanto que temí que fuera a perder el control allí mismo, pero se contuvo. Dio un paso atrás, recuperando su máscara de tiburón corporativo, aunque su respiración era pesada.
- Ya lo veremos, esposa mía - dijo, enfatizando la última palabra con un veneno silencioso - Revisa tu correo, tienes tres informes de viabilidad que necesito listos antes de que termine la noche. Y ni se te ocurra marcharte a casa sin mi permiso, tu tiempo me pertenece.