Cicatrices De Luna. El Retorno Del Alfa

CAPITULO 25

Kyra

El restaurante privado estaba ubicado en el ático de un exclusivo club empresarial a pocas cuadras de la corporación. El espacio era el epítome del lujo minimalista, mesas de madera noble muy separadas entre sí para mantener la privacidad de sus comensales, música clásica en un hilo apenas audible y una vista panorámica de la ciudad protegida por cristales ahumados. Draven se había asegurado de reservar la zona más apartada, un rincón envuelto en penumbras donde los camareros se desplazaban como sombras, hablando en susurros.

Frente a mí, un plato de salmón grillado con espárragos y una ensalada de cítricos lucía impecable. Mis equipos corporativos seguían confiscados dentro del maletín de cuero negro que Draven había dejado en la silla contigua a la suya. Me sentía desnuda sin mi computadora, desarmada sin los balances fiscales que me servían de escudo.

Tomé el tenedor con dedos rígidos y corté un trozo minúsculo de pescado. Lo llevé a mi boca, masticando con una lentitud mecánica y repetí el movimiento un par de veces de manera mecánica El sabor era exquisito, pero mi estómago, cerrado por el nudo de la fatiga, la costumbre de ser alimentado por pequeños bocados y la asfixia de su presencia, protestó de inmediato. Dejé el cubierto sobre la porcelana con un tintineo sordo. Habían pasado quince minutos y apenas había tocado la comida.

Draven, que observaba cada uno de mis movimientos desde el otro lado de la mesa sin haber probado casi nada de su propio plato de carne, entrecerró sus ojos grises. El sutil remanente ámbar de su lobo brilló bajo la luz tenue de la lámpara de diseño.

  • Has dado tres bocados, Kyra - su voz descendió a un registro bajo pero firme, una vibración que traspasó la mesa y me golpeó directamente en el pecho - Te lo advertí en la cocina y te lo repito aquí, no voy a permitir que te destruyas el cuerpo solo para demostrarme que puedes ser una máquina eficiente. Come.
  • No tengo hambre, señor Amarok - respondí, cruzando las manos sobre mi regazo, forzando a mi voz a mantener esa monotonía civil que tanto parecía irritarle + Mi cuerpo procesa el estrés de manera diferente a la de su especie, obligarme a tragar no va a mejorar mi rendimiento de la tarde. Devuélveme mis equipos y regresemos a la oficina.

Draven no respondió con palabras, en su lugar se inclinó hacia delante y tomó su propio tenedor. Con una calma que me congeló la sangre, cortó un trozo perfecto del salmón de mi plato, lo untó ligeramente en la reducción de eneldo y lo levantó en el aire, acortando la distancia entre nosotros.

  • Draven, ¿qué crees que haces? -susurré, sintiendo que el pánico regresaba. Miré de reojo hacia los lados, temerosa de que algún mesero o inversor viera semejante escena de intimidad forzada.
  • Si tengo que alimentarte como a una cachorra indefensa para asegurarme de que no te desmayes, lo haré - siseo posando sus ojos fijos en mis labios - Abre la boca, Kyra. Sabes perfectamente que no me importa armar un espectáculo aquí si me desafías.

La distancia física entre nosotros pareció disolverse. El aroma a ozono y bosque húmedo que desprendía su piel se intensificó, borrando el olor a comida refinada del restaurante, envolviéndome en una burbuja asfixiante y puramente territorial. Sus ojos grises dictaban una orden implícita que mi sistema biológico reconoció de inmediato. La intimidad forzada de su gesto, la cercanía de su mano y el recuerdo lejanísimo de las mañanas en la manada, donde él solía robar comida de mi plato solo para hacerme reír, me golpearon con la fuerza de un mazo.

Tragué saliva, sintiendo que el calor subía por mi cuello. Sabiendo que era capaz de cumplir su amenaza de cruzar el espacio y sentarse a mi lado para obligarme, cedí. Me incliné ligeramente hacia delante y acepté el bocado de su tenedor.

El trozo de salmón se deshizo en mi boca. Masticé despacio, con los ojos clavados en los suyos. Draven ensanchó sus labios en una sonrisa de triunfo pero sus pupilas se dilataron, delatando que ver mi sumisión temporal había apaciguado momentáneamente a la bestia que llevaba dentro. Volvió a cortar otro trozo, repitiendo el proceso con una lentitud tortuosa, transformando un almuerzo impuesto en un peligroso juego de dominación y erotismo contenido.

Cada vez que sus dedos rozaban accidentalmente mis labios al limpiar cualquier residuo de comida, un escalofrío de pura electricidad me recorría la espina dorsal. Odiaba mi fragilidad humana, odiaba que mi cuerpo recordara su tacto con tanta precisión, pero en la penumbra de ese restaurante privado, rodeada por sus cadenas legales y el peso de su mirada, me di cuenta de que la atracción salvaje que nos había unido en el pasado seguía viva debajo del hielo, esperando el menor descuido para devorarme por completo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.