Kyra
Las palabras de Draven impactaron en mi mente como una descarga eléctrica, disolviendo instantáneamente la niebla del cansancio físico, el piso cuarenta pareció cerrarse sobre mí.
El pánico se apoderó de mi sistema como un veneno negro, mis latidos se volvieron erráticos, un golpeteo violento contra mis costillas que me impedía respirar. No eran las fotos, no eran mis prendas de vestir, no era la vajilla era esa caja. La pequeña caja metálica oculta bajo las mantas viejas en el fondo de mi clóset. Si uno de sus soldados de manada la abría, si Farid la encontraba, si Draven veía lo que había dentro… mi fachada de civil se derrumbaría para siempre. Mi secreto más sagrado, las cicatrices de la noche en que mi vientre quedó vacío, quedarían expuestas ante el monstruo que lo provocó.
Draven dio un paso hacia delante, sus ojos grises encendiéndose en un ámbar felino al detectar mi colapso emocional, los lobos se alimentan del rastro químico del miedo y en ese momento, mi cuerpo humano estaba inundando el cubículo con un aroma a jazmín marchito por el terror más puro.
Estaba perdiendo el control, mis ojos se llenaron de lágrimas de pura desesperación y empecé a hiperventilar, llevándome una mano al pecho mientras buscaba aire desesperadamente, Draven me observó durante dos segundos cruciales. Su lobo pareció registrar que mi crisis no era un capricho corporativo; era un pánico real, un terror de supervivencia que amenazaba con hacerme colapsar en el suelo.
No recuerdo cómo bajamos en el ascensor, ni el trayecto por las calles oscuras de la ciudad mis ojos estaban fijos en la ventanilla, mis dedos enterrados en la tela de mi falda ejecutiva, contando mentalmente los segundos para no desmayarme. Draven conducía el potente sedán negro a una velocidad peligrosa, guardando un silencio denso y pesado, con sus manos apretando el volante de cuero con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
En cuanto el auto se detuvo de golpe frente a mi modesto edificio de ladrillos en la zona residencial, ni siquiera esperé a que apagara el motor. Empujé la puerta del copiloto y salí corriendo hacia el vestíbulo.
Al cruzar el umbral, el caos de la mudanza forzada me recibió en el pasillo principal, tres hombres de la manada, corpulentos y vestidos con chaquetas oscuras, bajaban por las escaleras cargando mis cajas de cartón rotuladas.
Pasé por entre ellos como una exhalación, subiendo los escalones de dos en dos a pesar de que mis piernas de plomo protestaban por el esfuerzo. Llegué a mi piso, crucé la puerta entreabierta de mi apartamento invadido y me dirigí directamente a mi habitación. Las sábanas estaban revueltas y las puertas del armario permanecían abiertas de par en par, con la mitad de mi ropa ya empacada.
Me arrodillé en el suelo del clóset, metiendo medio cuerpo entre las maderas oscuras, apartando las cajas vacías y las mantas de invierno con dedos torpes y desesperados.
Por favor, que no le haya pasado nada, por favor, que siga aquí.
Al fondo del todo, detrás de una doble pared de madera falsa que yo misma había acomodado, mis dedos tocaron la superficie fría y metálica, la saqué hacia la luz. Era una pequeña caja de caudales gris, desgastada por las esquinas, cerrada con un candado de combinación manual, estaba intacta nadie la había forzado. Nadie sabía lo que guardaba en su interior las ecografías borrosas de las primeras semanas, el brazalete del hospital lejano y la única fotografía que conservaba del fruto destruído de aquel amor traicionado.
Me senté sobre los talones en el suelo del armario, apretando la pequeña caja metálica contra mi pecho con una fuerza desmedida, como si mi propia vida dependiera de ese trozo de hierro. Escondí la barbilla sobre el metal y cerré los ojos, dejando salir la primera bocanada de aire real en la última hora. Mis hombros se relajaron y mi respiración, antes entrecortada y agónica, comenzó a estabilizarse de manera paulatina. El temblor de mis manos cedió bajo el peso del objeto, me calmé al instante, sintiendo que mientras esa caja estuviera a salvo conmigo, yo estaría bien.