Farid
El sonido nítido del ascensor privado rompió el silencio tenso que reinaba en los pasillos de la planta ejecutiva. Me mantuve de pie a unos metros de las puertas de acero inoxidable, con los brazos cruzados a la espalda y la tableta digital firmemente sujeta contra mi costado. Había pasado las últimas horas sumergido en las redes más oscuras del submundo digital, y lo que había encontrado, o mejor dicho lo que no había podido encontrar requería la atención inmediata del Alfa.
Las puertas se abrieron con un tintineo sordo. Draven salió primero, con su imponente altura cortando el aire, portando el maletín de cuero de Kyra. Justo un paso por detrás avanzaba ella, Kyra se veía pálida, con la mirada fija en el suelo alfombrado, pero el rastro químico que ambos desprendían al entrar al pasillo hizo que mis instintos de Beta se pusieran en alerta máxima.
Había una estela densa de ozono y jazmín fuertemente entrelazados. La intimidad forzada de ellos había alterado el ambiente, el lobo de Draven estaba momentáneamente apaciguado, saciado por una sumisión que yo sabía perfectamente que él le había impuesto a la fuerza, mientras que el aroma de Kyra denotaba una fatiga que rayaba a un paso del agotamiento absoluto.
Me cuadré de inmediato, bajando ligeramente la cabeza en una reverencia que iba dirigida estrictamente a ella, reconociendo el linaje y el estatus que ninguna ley humana podría borrar.
Kyra se detuvo en seco, vi cómo sus hombros se tensaban bajo la americana gris y una chispa de dolor antiguo cruzó sus ojos castaños antes de que se transformaran en dos témpanos de hielo. Se giró hacia mí, sosteniéndome la mirada con una firmeza que me descolocó.
Draven contuvo el aliento a mi lado, sus ojos grises encendiéndose en un ámbar peligroso ante el tajante rechazo de Kyra de aceptar el lugar que le correspondía como pareja predestinada del Alfa. Ella no esperó a ver nuestra reacción, le arrebató el maletín de cuero de la mano a Drake con un gesto cortante y caminó con paso firme hacia su escritorio de cristal. En cuanto estuvo fuera del alcance de nuestros oídos licántropos, di un paso al frente, interceptando a Draven antes de que cruzara el umbral de la presidencia.
Draven entrecerró las pupilas, captando la rigidez en mi postura. Asintió con la cabeza y empujó las puertas dobles de su oficina. Entré detrás de él y esperé a que el pestillo encajara con su clic definitivo antes de encender la pantalla de la tableta y colocarla sobre el escritorio de caoba.
Draven frunció el ceño, acercándose al escritorio para examinar los gráficos en blanco. Una de sus manos se cerró en un puño.
Draven se quedó inmóvil, sus manos se apoyaron en el borde de la madera y vi cómo su mandíbula se tensaba tanto que un sutil temblor recorrió sus hombros. El color gris de sus ojos comenzó a ceder ante el ámbar salvaje de su lobo, que despertaba de golpe ante la amenaza de lo desconocido.
Draven no respondió de inmediato. Se giró despacio hacia el gran ventanal, observando el horizonte de la ciudad iluminado por la luz de la tarde. Su respiración se volvió pesada, violenta. Las acusaciones de cobardía que le había escupido a la cara esa misma mañana empezaban a agrietarse ante una realidad mucho más oscura. La pequeña caja metálica gris que Kyra protegía con su vida en el piso inferior y el misterio de su huida ya no eran solo un drama personal, eran las piezas de una conspiración que le había arrebatado a su Luna ante sus propios ojos y el depredador dentro de él acababa de oler la sangre de los culpables.