Cicatrices De Luna. El Retorno Del Alfa

CAPITULO 30

Draven

La luz del amanecer terminó de teñir el ático de un gris frío y metálico. No había pegado un solo ojo en toda la noche. El eco de los latidos desbocados de Kyra y el rastro de su aroma agrio por el pánico seguían flotando en la planta inferior, filtrándose por los conductos de la torre hasta torturar los instintos de mi lobo.

Dejé el portapapeles digital sobre la mesa auxiliar y tomé una decisión definitiva. No iba a dejarla sola en el piso treinta y nueve, no después de ver cómo su cuerpo colapsaba bajo el peso de un fantasma que yo aún no podía darle nombre. La distancia física, incluso la de un solo piso de diferencia, era un lujo que mi necesidad de protección y control ya no se podía permitir.

  • Farid - llamé por el intercomunicador interno, mi voz saliendo áspera desgastado por la vigilia - Sube con dos hombres del equipo de seguridad. Vamos a reubicar a Kyra ahora mismo.
  • ¿Volverá a su apartamento, Alfa? - preguntó la voz de mi Beta, con su habitual tono neutral.
  • No. A mi habitación - ordené de forma tajante, sin espacio para réplicas - Traigan sus pertenencias esenciales del piso inferior. Especialmente la caja gris. Quiero todo en mi ala privada antes de que ella despierte.

Subí los escalones hacia mi dormitorio principal, un espacio inmenso dominado por una cama King Size vestida de hilos oscuros, paredes de concreto pulido y ventanales blindados. Este era el núcleo de mi territorio, el lugar donde mi lobo dormía y donde, traerla aquí no era un movimiento corporativo, era una reclamación absoluta. Si su mente estaba atrapada en un abismo legal y médico que la estaba matando, yo la mantendría en mi propia cama, bajo mi guardia directa, las veinticuatro horas del día.

Bajé al piso treinta y nueve junto a Farid y los ejecutores. Entré a su habitación con pasos silenciosos.

Kyra permanecía sumida en un sueño profundo y pesado, el letargo absoluto en el que caen los humanos cuando su sistema nervioso colapsa por completo. Tenía el rostro pálido, con finas líneas de tensión alrededor de los ojos y un mechón castaño pegado a la frente por el sudor frío de la madrugada. Se veía tan frágil, tan desarmada entre las sábanas blancas, que mi lobo bajó las orejas, emitiendo un gemido sordo.

Señalé con la mirada las maletas que los hombres debían tomar. Mis ojos se clavaron de inmediato en la mesa de noche. Allí estaba la pequeña caja metálica gris.

  • Yo me llevo eso - le siseé a Farid, tomando el cofre de hierro con mis propias manos. El metal se sentía frío, un recordatorio físico de que esta chatarra humana contenía el secreto de su sangre.

Me acerqué a la cama, me deslicé con cuidado y pasé mis brazos por debajo de su cuerpo. Al levantarla, Kyra soltó un suspiro ahogado y su cabeza cayó de forma natural contra el hueco de mi cuello. Su aroma a jazmín, aunque debilitado, me golpeó de frente, envolviendo mis sentidos. No pesaba casi nada. Su fragilidad humana era una constante bofetada a mi poder de Alfa, era la criatura que yo podía aplastar con una sola mano pero que tenía el control absoluto sobre mi cordura.

Caminé con paso firme hacia el ascensor privado, subiendo los pisos hasta mi ala residencial. Deposite su cuerpo con extrema lentitud en el centro de mi enorme cama, acomodando las mantas oscuras alrededor de sus hombros para resguardarla del frío del aire acondicionado. Dejé la caja metálica gris exactamente sobre mi cómoda personal, bajo la vigilancia directa de mis propios ojos.

Me senté en el borde del colchón, observando cómo su respiración se acompasaba con el calor de mis sábanas. Kyra creía que el mundo corporativo y las leyes civiles le daban el derecho de exigir límites de ocho horas. Pensaba que mudarse a un departamento de la empresa la mantenía como una civil independiente pero ahora estaba en mi cama, durmiendo bajo el aroma de mi territorio y cuando abriera esos ojos castaños, descubriría que su jaula de cristal se había encogido hasta convertirse en mi propio santuario. La guerra psicológica del día anterior había terminado ahora estábamos jugando bajo las reglas más puras y salvajes de un Alfa que no pensaba soltar a su presa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.