Draven
Un crujido seco y violento resonó en la oficina cuando las fibras de la madera de caoba cedieron bajo la presión de mis manos. Mi lobo arañaba las paredes de mi mente, rugiendo con una furia tan primitiva que el dolor me nubló la vista por completo, los ojos me ardían, el gris humano completamente devorado por un ámbar brillante y salvaje que ya no me molesté en contener.
¿En deuda con ella? ¿Aliarse con Chelsy para comprar su libertad?
Cada palabra de Kyra había sido un dardo envenenado directo a mi orgullo de Alfa pero principalmente a mí lobo, una humillación calculada frente a la mujer que se suponía debía respetarme por encima de todo. Verla allí de pie, con su blusa blanca perfectamente planchada, mirándome con esos ojos castaños llenos de un desprecio gélido, prefiriendo el destierro absoluto antes que tolerar mi cercanía, me destrozó las últimas defensas.
Mi voz no fue la de un director ejecutivo, fue un rugido de Alfa cargado de tanto poder y vibración que los cristales del ventanal temblaron sutilmente.
Chelsy dio un salto en el sillón de cuero, ahogando un grito de terror. El color abandonó su rostro al instante, sus instintos de loba surgieron obligándola a encoger los hombros y bajar la cabeza ante la bestia desatada que tenía enfrente.
Chelsy no esperó una tercera advertencia, se levantó a trompicones con los ojos llenos de lágrimas de puro miedo y humillación pública y corrió hacia las puertas dobles, dejándolas abiertas de par en par en su huida.
Escuché el clic definitivo del pestillo a la distancia, estábamos solos. La asfixiante estela de vainilla se disipó rápido, dejando únicamente el aroma puro a jazmín de Kyra, que se agitaba en el aire debido a sus latidos desbocados. Estaba asustada sus pulmones humanos subían y bajaban con rapidez, pero se negó a retroceder, mantuvo la barbilla en alto, desafiándome con su sola existencia.
Rodeé el escritorio con zancadas rápidas y pesadas, deteniéndome a escasos centímetros de ella. La presión de mi aura cayó sobre sus hombros como una losa de cemento, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para sostener mi mirada ambarina.
Mi lobo gimió en mi pecho ante el rastro de sufrimiento crudo en su voz. Quería enterrar mi rostro en su cuello, lamer sus lágrimas y rogarle que me explicara qué demonios creía haber visto hace cinco años pero mi orgullo herido y la furia de ver cómo se me escapaba de las manos me cegaron.
Me aparté bruscamente, dándole la espalda para mirar por el gran ventanal ocultando el hecho de que verla llorar me estaba destrozando por dentro. Escuché el sonido de sus pasos apresurados alejándose hacia la salida y el suave chasquido de la puerta. Me quedé solo en la inmensidad de la presidencia, con los nudillos ensangrentados por el golpe en la pared y el alma más rota que nunca.