Kyra
El despertar no trajo la ligereza de un nuevo día, sino una pesadez densa que me aplastaba los párpados. Tardé varios segundos en conectar mis sentidos con la realidad. Lo primero que registré fue la textura de las sábanas, no eran las sábanas de algodón sencillo de mi departamento del piso treinta y nueve. Esto era seda pesada, de un gris oscuro tan profundo que parecía absorber la luz. Lo segundo, y lo que hizo que un escalofrío de puro terror biológico me recorriera la espina dorsal, fue el olor.
Ozono, bosque húmedo y cuero negro.
El aroma de Draven me rodeaba por completo, filtrándose en mis pulmones con cada bocanada de aire, tan espeso que casi podía saborearlo.
Abrí los ojos de golpe. El techo alto de hormigón pulido y las enormes vigas de acero arquitectónico me confirmaron que ya no estaba en mi jaula corporativa inferior. Estaba en el núcleo de su territorio. En el ático, en su propia cama.
Me incorporé de un salto, ignorando el violento mareo que me sacudió la cabeza por el movimiento brusco. La inmensidad de la habitación principal de Draven se cernía sobre mí como un santuario brutal. Mis ojos barrieron el espacio a toda prisa hasta que se clavaron en la cómoda de madera oscura al fondo del cuarto. Allí, bajo el reflejo de un espejo de diseñador, descansaba mi pequeña caja metálica gris.
La había tocado. Él la había traído aquí.
La rabia, una furia fría y desesperada que nació directamente de las cenizas de mi colapso disolvió el cansancio de mis músculos. Me deslicé fuera de la cama King Size directo a mi cofre, sintiendo el frío del suelo de mármol contra mis pies descalzos. Seguía vistiendo la blusa blanca y la falda ejecutiva del día anterior, arrugadas por las horas de shock, un recordatorio físico de que se me había negado incluso el derecho de cambiarme de ropa en paz.
Se encontraba sentado en un sillón de cuero negro, con una taza de café humeante entre las manos. Había dejado de lado el traje de oficina, vestía una playera oscura que se ajustaba a sus hombros anchos, pero su rostro reflejaba las mismas sombras de vigilia que las mías. Esos ojos grises me observaban con una fijeza analítica, midiendo mi reacción con la paciencia de un depredador que vigila el regreso de su presa a la consciencia.
Caminé directo hacia la cómoda, tomé la caja gris entre mis brazos, apretándola contra mi pecho como mi único escudo real y luego me giré para encararlo. Las manos me temblaban de indignación pero obligué a mi voz a salir con una firmeza gélida.
Draven dejó la taza sobre la mesa auxiliar con un golpe seco y se puso de pie cuan largo era, cerniéndose sobre mí con su imponente metro noventa. La presión de su presencia inundó el espacio, pero yo me negué a dar un solo paso atrás.
Una risa seca, rota por el dolor antiguo, escapó de mi garganta.
—¿Bienestar? ¿Tú hablas de mi bienestar? - di un paso más, quedando a escasos centímetros de su pecho, sosteniéndole la mirada con puro desprecio - La última vez que confié en tu concepto de "bienestar" terminé arrastrando los pedazos de mi vida al otro extremo del continente. No me trajiste aquí para cuidarme, Draven. Me trajiste porque no soportas no tener el control absoluto, no soportas que cinco largos años enteros de mi vida no te pertenezcan y que durante todo ese tiempo no pudiste ponerme una cadena en el cuello.
Señalé con la barbilla la caja gris que sostenía contra mi pecho.
La mandíbula de Draven se tensó tanto que una vena latió con fuerza en su sien. Sus manos se cerraron en puños a los costados, conteniendo el impulso de arrebatarme la caja o de obligarme a la sumisión a través de su aura de Alfa. La tensión sexual y el resentimiento acumulado de cinco años flotaron entre nosotros como una corriente eléctrica a punto de estallar. Había desafiado al monstruo en su propio nido y el brillo ámbar de sus pupilas me advirtió que la tregua del amanecer había llegado a su fin.