Draven
Las luces de la ciudad centelleaban tras los cristales del piso treinta y nueve, proyectando un entramado de sombras sobre el suelo de mármol. Crucé la puerta de acceso privado desde mi ático sin hacer el menor ruido. Eran las tres de la mañana. Mi lobo caminaba de un lado a otro en los confines de mi mente, espoleado por una impaciencia feroz que la revelación de Farid había transformado en una obsesión peligrosa.
Un sellado gubernamental, una bóveda digital construida a la medida de una humana frágil que no poseía dinero, influencias ni aliados poderosos.
Encontré a Kyra en su habitación, no estaba trabajando estaba sentada en el piso con las piernas encogidas contra el pecho y la pequeña caja metálica gris firmemente sujeta entre sus brazos. Estaba ida en ese mundo que yo no tenía entrada, aquella caja metálica era su ancla ahora. La observé por largo rato mientras ella parecía acunarla, termine de abrir la puerta y al escucharla, se tensó. Sus ojos castaños se clavaron en mí, cargados de esa desconfianza que se había convertido en su nueva armadura.
Me quité el saco del traje y lo arrojé sobre una silla, desabrochando los dos primeros botones de mi camisa. La presión de mi presencia comenzó a llenar el espacio. Me detuve a un metro de ella, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para sostener mi mirada.
Kyra no parpadeó, pero vi el milimétrico temblor que recorrió sus dedos sobre el metal de la caja.
El color comenzó a abandonar sus mejillas con una rapidez alarmante, se quedó completamente inmóvil, pero no emitió un solo sonido.
Kyra no me respondió, ni una sola palabra salió de sus labios. En lugar de gritar o defenderse, guardó un silencio sepulcral, pero su cuerpo comenzó a reaccionar de una manera que me congeló la sangre. Se levantó, sus ojos castaños, fijos en los míos, se desconectaron por completo del presente. Sus pupilas se dilataron tanto que el iris casi desapareció, y su mirada se volvió vidriosa, perdida en el vacío absoluto de su propia mente. Se había sumergido de golpe en un abismo de recuerdos al que yo no tenía invitación.
A mi alrededor, el aroma a jazmín de su piel mutó en un segundo, volviéndose agrio, saturado por el rastro químico de un terror biológico tan puro que mi lobo retrocedió, desconcertado.
Empezó a hiperventilar, mientras sus manos se aferraban a esa caja volviendo sus nudillos blancos, sus pulmones de pronto buscaban aire en bocanadas cortas, rápidas y asfixiantes que deformaban su pecho bajo la blusa. Sus manos aferradas a la pequeña caja gris, comenzaron a temblar con tal violencia que el metal tintineó de forma errática contra sus anillos. Luego, de manera casi instintiva, soltó la caja. El cofre cayó sobre la cama mientras ella parecía perderse en una parte de su vida que la devoraba.
Ella no me escuchaba, estaba atrapada en la noche de su propia memoria. Un sudor frío le empapó la frente y sus dientes comenzaron a chocar entre sí debido a un temblor generalizado. Llevó una mano a su cabeza, enterrando los dedos en su cabello, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas que rodaban sin control por sus mejillas pálidas, todo en un mutismo absoluto. No había gritos, no había reproches solo la manifestación física de un trauma devastador que la estaba devorando viva por dentro.
Sus piernas flaquearon. Su cuerpo, exhausto por el desvelo y destrozado por la crisis psicológica que mis preguntas habían desatado, cedió por completo. Se desplomó hacia el suelo de mármol.
Mi lobo reaccionó antes que mi mente, crucé la distancia en un milisegundo, deslizándome para atrapar su cuerpo antes de que se golpeara. La estreché contra mi pecho, sintiendo el temblor violento de sus extremidades y sus latidos desbocados, un golpeteo agónico contra mis costillas.
Sostenerla así, tan pequeña, tan humana y tan rota, sin haber obtenido una sola respuesta de su boca, hizo que mi mundo se tambaleara. El misterio de su huida y el vacío de su primer año no eran una traición corporativa ni un simple berrinche, era un secreto de sangre que la hacía colapsar con solo rozarlo. Mi mano se posó protectoramente sobre la suya y la culpa comenzó a filtrarse en mis venas como el peor de los venenos al darme cuenta de que, en mi ignorancia, acababa de empujar a mi Luna al borde del abismo.