Draven
Me quedé petrificado bajo el marco de la puerta, sintiendo cómo el aire se congelaba en mis pulmones.
Detrás de la isla de mármol, un chef de la manada que yo mismo había hecho bajar desde mi cocina privada terminaba de colocar los cubiertos de plata sobre la mesa del comedor formal. Había seguido mis instrucciones al pie de la letra, órdenes precisas que mi lobo había exigido a primera hora para recrear una normalidad que llevaba sesenta meses muerta. Sobre la mesa reposaba un desayuno de verdad, una bandeja con huevos revueltos, trozos de carne sazonada, fruta fresca recién cortada y pan artesanal de la manada. Alimento real, denso y nutritivo para comenzar el día, diseñado para el cuerpo de la mujer que amaba todo lo que ella ponia en nuestra mesa
Pero Kyra ni siquiera miraba la mesa.
Estaba encorvada sobre la barra, con la mirada clavada en el resplandor azulado de una maldita computadora portátil a las seis de la mañana, sus dedos delgados y pálidos, tecleaban sin descanso. Tenía una taza de café a medio terminar y estaba tragando el último pedazo de un sándwich de jamón corriente, limpiándose las comisuras de los labios con una servilleta de papel barata como si el acto de desayunar fuera un trámite molesto que le quitaba tiempo para trabajar.
Una punzada de dolor puro, tan aguda que me obligó a apretar los puños a los costados, me atravesó el pecho. Mi mente me traicionó, arrojándome al abismo de un pasado que parecía pertenecer a otra vida.
Hace cinco años, el desayuno en la casa de la manada era un ritual inquebrantable, Kyra detestaba que yo me despertara antes del amanecer a revisar los tratados de territorio en mi despacho. Recuerdo perfectamente cómo entraba a mi oficina a primera hora, sin llamar, apagando la pantalla de mi computadora de un manotazo antes de cruzarse de brazos con una sonrisa radiante. "El desayuno es sagrado, Alfa", me regañaba con esa voz melodiosa que solía calmar a mi bestia al instante. "Tu lobo necesita comer para el día y tus ojos humanos necesitan despertar bien. Muévete de esa silla ahora mismo". Ella disfrutaba cada bocado; se sentaba a mi lado, saboreaba las frutas de la tierra, reía con los guerreros y convertía el comedor en el corazón latiente de nuestra mañana.
Verla ahora, romper lo que alguna vez fue sagrado para ella y verla rducida a una máquina de trabajo desayunando las sobras de una despensa corporativa en completa soledad antes de que saliera el sol, fue una bofetada de realidad que me destrozó el alma. Yo la había traído aquí para castigarla por su abandono, para obligarla a mirar el imperio que dejó atrás pero la mujer que tenía enfrente ya parecía estar cumpliendo una condena perpetua dentro de su propia mente.
Kyra dio un leve respingo, pero no cerró la computadora se limitó a pasar la página del informe digital antes de girar la cabeza despacio hacia mí. Sus ojos castaños, enmarcados por sombras oscuras de puro agotamiento por haber pasado la noche en vela, me miraron con una indiferencia que me dolió más que cualquier bofetada.
Kyra soltó una risa seca, un sonido carente de alegría que me erizó la piel. Cerró la tapa de la computadora con un golpe sordo y se giró por completo en la banqueta, encarándome con los brazos cruzados sobre el pecho.
Se puso de pie, tomando su computadora portátil bajo el brazo y la taza de café vacía en la otra mano. Caminó hacia el fregadero, dejó la loza con cuidado y me miró por última vez antes de retirarse hacia el pasillo para terminar de vestirse para la oficina.
Me quedé solo en medio de la cocina de mármol, con el aroma del pan artesanal enfriándose en la mesa formal y el eco de sus palabras flotando en el aire como una sentencia. Mi lobo bajó la cabeza en el fondo de mi mente, gimiendo de pura frustración. Tenía a mi Luna físicamente debajo de mi techo, atada por mis leyes y mis recursos, pero la distancia que nos separaba ahora era un océano de hielo que el dinero de mi imperio jamás podría comprar.