Kyra
La sala de juntas del piso cuarenta, ahora era una obra maestra de la intimidación corporativa. Una mesa elíptica de granito negro ocupaba el centro, rodeada por doce sillas de cuero donde ya se acomodaban los inversores más importantes del sector de transporte. El ventanal a mis espaldas dejaba entrar la luz abrasadora de las dos de la tarde, proyectando reflejos afilados sobre el cristal de las tabletas y las copas de agua.
Yo permanecía de pie en el extremo de la mesa, con mi americana gris bien abotonada y un puntero digital entre los dedos. El zumbido del proyector llenaba el silencio sepulcral de la habitación.
Los inversores asentían, anotando datos. Para ellos, la presentación era un éxito rotundo pero para mí, cada palabra que salía de mi boca era una prueba de supervivencia. La razón no eran los números, sino el hombre sentado en la cabecera de la mesa.
Draven no había pronunciado una sola palabra desde que comenzó la reunión. Permanecía ligeramente reclinado en su silla, con las manos entrelazadas sobre su regazo y un bolígrafo de plata entre los dedos. Su traje negro parecía absorber la luz de la tarde, pero lo verdaderamente asfixiante era su mirada esos ojos grises, fijos y felinos, no se habían apartado de mi rostro ni un solo segundo.
No miraba los gráficos, no miraba a los inversores me miraba a mí.
Era una vigilancia visual absoluta, pesada y posesiva que se me clavaba en la piel como agujas de hielo, su mirada recorría la línea de mi mandíbula, el movimiento de mis labios al hablar y la forma en que mis dedos apretaban el puntero. Podía sentir el calor invisible de su atención barriendo mi blusa blanca, registrando el pulso acelerado en mi cuello que delataba mi nerviosismo. Draven estaba usando su imponente presencia física para recordarme, frente a todos que aunque yo me escudara en datos fiscales y tecnicismos, seguía estando bajo su completo control.
Un sudor frío me resbaló por la nuca, pero me obligué a no flaquear. Cambié la diapositiva con un toque del pulgar.
Él apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia delante, acortando la distancia visual entre los dos. Sus ojos grises se oscurecieron, brillando con una fijeza peligrosa que evocaba a la bestia que llevaba dentro. El aroma a ozono y pino invernal pareció intensificarse en mi dirección, disolviendo el olor a alfombra nueva de la sala de juntas. Me estaba presionando psicológicamente, disfrutando de mi resistencia midiendo hasta dónde llegaba mi orgullo antes de quebrarse bajo el peso de su escrutinio.
Sus palabras eran una pregunta corporativa válida, pero el tono bajo y arrastrado en el que las pronunció era una clara demostración de poder. Me estaba retando a demostrar que era tan eficiente como afirmaba, obligándome a interactuar directamente con él frente a su junta.
Tragué el nudo de mi garganta y sostuve su mirada con toda la frialdad que logré reunir.
Draven entreabrió los labios en una sonrisa gélida y ladina que me erizó los vellos de los brazos. Asintió despacio, pero sus ojos no me soltaron.
Terminé la junta veinte minutos después con las manos heladas y el corazón latiéndome en los oídos. En cuanto los inversores comenzaron a ponerse de pie, despidiéndose con apretones de manos y comentarios elogiosos, apagué el proyector a toda prisa. Necesitaba salir de esa habitación, escapar de la asfixia de sus ojos grises antes de que las paredes terminaran de cerrarse sobre mí pero mientras guardaba mi tableta en la carpeta de cuero, la silueta de Draven se interpuso entre la puerta de salida y mi escritorio, bloqueando mi único camino de escape con la parsimonia de un lobo que espera a que la madriguera se quede vacía.