Kyra
El vestíbulo del piso cuarenta de las industrias Amarok estaba sumido en esa tensa calma que precede a las tormentas corporativas eran apenas las siete y media de la mañana. Entré arrastrando los pies, pero con la espalda rígidamente erguida, sosteniendo una carpeta de cuero con los informes de viabilidad que había terminado de corregir en mi noche de desvelo. El aire acondicionado del edificio ya funcionaba a máxima potencia, arrastrando el aroma helado a ozono y pino que delataba la presencia de Draven en el ala ejecutiva
Mis compañeras de recepción me miraron con una mezcla de alivio y absoluta curiosidad cuando me senté detrás de mi escritorio de cristal. Ninguna sabía que venía directamente del complejo residencial de nuestro nuevo jefe, ni que dormía o intentaba hacerlo en su ático. Para ellas, yo seguía siendo Kyra Grainyer, la asistente que milagrosamente había sobrevivido al primer día del temido Alfa.
No alcancé a abrir el sistema de archivos cuando el tintineo agudo del ascensor privado rompió el silencio del pasillo. Las puertas de acero inoxidable se abrieron de par en par y un aroma empalagoso, denso y artificial a vainilla y laca para el cabello inundó el espacio de inmediato, chocando de frente con la pulcritud del ambiente corporativo.
Era Chelsy.
La prometida de Draven entró al piso pisando con una fuerza desmedida, haciendo que sus tacones de aguja de diseñador resonaran contra el suelo de mármol como disparos. Vestía un abrigo de piel sintética de un blanco inmaculado a pesar del clima templado de la mañana, y llevaba unas gafas de sol oscuras que se retiró con un gesto teatral en cuanto localizó mi escritorio. Detrás de ella, dos asistentes humanos de la manada cargaban bolsas de boutiques de lujo y un enorme arreglo de orquídeas blancas que parecía costar más que mi sueldo mensual.
Las conversaciones de los pocos empleados que habían llegado temprano se extinguieron al instante. Lucía bajó la cabeza de inmediato, fingiendo teclear en su teléfono del conmutador.
Los hombres obedecieron en silencio, Chelsy volvió a clavar sus ojos en mí, recorriendo mi blusa sencilla y las profundas ojeras que mis intentos de maquillaje no habían logrado ocultar. Dio un paso lateral, rodeando la barra de recepción hasta quedar a mi lado, invadiendo mi espacio de trabajo con una familiaridad insultante.
El dolor fue un pinchazo agudo en mi estómago, no por sus palabras sino por la humillación pública de tener que soportar su arrogancia en el lugar donde me había costado cinco años construir una reputación de paz, Chelsy estaba marcando territorio frente a toda la oficina, dejando claro ante los empleados quién poseía al Alfa y quién era simplemente la sirvienta legalmente encadenada.
Chelsy entrecerró los ojos, sus fosas nasales dilatándose ligeramente mientras su instinto lobuno captaba la absoluta falta de sumisión en mi respuesta. Levantó una mano, dispuesta a golpear el cristal de mi escritorio para amedrentarme, cuando la pesada puerta doble de la presidencia se abrió con un chasquido seco.
Draven apareció en el umbral, impecable, con un traje negro que resaltaba su imponente metro noventa. Su mirada gris recorrió la escena en un segundo, deteniéndose en la cercanía física de Chelsy hacia mí y en la tensión que flotaba en el aire.