Kyra
La tela del vestido se sentía como una burla sobre mi piel. Draven había ordenado colocar hileras de prendas de diseñador hechas a la medida de la Luna que él creía haber recuperado. El conjunto de punto de seda en un tono beige arena abrazaba mis curvas con una delicadeza costosa, contrastando dolorosamente con mi habitual uniforme gris de siempre. Llevar una prenda que valía más que varios meses de mi alquiler anterior no era un privilegio era una humillación sutil de recordarme quien estaba a cargo ahora, era vestirme con sus recursos y borrar los cinco años que me costó construir una identidad lejos de sus garras.
El interior del sedán negro de vidrios blindados era un espacio asfixiante, Draven no me había dejado viajar en el auto de seguridad con Farid como se espera de una empleada, él ocupaba el asiento del conductor a mi izquierda, manejando con una parsimonia implacable por la autopista que conducía a la pista de aterrizaje privada de la manada.
Apreté mi bolso para sentir la pequeña caja metálica contra mi regazo, hundiéndola entre los pliegues de la tela beige. No me había separado del cofre ni un segundo, desafiando su absurda "regla número dos" desde el instante en que salimos de su suite.
Draven tensó las manos sobre el volante de cuero, sus nudillos volviéndose blancos. El aroma a ozono y pino invernal dentro del vehículo se intensificó, delatando que mi insistencia en marcar distancias profesionales seguía alterando a la bestia que llevaba dentro.
Una sonrisa gélida y ladina se dibujó en sus labios pero sus ojos grises se oscurecieron con un remanente ámbar que reflejó la luz del mediodía.
Quince minutos después, el vehículo cruzó el puesto de control militarizado de la pista privada. Al detenerse el auto frente al hangar principal, la silueta colosal del jet de la manada Amarok bloqueó el horizonte. El fuselaje negro lucía el emblema del lobo estilizado en hilos de plata
Farid ya nos esperaba al pie de la escalerilla de acero, flanqueado por dos ejecutores de la manada vestidos con trajes impecables. Al bajar del auto, el viento helado de la pista agitó los mechones de mi cabello castaño y empujó mi aroma a jazmín directamente hacia el Alfa. Draven se detuvo a mi lado, tomándome con firmeza del codo para guiarme hacia la rampa. No era un gesto de caballerosidad era el agarre de acero de un depredador que aseguraba a su prófuga ante los ojos de su séquito.
Subí los peldaños sintiendo que el piso cuarenta de la corporación Nova quedaba a miles de kilómetros de distancia. Al cruzar el umbral de la cabina de lujo del avión, el chasquido hidráulico de la puerta sellándose a mis espaldas me confirmó el peor de mis temores, la jaula de cristal corporativa se había cerrado por completo y el viaje hacia el territorio salvaje de los lobos acababa de comenzar.