Draven
El silencio dentro del auto en el trayecto de regreso a la torre era una masa densa, casi sólida conducía con una sola mano apoyada en el volante, manteniendo el motor del sedán negro en un ronroneo bajo y contenido, mientras mis ojos se desviaban de reojo hacia el asiento del copiloto cada vez que el tráfico lo permitía.
Kyra no se había movido ni un milímetro desde que salimos de su antiguo edificio tenía la pequeña caja metálica gris firmemente apretada contra el pecho, sus dedos humanos aferrados al hierro con tanta fuerza que los nudillos se le veían blancos a la luz de las farolas que se filtraban por la ventana. Su respiración ya no era la de una presa acorralada se había estabilizado, volviéndose lenta y profunda, pero su mirada permanecía fija en el vacío de la autopista nocturna, perdida en un lugar al que yo no tenía acceso.
Mi lobo arañaba las paredes de mi conciencia, inquieto, dando vueltas en círculos no entendía. Un Alfa está diseñado para comprender las amenazas tangibles los rivales de manada, ejércitos, armas, desfalcos financieros pero el comportamiento de Kyra desafiaba toda mi lógica. Había soportado mi reaparición en su oficina sin derramar una lágrima, le había plantado cara a mi aura de Alfa con una terquedad inquebrantable, había recibido la noticia de mi compromiso con Chelsy con una frialdad de piedra.
Sin embargo, la simple idea de que unos ejecutores tocaran sus cajas de cartón la había hecho colapsar en un ataque de pánico que casi la deja sin aire, todo por ese trozo de chatarra gris.
¿Qué podía tener en una caja cerrada con candado que valiera más que su propia dignidad? ¿Joyas? No le importaban. ¿Dinero? Estaba al borde de la quiebra por mi culpa. ¿Cartas de algún amante humano de estos últimos cinco años? La sola idea hizo que un gruñido sordo vibrara en mi garganta, haciendo que el cristal del tablero vibrara sutilmente. Si había otro hombre en su pasado reciente, mi lobo se encargaría de borrarlo de la existencia antes del amanecer pero el aroma que ella desprendía no era de celos ni de culpa era el aroma del dolor antiguo, un rastro químico de puro sufrimiento que se me metía por las fosas nasales y me revolvía las entrañas.
Estacioné el vehículo en el sótano privado de la Amarok Tower, el ascensor ejecutivo nos esperaba con las puertas abiertas, programado por la red de seguridad del edificio.
Ella no protestó como lo esperaba se bajó del auto protegiendo la caja bajo su americana gris, como si intentara camuflarla de las cámaras de seguridad. Subimos los treinta y nueve pisos en un viaje rápido y silencioso cuando las puertas se abrieron directamente en el recibidor de su nuevo departamento, la dejé pasar primero. El espacio era inmenso, decorado con mármol blanco y ventanales que abarcaban de piso a techo, pero ella ni siquiera se molestó en mirar el lujo que la rodeaba, su atención estaba fija en esa caja que sostenía.
Me quedé de pie en la estancia vacía, sintiendo el eco de su aroma a jazmín desvanecerse en el aire acondicionado, saqué mi teléfono del bolsillo y marqué la línea cifrada de mi Beta.
Dos minutos después, Farid cruzaba el umbral de mi estudio, con su habitual semblante imperturbable y una carpeta digital bajo el brazo.
Farid entrecerró los ojos, analizando mis palabras con la seriedad de un lobo que detecta una anomalía en el territorio.
Me levanté de la silla, caminando hacia el ventanal de mi despacho, que ofrecía la misma vista que el de Kyra, justo un piso más arriba.
Farid asintió lentamente, anotando las directivas en su tableta.