Draven
La sola visión de Chelsy invadiendo el cubículo de Kyra me encendió la sangre, mi lobo mostró los dientes en el fondo de mi mente, respondiendo al rastro químico de la agresión que la rubia desprendía en mi propio territorio. Kyra estaba inmóvil frente a su monitor, con la espalda tan rígida que parecía de piedra y las manos ocultas bajo el escritorio, sosteniendo una compostura humana que a mí me costaba un esfuerzo monumental mantener.
Chelsy dio un sutil respingo y se giró hacia mí. Cambió su mueca de desprecio por una sonrisa ensayada en menos de un segundo, acomodándose el abrigo de piel sintética blanca sobre los hombros.
Deslicé mi brazo fuera de su agarre con un movimiento lento y deliberado, dándole una mirada gélida que la hizo retroceder un paso. La presión de mi aura de Alfa cayó sobre el piso cuarenta como una losa de cemento, advirtiéndole que había cruzado una línea al ventilar los asuntos de la manada frente a los civiles. No iba a armar un espectáculo político que destruyera la fachada corporativa que tanto nos había costado consolidar ante el mundo humano.
Chelsy infló los labios con suficiencia, dedicándole una última mirada de triunfo a Kyra antes de caminar hacia mi oficina con el balanceo altanero de sus tacones de aguja. Sabía que ante los ojos del personal, ella seguía siendo la mujer con el pase libre a mi espacio sagrado.
Cuando la puerta se cerró detrás de ella, me giré despacio hacia el cubículo de recepción. El silencio en la planta ejecutiva volvió a ser absoluto.
Kyra seguía en la misma posición había levantado la barbilla, sosteniéndome la mirada con esos ojos castaños cargados de un resentimiento gélido que me quemaba las entrañas. No se había doblegado ante Chelsy pero el hecho de que mi prometida de manada hubiera venido a marcar territorio en su espacio laboral y que yo la hubiera enviado directamente a mi oficina privada, había dejado una herida abierta en su orgullo civil. Ella pensaba que la estaba protegiendo a ella y que estaba validando el estatus de la rubia.
Mi lobo me exigía disculparme, estrecharla contra mi pecho y recordarle a todo el edificio a quién le pertenecía el título real de Luna pero el resentimiento de los últimos cinco años y mi necesidad de quebrantar su terquedad humana me arrastraron en la dirección opuesta. Tenía que recordarle quién dictaba las reglas en este tablero.
Vi el milimétrico parpadeo de sorpresa en sus ojos, seguido de una chispa de furia fría que encendió sus pupilas sus labios se apretaron en una línea delgada. Aceptaba la humillación laboral porque el contrato blindado no le dejaba otra opción, pero su dignidad permanecía intacta.
Se puso de pie, caminó hacia el cuarto de servicio del pasillo y regresó un minuto después con un paño de limpieza. Con movimientos lentos, eficientes y deliberados, se arrodilló sobre el mármol para secar las gotas de agua acumuladas cerca del gran arreglo de orquídeas blancas. Verla ahí abajo, con su blusa blanca y su falda gris, cumpliendo una tarea tan indigna bajo la mirada de la oficina mientras mi prometida se encontraba cómodamente dentro de mi despacho, me revolvió el estómago de culpa pero mi rostro permaneció como una máscara de piedra.
En cuanto terminó, se levantó, arrojó el paño en el contenedor y tomó la carpeta de cuero con los informes que había estado procesando en la madrugada.