Kyra
El peso de la carpeta de cuero negro entre mis dedos se sentía como plomo puro, sostuve el aire en mis pulmones un segundo antes de empujar las puertas dobles de la presidencia. El aroma a ozono de Draven se mezclaba de forma asfixiante con la pesada estela de vainilla de Chelsy.
Al entrar la escena me revolvió el estómago, Chelsy estaba sentada con total suficiencia en uno de los sillones de cuero italiano, cruzando sus piernas delgadas y balanceando un tacón de aguja con absoluta parsimonia. Draven por su parte, ya ocupaba su lugar detrás del imponente escritorio, su mirada gris se clavó en mí en cuanto di el primer paso evaluando mi postura, buscando el menor rastro de quiebre.
Avancé con paso firme, no iba a arrastrar los pies ni a bajar la cabeza me detuve frente al escritorio, ignorando olímpicamente la presencia de la rubia a mi izquierda.
Antes de que Draven pudiera siquiera tocar el documento, una risita aguda y condescendiente cortó el aire del despacho.
Draven tensó la mandíbula de inmediato, un brillo ámbar peligroso y contenido, destelló en el fondo de sus ojos grises. Estaba a punto de hablar, de imponer su voz de Alfa para acallarla, pero yo no le di la oportunidad cinco años en el mundo corporativo humano me habían enseñado que el silencio ante un ataque directo solo valida la agresión y yo ya no era la chiquilla indefensa de la manada.
Me giré lentamente hacia ella, plantándole cara con una serenidad fria que pareció descolocarla.
Chelsy abrió la boca, indignada por mi respuesta pero la interrumpí antes de que pudiera articular palabra. Di un paso hacia su sillón, sosteniéndole una mirada que no flaqueó ni un milímetro.
La oficina se sumió en un silencio tan denso que el zumbido del aire acondicionado pareció apagarse, el rostro de Chelsy pasó del desprecio a una completa estupefacción no se esperaba que una simple empleada humana le hablara con semejante nivel de audacia, y mucho menos que despreciara abiertamente al Alfa que ella tanto se esmeraba en retener.
Miré a Draven, su rostro se había transformado en una máscara de pura furia salvaje sus manos apretaban los bordes del escritorio con tanta fuerza que la madera crujió bajo la presión de sus dedos el aura de Alfa que desprendía en ese momento era tan violenta que vi a Chelsy encogerse instintivamente en su asiento, aterrorizada por la bestia que yo acababa de desatar sin usar una sola mala palabra.
Había puesto mis cartas sobre la mesa ya no era su Luna, no quería su dinero y estaba desesperada por escapar de su jaula que prefería mul veces aliarme con su odiada prometida antes que pasar un minuto más bajo su yugo, ese era el peor golpe que su orgullo de Alfa podía recibir.