Draven
Las cuatro de la mañana. El silencio en el ático de la Amarok Tower era una losa pesada que ni siquiera el sordo rumor de la ventilación lograba disipar. Me encontraba de pie frente al ventanal panorámico, con la mirada perdida en las luces de la ciudad, que a esta hora comenzaban a parpadear como estrellas moribundas. Tenía un vaso de whisky en la mano derecha, intacto, el hielo derretido hacía rato convirtiendo el licor en un charco ámbar insípido.
Mi lobo no me dejaba descansar. Caminaba en círculos concéntricos en el fondo de mi mente, con el pelaje erizado y las orejas gachas, emitiendo un gemido sordo y agónico que me hacía vibrar las costillas. No era la furia territorial que me había dominado por la mañana, era algo mucho peor. Era el rastro químico del miedo de Kyra, ese aroma a jazmín marchito y ceniza que se me había quedado pegado en la piel de las manos cuando la sostuve en el suelo del piso inferior.
"No me toques, Draven. Aléjate de mí"
Sus palabras seguían repitiéndose en mi cabeza, cortantes como navajas de afeitar. Cerré los ojos y volví a ver la escena bajo la luz de la luna, su rostro desprovisto de color, sus pupilas dilatadas en un delirio que no pertenecía a este lugar y esa mano humana, temblorosa, hundiéndose en la tela de su faldap. No había sido una actuación, no había sido un desprecio calculado para herir mi orgullo. Había sido un acto reflejo de pura supervivencia biológica, la reacción de una criatura que intenta ocultar una herida de muerte antes de que el depredador la note.
¿Qué pasó en ese primer año? ¿Qué le hicieron a mi humana mientras yo me desangraba en el suelo de la manada, ciego de rencor por un lazo agrietado?
La culpa comenzó a filtrarse en mi sistema como un veneno lento, quemándome las entrañas. La había acusado de cobarde, la había llamado ladrona. Había comprado una maldita empresa de transportes y estaba usando la empresa para encadenarla a mi servicio directo y obligarla a arrodillarse ante mis recursos y mientras yo jugaba a los tiburones financieros, ella cargaba con un fantasma tan denso que la hacía colapsar con solo rozar el recuerdo. El vacío... la forma en que apartó mis dedos como si mi tacto la quemara...
Un gruñido sordo, espeso y cargado de una frustración salvaje escapó de mi garganta. Estrellé el vaso de whisky contra la pared de mármol negro a mi izquierda. El cristal se pulverizó en mil pedazos, salpicando el suelo, pero el estallido apenas logró acallar los gritos de mi propia conciencia.
Saqué mi teléfono del bolsillo y presioné la línea directa de Farid. No me importaba la hora. Un Alfa no duerme cuando su territorio está plagado de sombras que no puede controlar.
Menos de tres minutos después, las puertas del ascensor privado se abrieron y Farid cruzó el umbral. El Beta vestía una playera negra sencilla, despojado del traje de la oficina, pero su semblante permanecía tan imperturbable como siempre. Sus ojos recorrieron las manchas de licor en la pared y los cristales rotos antes de fijarse en mí.
Farid entrecerró los ojos, sosteniéndome la mirada con la seriedad que su rango le permitía.
Farid permaneció inmóvil bajo mi agarre, evaluando la mirada ambarina y salvaje que dominaba mis facciones. Tras dos segundos cruciales, asintió despacio. Solté su ropa y él dio un paso atrás, acomodándose la prenda con un gesto pausado.