Cicatrices De Luna. El Retorno Del Alfa

CAPITULO 33

Kyra

La tela del vestido se sentía como una burla sobre mi piel. Draven había ordenado colocar hileras de prendas de diseñador hechas a la medida de la Luna que él creía haber recuperado. El conjunto de punto de seda en un tono beige arena abrazaba mis curvas con una delicadeza costosa, contrastando dolorosamente con mi habitual uniforme gris de siempre. Llevar una prenda que valía más que varios meses de mi alquiler anterior no era un privilegio era una humillación sutil de recordarme quien estaba a cargo ahora, era vestirme con sus recursos y borrar los cinco años que me costó construir una identidad lejos de sus garras.

El interior del sedán negro de vidrios blindados era un espacio asfixiante, Draven no me había dejado viajar en el auto de seguridad con Farid como se espera de una empleada, él ocupaba el asiento del conductor a mi izquierda, manejando con una parsimonia implacable por la autopista que conducía a la pista de aterrizaje privada de la manada.

Apreté mi bolso para sentir la pequeña caja metálica contra mi regazo, hundiéndola entre los pliegues de la tela beige. No me había separado del cofre ni un segundo, desafiando su absurda "regla número dos" desde el instante en que salimos de su suite.

  • Esa chatarra va a terminar abollándote el vestido, Kyra ,- la voz barítona de Draven cortó el denso silencio que se había instalado en el auto. Su mirada gris se desvió un milisegundo hacia mis manos antes de regresar al asfalto - se perfectamente la escondiste en la cartera podrías haberla dejado en la caja fuerte del ático bajo llave. Estaría más segura que en tus rodillas.
  • La seguridad de mis pertenencias no es tu problema, señor Amarok - respondí, forzando a mi voz a mantener un registro monótono y estrictamente civil - Prefiero cargar con el peso de mi pasado antes que dejarlo en un lugar donde tus contadores o tus guardias puedan husmear.

Draven tensó las manos sobre el volante de cuero, sus nudillos volviéndose blancos. El aroma a ozono y pino invernal dentro del vehículo se intensificó, delatando que mi insistencia en marcar distancias profesionales seguía alterando a la bestia que llevaba dentro.

  • Sigues usando esa formalidad de oficina a puerta cerrada - siseó, bajando el tono hasta un registro peligroso - Estás vistiendo ropa de mi propiedad, viajas en mi vehículo hacia mi jet privado y pasaste la noche en mi cama, Luna. No hay un "señor Amarok" en este auto, ya no hay "señor Amarok" en el futuro, eres mi esposa y ocuparas ese lugar desde ahora.
  • No aquí solo hay un jefe y una empleada legalmente coaccionada, Draven. Eso es lo único real en este espacio - le planté cara, girando la cabeza para mirarlo directamente a los ojos - Puedes cambiarme el vestuario, comprar la deuda de mis conocidos y arrastrarme al extremo del continente usando cláusulas abusivas. Pero no puedes obligarme a llamarte de otra manera. En este tablero, tú eres el dueño de las industrias Amarok, y yo soy la asistente que documentará tus juntas, nada más.

Una sonrisa gélida y ladina se dibujó en sus labios pero sus ojos grises se oscurecieron con un remanente ámbar que reflejó la luz del mediodía.

  • Disfruta de tu semántica corporativa mientras puedas, Kyra - murmuró, acelerando el motor con un rugido sordo - Veremos si mantienes ese mismo discurso cuando el jet aterrice en las tierras altas del norte. Allí no hay oficinas humanas que te protejan.

Quince minutos después, el vehículo cruzó el puesto de control militarizado de la pista privada. Al detenerse el auto frente al hangar principal, la silueta colosal del jet de la manada Amarok bloqueó el horizonte. El fuselaje negro lucía el emblema del lobo estilizado en hilos de plata

Farid ya nos esperaba al pie de la escalerilla de acero, flanqueado por dos ejecutores de la manada vestidos con trajes impecables. Al bajar del auto, el viento helado de la pista agitó los mechones de mi cabello castaño y empujó mi aroma a jazmín directamente hacia el Alfa. Draven se detuvo a mi lado, tomándome con firmeza del codo para guiarme hacia la rampa. No era un gesto de caballerosidad era el agarre de acero de un depredador que aseguraba a su prófuga ante los ojos de su séquito.

Subí los peldaños sintiendo que el piso cuarenta de la corporación Nova quedaba a miles de kilómetros de distancia. Al cruzar el umbral de la cabina de lujo del avión, el chasquido hidráulico de la puerta sellándose a mis espaldas me confirmó el peor de mis temores, la jaula de cristal corporativa se había cerrado por completo y el viaje hacia el territorio salvaje de los lobos acababa de comenzar.




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