Kyra
El segundero del reloj de pared de la cocina avanzaba con una regularidad implacable eran las seis de la mañana. El piso treinta y nueve estaba sumido en un silencio de mausoleo, roto únicamente por el zumbido suave de los servidores del aire acondicionado y el golpeteo rítmico de mis dedos sobre el teclado de la computadora portátil corporativa, no había visto a Draven desde que entramos a la torre.
Yo había pasado la noche en vela, pero a esta hora me encontraba sentada en una de las banquetas de la enorme isla de mármol de la cocina, ignorando olímpicamente la opulencia de mi nueva jaula. El departamento era gigantesco, una demostración obscena de poder arquitectónico con ventanales que daban al abismo iluminado de la ciudad por el amanecer, pero yo me había reducido a este rincón.
A mi izquierda, a escasos centímetros de la computadora, descansaba una taza de cerámica blanca con café recalentado de la cafetera de goteo rápido. Frente a mí, sobre una servilleta de papel, los restos de un sándwich de jamón y queso genérico, hecho a toda prisa con el pan de molde frío que encontré en la enorme heladera inteligente que Farid se había encargado de abastecer. No me importaba el sabor a plástico del queso procesado, no me importaba la textura gomosa del pan solo necesitaba carbohidratos rápidos para mantener los ojos abiertos y la mente fija en las auditorías de transporte de las industrias Amarok.
Le di el último mordisco al sándwich y tomé un sorbo de café amargo sin apartar la vista de los gráficos de barras de la pantalla mi mandíbula masticaba de manera mecánica, una mera función biológica para evitar que el estómago me doliera antes de la primera junta.
Un clic sordo resonó en el fondo del pasillo, la puerta de acceso privado que conectaba directamente con el ático de Draven se abrió de par en par. No necesité levantar la vista para saber quién era el cambio instantáneo en la presión del aire y ese aroma característico a ozono y madera invernal inundaron la cocina, desvaneciendo el olor a pan tostado.
Escuché sus pasos firmes aproximarse, pero se detuvieron en seco justo en el umbral de la cocina. El silencio que siguió fue denso, cargado de una tensión que hizo que se me erizaran los vellos de la nuca.