Kyra
El interior del jet privado era la definición misma de una jaula de oro, paneles de madera de nogal, asientos de cuero premium de un gris tormentoso y un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el zumbido sordo de las turbinas preparándose para el despegue. Me había acomodado en uno de los amplios sillones individuales, lo más lejos posible de Draven, manteniendo mi pequeña caja metálica gris firmemente sujeta sobre mis rodillas.
Draven ocupaba el asiento principal al otro lado del pasillo de la cabina. Había abierto su tableta y revisaba gráficos financieros con una concentración que sabía falsa. Su lobo estaba demasiado atento a mis movimientos, su aroma a ozono expandiéndose por el espacio cerrado del avión, reclamando el aire.
Farid acababa de cerrar la escotilla principal cuando una alarma estridente y de alta frecuencia rompió la atmósfera controlada de la cabina.
No era una alerta de los sistemas de vuelo. El sonido provenía de la consola central del jet, el teléfono satelital encriptado que conectaba directamente con la red de alta seguridad de la manada Amarok. La pantalla táctil del panel parpadeaba en un rojo violento, mostrando un nombre que hizo que la mandíbula de Draven se tensara al instante de forma inhumana, Chelsy.
Draven soltó un gruñido sordo, un sonido bajo que hizo vibrar el cristal de las copas de agua dispuestas en la mesa auxiliar. Presionó el botón de altavoz con un movimiento rápido y violento, sin molestarse en levantar el auricular.
Giré la cabeza hacia el ventanal, fingiendo una absoluta indiferencia que no sentía. El veneno de Chelsy no me lastimaba por celos, sino por el asco de verme arrastrada nuevamente al centro de sus estúpidas intrigas de alta alcurnia licántropa.
Mi propia voz me sorprendió. Sonó limpia, corporativa, desprovista de miedo, interrumpiendo la transmisión satelital. Draven giró la cabeza hacia mí de golpe, sus pupilas ambarinas dilatándose por la sorpresa ante mi audacia de meterme en la llamada.
Un silencio sepulcral cayó al otro lado de la línea. Chelsy se quedó muda, estupefacta por el desprecio absoluto con el que una simple civil humana trataba al Alfa que ella consideraba el centro del universo.
Pero la verdadera tormenta estalló dentro de la cabina.
Draven se puso de pie con su imponente metro noventa llenando el pasillo del avión. Su respiración se volvió pesada, violenta. El aura de Alfa cayó sobre el espacio cerrado como una losa de plomo que me dificultó respirar. Cortó la comunicación satelital de un manotazo, apagando la pantalla roja, y se inclinó sobre mi asiento, acorralándome contra el respaldo de cuero.
Sostuve su mirada con un resentimiento que nacia de las profundidades de las cenizas de mis fantasmas, del dolor que por su culpa me acompañaba desde hace cinco años. El jet comenzó a moverse por la pista, ganando velocidad para el despegue. Chelsy había intentado marcar su territorio desde la distancia, pero solo había logrado que el depredador cerrara sus garras con más fuerza a mi alrededor, aislándome por completo del mundo en un viaje del que ya no había retorno posible.