Farid
El centro de comando de seguridad en el sótano dos de la Amarok Tower funcionaba con la pulcritud de un quirófano. Las pantallas de alta definición parpadeaban en azul, reflejando hilos de datos y transmisiones de cámaras en tiempo real de todo el imperio corporativo como Beta de la manada, mi deber no era solo proteger las fronteras físicas del territorio, sino también blindar las verdades que el Alfa necesitaba para mantener el control.
Y ahora mismo, Draven se estaba desmoronando por una verdad que no podíamos ver.
Me senté frente a la terminal principal, aflojándome la corbata oscura. El eco del rugido de Draven en el piso cuarenta aún resonaba en mis canales auditivos. La tensión entre el Alfa y su Luna humana había cruzado la línea de lo manejable, la bestia de Draven estaba herida, ciega de celos y rabia y una bestia en ese estado suele cometer errores fatales.
Comencé por lo obvio, el punto cero. La noche de su huida, hace exactamente sesenta meses, introduje sus datos biométricos básicos, su número de seguro social original, sus registros de conducción y las cuentas bancarias que utilizaba antes de desaparecer del territorio de la manada. Mi plan era simple seguir el rastro del dinero, las transacciones de gasolina o los boletos de autobús que una humana corriente necesitaría obligatoriamente para cruzar el continente y sobrevivir.
La pantalla parpadeó, tres segundos de carga. Luego, un cuadro de diálogo rojo cruzó el monitor: Búsqueda sin resultados. Archivo inexistente.
Fruncí el ceño, tecleé de nuevo expandiendo los parámetros de búsqueda a las cámaras de tráfico estatales de las rutas de salida de la manada de aquella noche de tormenta. Nada. No había registros de su vehículo saliendo de los límites del pueblo, era como si el auto se hubiera evaporado en el aire.
Salté al primeraño de su ausencia. Busqué registros fiscales, contratos de alquiler, recibos de luz, cualquier cosa asociada a su nombre o a las variantes que una prófuga humana pudiera usar en los registros civiles. El sistema encriptado de la manada, conectado a las redes de inteligencia más avanzadas del país, continuaba devolviendo pantallas en blanco.
No había historial crediticio durante los primeros catorce meses, no había registros de empleo, no había facturas médicas iniciales, no había absolutamente nada.
Sentí que un frío puramente instintivo me recorría la nuca, Kyra era una humana común y corriente, no poseía la capacidad de los licántropos para correr por los bosques sin dejar huellas, ni el entrenamiento militar para evadir el rastreo satelital, ni la fortuna económica para pagar identidades falsas de alto nivel en el mercado negro. Los humanos siempre dejan un rastro de migajas de pan digitales, son adictos a registrar su existencia en el sistema.
Pero Kyra Grainyer era un fantasma, un vacío absoluto en la red.
Su historial no parecía el de alguien que se estaba escondiendo con astucia, parecía el de alguien que había sido borrado sistemáticamente por una fuerza superior, alguien con un inmenso poder político o financiero había tomado el primer año y medio de la huida de Kyra y le había colocado un sello de aislamiento total, una bóveda digital impenetrable para el ojo público.
Apreté los dientes, sintiendo la creciente gravedad de la situación. Si la huida de Kyra había sido protegida por un poder oculto, las acusaciones de Draven sobre una simple cobardía o un berrinche empezaban a tambalearse. Había algo mucho más oscuro y complejo detrás de esa pequeña caja metálica gris que ella protegía con su vida en el piso.
Tomé mi teléfono cifrado y tecleé un comando directo para contactar a nuestros informantes en el submundo de la inteligencia digital humana, iba a costar una fortuna en sobornos y favores políticos, pero necesitaba romper ese sello. Si Kyra Grainyer era un fantasma, yo iba a convertirme en el exorcista que obligaría a sus secretos a hablar, antes de que la ignorancia de Draven terminara por destruir lo último que quedaba de nuestra manada.